Friday, May 04, 2018

EDIFICANDO EL MIEDO

Aristóteles creía que el miedo es un dolor o una agitación producida por la perspectiva de un mal futuro que consiga causar muerte o dolor. El miedo es una emoción determinada por algo no existente todavía y que puede o no suceder. Esta condición de inminencia, lo que va a ocurrir y no ocurre, hace que la emoción del miedo sea sobre lo que aún no está, y por ello se vuelve una fuerza paralizante. Quien sufre de miedo queda inmóvil. Un dicho del viejo Montherlant afirmaba que la gente no sabe hasta dónde puede atreverse ---es decir, no tener miedo--- sin peligro alguno, y que si lo supiera se volvería loca de arrepentimiento y pesar. Existen curas para el miedo. Una de ellas, por ejemplo, consistió en una frase de diez palabras con la que un padre educó a su pequeña hija: “No pasa nada, no somos de aquí, nos vamos mañana”. Tal síntesis la llevó, cuenta ella misma, a no sufrir esa parálisis, ese impedimento vital. Una feroz campaña para extender el miedo a López Obrador entre la masa electoral mexicana se sostiene todos los días por diversos y constantes canales: ejércitos de trolls en las redes propalando noticias falsas y contenidos simulados, comentaristas interesados y no objetivos al servicio de terceros, medios de comunicación contratados por la presidencia y los partidos, además de una campaña televisiva inclemente hecha de contenidos y escenas donde un futuro inmediato de miedo y temor se establece en el país ya, de una vez. Antes, López Obrador fue un peligro para México. Ahora pretenden volverlo un miedo para México. La campaña de manipulación y atemorizamiento es una mera proyección psicopolítica. Lo que el régimen y la partidocracia, lo que sus aliados económicos, superiores financieros y dueños geopolíticos trasladan y colocan entre la gente común, como si fuera de ella misma, es su propio miedo ante el riesgo que corren: un presidente que podrá romper por primera vez en mucho tiempo el pacto de impunidad y corrupción que ha envilecido, explotado al país durante décadas, y lo ha llevado más allá de los umbrales de un estado fallido y/o criminalizado donde se encuentra hoy. Un estado desfondado. Toda dominación necesita construir el consentimiento, y lo hace sobresocializando, repitiendo hasta la saciedad “sentidos comunes” o verdades acríticas que legitiman la dominación de las élites y las jerarquías sociales. El miedo está entre esos pensamientos ilusorios, a priori, no fundamentados, sino solamente representados en la pantalla como si la imagen virtual fuera por sí misma la verdad, y repetidos en las redes como si la repetición los convirtiera en hechos verdaderos. Esta fabricación del consentimiento se presenta de varias maneras: aplasta otras cosmovisiones, evapora la memoria histórica, desacredita las utopías, pone en circulación hechos de violencia caótica y de apariencia demencial, imponiendo así a la sociedad, según escribe Carlos Fazio, la cultura “del miedo y la delación”. Como lo hace un maestro de primero de secundaria quien dedica su clase a hablar mal de López Obrador y asustar al grupo con patrañas y dichos calumniantes que intentan fabricar un consenso histérico de temor para impedir su llegada al poder. Cree que las alumnas trasmitirán a sus familias el miedo. Una de ellas, valiente, lo confronta a nombre de todas, y el venal maestro la castiga con una baja calificación. Cuando la madre reclame, él dirá que se equivocó. La vida es seria en sus cosas, cada vez más. Lo que parece irse haciendo predominante es un contra consenso, la construcción de otro consentimiento colectivo dispuesto ---por vindicación, por pobreza, por hartazgo, por radical desconfianza, por ser parte de la población prescindible, por malos gobiernos crónicos, etcétera--- a pagar por ver, a votar por ver. Ni en la Independencia, la Revolución o la época moderna la izquierda mexicana pudo llegar al poder, a pesar de tener la razón histórica de su lado. Aunque Morena no sea del todo de izquierda, y en mucho represente un enigma, encarna la única opción posible para edificar una política de salvación nacional, si la época admite todavía decirlo así. La política es el arte de lo posible. Y la gente que se sabe mal representada, con empleos precarios, vidas cada vez peores en sociedades inseguras y colapsadas, podrá votar ahora más allá de la edificación del miedo. Los estados de gracia electorales surgen cuando el desastre social ha crecido. Fernando Solana Olivares

Friday, April 27, 2018

EL SENTIDO DE LA NOCHE

Un autor infrecuente, Nicolai Berdiaev, escribió hace años que humanismo, racionalismo e individualismo constituían desarrollos y posibilidades de un impetuoso proceso que iba llegando a su fin y se aproximaba al anochecer. A un mundo impregnado de oscuridad, como diría algún comentarista, a aquel “abismo privado de nombre” cantado por el poeta, o a esa noche del filósofo, “dispensadora de palabras esenciales”, cuando los ojos de la conciencia velan y se aguza el oído de la mente que aguarda el desenlace. Para el pensador de origen ruso exiliado en París después de la revolución bolchevique, todas las señales alrededor suyo atestiguaban la entrada colectiva a una era nocturna. Que sería necesaria, consideraba, a pesar de su despiadada violencia y cruel desigualdad, para transitar desde las tinieblas actuales hasta la luminosidad de un nuevo periodo histórico. En tal visión cíclica ---cuatro edades del ciclo, y ésta la última: kali yuga, la edad oscura---, y por el hecho de corresponder a una de las últimas fases, la época actual debe, antes de concluir, agotar las posibilidades más inferiores que hay en ella. Ese desorden predominante y múltiple contendría un orden futuro que nadie puede percibir todavía (los desórdenes existentes, afirma el punto de vista tradicional, no son tales sino en la medida en que se contemplan en sí mismos y de forma separativa). Pero por ahora, los seres humanos hemos entrado a un porvenir desconocido, cuyo signo es la incertidumbre, lo inesperado, la evaporación de las certezas. Y a diferencia de otros momentos ---los seres humanos siempre han vivido porvenires desconocidos--- no lo han hecho llenos de entusiasmo creador como al comienzo de esta época, sino debilitados, desorientados, vacíos y sin fe. A pesar de que este crepúsculo vaya envuelto entre los brillantes, pero vacuos envoltorios tecnológicos de la sociedad del espectáculo y el consumo (“Amo mis juguetes”, dice un adulto vuelto niño en un reciente anuncio orwelliano sobre la última versión del último teléfono inteligente), a pesar de eso su condición concluyente se evidencia en todo aquello que la Biblia llama signos de los tiempos: la noche de la humanidad. Berdiaev consideraba que la dominación de la máquina había destruido la estructura secular de la vida humana, antes orgánicamente vinculada con la vida de la naturaleza y ahora desprendida de ella, fragmentada, escindida. En el organismo cósmico ---del cual los seres humanos somos integrantes, aunque la civilización actual no pueda comprenderlo--- las partes están vinculadas al centro, son dependientes de él. Un organismo es más que la suma de sus partes y una máquina solamente está hecha de partes. Y cuando ellas se desprenden, se independizan de ese centro vinculante del cual provienen, insensiblemente se someten a una naturaleza inferior, como sucede ahora donde lo material es el máximo valor, el dinero representa una deidad universal y todo lo orgánico se va mecanizando. El Estado-máquina, la condición-máquina crecen sin cesar y son nocturnas. “Vendrá la noche y es mejor obedecerla”, dice una línea de Shakespeare. ¿Qué hacer, pues? ¿Lamentarse, dormirse, asustarse, desvelarse? ¿Es posible vivirla de tal manera que sea un tránsito hacia algún amanecer? Esta última opción no supone corregir la historia del momento. No es una alternativa sociologizante o masiva, sino sobre todo significa una acción personal. Y no se realiza entre los otros si no sucede antes en el interior de la persona. La revolución psicodélica de la conciencia de hace cincuenta años proclamaba eso, que la verdadera (y primera) revolución era personal. En tal clarividencia sonaban ecos budistas introducidos por los beatniks en aquella contra cultura utópica del siglo anterior, otro más de los últimos bienes humanos perdidos. En ella puede haber un instructivo para ayudar a pasar la noche civilizacional y moverse, así sea mentalmente, a una libertad desconocida. La noche se equipara a la vejez. Mientras más viejo más libre, mientras más libre más radical. Es un juego mayúsculo: buscar el sentido de las cosas entre acontecimientos que no tienen sentido. Noche, vejez, radicalidad: pueden ser ciertas condiciones de la levedad y el desprendimiento, de creer que sí importa y a la vez aceptar que no importa. Es un juego de contrarios que se desdramatizan uno al otro y ponen en condición de mirar el gran teatro del mundo cuando la noche crece. Fernando Solana Olivares

Friday, April 20, 2018

PITOL O EL SALTO ALQUÍMICO

La mañana es fresca y establece una atmósfera amable, como si las cosas tuvieran algo risueñamente incorpóreo. La mente vagabunda recuerda por el camino ciertas líneas acabadas de leer en El mago de Viena, cuyo autor es otro mago que el día de hoy será invocado. Corresponden a una anotación final escrita un 28 de mayo en el avión de regreso de La Habana, ciudad a donde el escritor había viajado en busca de curación: “Hacía muchos meses que no lograba escribir, desde enero, me parece. Se me escapaban las palabras, se me quedaban a medias, me confundía con las conjugaciones, con el uso de las preposiciones, se me paralizaba la lengua. Al tratar de leer lo que perpetraba en mis cuadernos durante los últimos meses encontraba fragmentos de algo parecido a un Finnegan’s Wake del paleolítico inferior grabados en piedra por algún aturdido hombre de Neanderthal”. Hoy se llevará a cabo la Cátedra Sergio Pitol en el campus de Lagos, y el tiempo para llegar al habitual desayuno previo entre el ponente y las autoridades universitarias apenas alcanza para ser puntual. En el acogedor restaurante donde el encuentro se lleva a cabo, la conversación versa sobre el escritor. ---Ojalá descanse ya ---dice uno de los presentes, justo cuando el reloj está marcando las 9:30 de la mañana. ---Schopenhauer escribió que morir es despertar ---comenta otro. ---De ser así, todos acabaremos sabiéndolo ---interviene aquel. En el ambiente irradia la discreta promesa de la mañana. Unos cuantos minutos después, en camino hacia donde se impartirá la cátedra, la noticia se difunde vertiginosamente: Sergio Pitol acaba de morir en su casa de Xalapa a las 9:30 de la mañana. Después de la agonía de velocidad letárgica que había padecido, un paso indispensable para bien morir, se terminaba la persona episódica y ahora sólo quedaba la que en adelante siempre habrá sido: la persona literaria, más real con el tiempo para la memoria común, y en su caso parte del canon de creadores. La otra persona humana morirá definitivamente cuando muera el último que la haya conocido. ---Este es un día triste pero también luminoso ---afirma el profesor que inicia la cátedra al pedir a los asistentes ponerse de pie y guardar un minuto de silencio a la memoria de Sergio Pitol, benefactor tan querido. Toda antítesis descoloca y la contradicción inesperada de lo dicho refuerza un efecto de segundo piso: tristeza + luz = muerte buena. Es un golpe dramático. En El mago de Viena Pitol escribe un capítulo, “El salto alquímico”, donde habla de su proceso creativo. Esas reflexiones estéticas son los acuosos espejos de un escritor. Al respecto cita sus frecuentes incursiones en el imprevisible magma de la infancia, y explica que al tratarse él como sujeto o como objeto de la escritura, ésta “queda infectada por una plaga de imprecisiones, equívocos, desmesuras u omisiones”. Hay pocos autores tan soberanamente autocríticos como el autor de El arte de la fuga ---cada vez hay menos, y los más grandes son los más humildes, aunque debidamente sigan la consigna de Alfonso Reyes, maestro de Pitol, de amar (o agradecer) la propia literatura. El colofón de El mago menciona un comentario que Antonio Tabucchi hizo sobre lo que advertía Carlo Emilio Gadda: hay que desconfiar de los escritores que no desconfían de sus propios libros. Sería ocioso preguntarse si Sergio Pitol murió desconfiando de su literatura, pues en el ajuste radical para entrar al bardo mortuorio dharmatta ---intervalo que describe el budismo tibetano--- todo lo excepcionalmente hecho en esta vida habrá de contar en la que sigue. Y si no sigue nada ---la otra hipótesis materialista última, tan ajena a Sergio--- entonces todo da igual, como diría el poeta. Un grupo sentado en círculo, un gineceo universitario inteligente y sensible ---que habría divertido enormemente al maestro Pitol con su carnavalesco y paródico sentido del humor, aquella notable inteligencia incandescente y un veloz genio lingüístico tan sorprendente como su profunda y cosmopolita cultura--- comienza a leer las primeras páginas de El mago. Al sentarse así un círculo de interpretación multiplica el sentido de lo que pronuncia a partir de una regla socrática: todo lo sabemos entre todos. Leer a Pitol es invocarlo, y entre nosotros queda este aristócrata del espíritu que una vez confesó haber trascendido el ego. Era obvio que lo logró: su dulce mirada lo corroboraba. Fernando Solana Olivares

Friday, April 13, 2018

ESTAMPAS EN ESCARLATA

En sus vidas paralelas Plutarco cuenta que Alejandro Magno conquistó Egipto y después se empeñó en cruzar un extenso desierto para visitar en Siwa el templo de Amón. La odisea entrañaba dos grandes peligros: la falta de agua en un terreno de muchas jornadas y el riesgo de que soplara un recio viento llamado ábrego, el cual levantaba remolinos de arena y podía asfixiar ejércitos de miles de hombres. A pesar de las advertencias de sus generales Alejandro impuso su voluntad soberana, como lo hará hasta el último momento de la insaciable campaña de conquista, cuando estando en la India su ejército se niegue a seguirlo más allá. Las lluvias inesperadas que cayeron durante el viaje aliviaron la sed y apaciguaron el viento, que nunca se levantó. Unos cuervos enviados por el dios guiaron al grupo hasta llevarlo al alejado santuario. El sacerdote del templo (“profeta”, le llama el biógrafo) saludó a Alejandro como hijo del cielo y le confió arcanos vaticinios que sólo el guerrero macedonio escuchó. Otra historia, no la de Plutarco, registra un encuentro más pero distinto de quien llegó a alcanzar el rango de divinidad en el mundo material ---un atributo que ningún otro ser humano habrá logrado de esa manera---, donde demandó respuestas y exigió oráculos a un hombre santo, un yogui de fantásticos poderes del que oyó hablar. Alejandro decidió visitarlo en la cueva donde vivía para preguntarle por su destino. Lo encontró en un estado de meditación profunda y lo interrumpió con impaciencia para saber si era capaz de ver el futuro. El yogui asintió en silencio y siguió meditando. Alejandro volvió a interrumpirlo con otra pregunta apremiante: “¿Conquistaré la India?” Después de unos instantes el yogui abrió los ojos, contempló al conquistador con una mirada amable y en tono compasivo le dijo: “Al final sólo vas a necesitar unos seis palmos de tierra”. Alejandro no comprendió entonces el dramático dilema de los seres humanos: aun conquistando el mundo se termina igual, o bajo tierra o envuelto en fuego. No mucho después vendría su final. Plutarco narra que años antes de este encuentro malogrado, Alejandro tomó la ciudad de Gordio y vio el legendario nudo gordiano hecho de cuerdas de corteza de cornejo. Allí escuchó la leyenda creída por los bárbaros: que quien desatara ese nudo sería dueño del mundo. La mayoría de los comentaristas consultados por el historiador griego afirman que aquel, desesperado por no poder desatarlo, lo cortó con la espada. Pero Aristobulo, en cambio, aseguró que sí le fue posible hacerlo. En estas dos posibilidades se encuentra la disyuntiva que caracteriza el momento actual: la vida contemplativa contra la vida activa. La acción contra la contemplación. La primera es predominante, generalizada, la segunda es vista con desprecio y desconfianza. La primera deriva en la prisa generalizada, la segunda reposa en la lentitud y la perdurabilidad. La primera termina en dispersión, en pereza activa o inutilidad, la segunda es un silencio, un hacer alto, una mediación entre nosotros y lo que percibimos. Lo pornográfico, según Byung-Chul Han, es todo aquello que se presenta sin mediación, o sea, sin que la razón lo perciba, lo mida, lo interprete. Así dice aquella calvinista reflexión literaria: saber quién y qué no es infierno, hacerlo durar y darle espacio. Saber eso es practicar una mediación. La contemplación es una mediación porque suspende los juicios críticos que la mente hace a priori. Conocer es producto de la contemplación, es decir, conocer es una acción a posteriori: primero ocurre el fenómeno, luego aparece su interpretación. Plutarco no cuenta qué dijeron los intérpretes y augures de Alejandro al volver con ellos del templo de Amón mientras se iban sucediendo atardeceres escarlatas durante el trayecto de regreso. Sólo alude en una línea a ellos como los crepúsculos rojos, bermellones y carmesíes que rodearon a los expedicionarios. Hay algunos como Robert Graves que creen en una fatalidad. El corte con la espada del nudo gordiano cerró una cultura de la participación y originó una desviación irreparable y creciente: la cultura judeocristiana de la manipulación. Aunque no fuera verdadera, la paciencia para desatar el nudo que Aristobulo le atribuye a Alejandro es real. O posible, lo cual es ya una manifestación de lo real. Y hay palabras asociadas: el arte de demorarse, o el arte de la paciencia y la contemplación. Hasta Alejandro lo supo y quizá lo practicó. Fernando Solana Olivares

Friday, April 06, 2018

SOBRE NUDOS Y ALTERACIONES

El conocimiento se funda en una vieja cláusula que ha nutrido siempre el proceso creativo. Séneca la trasmitió así: “Mío es todo lo que fue bien dicho por cualquiera”. Uno se alimenta de los otros enunciados para construir los propios, que serán tomados a su vez por otros más y alimentarán un decir lingüístico humano que así se va haciendo. Del mismo modo, las personas son un sistema de relaciones, que introyectan a varias generaciones familiares ---dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos--- en ellas mismas. Si las siete mujeres y los siete hombres de tales generaciones anteriores son esas familias felices mencionadas en Ana Karenina, las cuales todas se parecen en su bienestar, representan un recuerdo emocional amparador y confortable. Si corresponden a las familias infelices, aquellas que Tolstoi dice que practican cada una su propia manera de la infelicidad, significan algo más complejo que a veces puede resultar irreparable y alcanzar la locura desatada por los fantasmas que habitan el interior de la conciencia. Dichas familias han enterrado a sus muertos los unos en los otros. Cuando se hace un intento serio de pensar hacia adentro un conjunto familiar de tres generaciones, la situación se vuelve insoportablemente compleja, afirma R. D. Laing. Las alteraciones de la identidad familiar son variadas. Uno es esposo, padre, abuelo, hijo, sobrino, primo. También es sus alteraciones pronominales: yo, tú, él. Lo mismo sus alteraciones familiares: las tantas otras personas que representamos para los nuestros. De ahí proviene además la relación de cada persona consigo misma, “normada a través de las relaciones entre las relaciones que comprenden el conjunto de relaciones que tiene con los demás”. Un sistema orgánico de este tipo (que la enfermedad mental puede volver mecánico) debe abarcar, para funcionar aceptablemente, un conjunto de piezas capaces de encajar unas con otras. Diría Laing que toda persona es un conjunto de alteraciones. La alteración es el otro, aquello en lo que se convierte uno para los demás, quienes se vinculan a nosotros como nosotros a ellos. Aun la propia persona vista al espejo a menudo ve a ese otro. Largo preámbulo para referirse a los nudos, un concepto desarrollado por Laing en su tratamiento e interpretación de la enfermedad conocida como esquizofrenia, en la cual quien la padece ha internalizado a nivel psicológico e existencial una situación familiar multigeneracional. Esa internalización de relaciones, después de tres o cuatro progenies, acabará formando un nudo indesatable que atrofia la psique y la obliga a una operación curativa que suele entenderse al revés, creyéndose que el comienzo del viaje esquizofrénico es manifestación de la enfermedad cuando es el necesario inicio de su solución simbólica y psíquica. Laing, un demoledor crítico de la camisa de fuerza conceptual del término esquizofrenia, propone otra perspectiva. La aparente irracionalidad del individuo declarado como tal encuentra su racionalidad en su contexto familiar de origen. De ahí la imagen del eslabón más sensible de la cadena que se enferma para cortar de una vez el proceso patológico familiar. Lo hace en nombre de todos y su curación, de darse, también será la de ellos. Llama “metanoia” (que significa arrepentimiento, cambio de opinión) a la sucesión del proceso en su comienzo, parte media y final. Un viaje hacia adentro y hacia atrás, hasta llegar a un punto decisivo en que el viajero regresa curado. Y afirma que en su larga experiencia clínica nunca ha visto darse esta metanoia en las familias ni en las clínicas mentales. Por eso participó en la fundación de Kingsley Hall, una casa de salud (o contra-hospital, según Cooper, otro médico antipsiquiatra) donde se cambió el regimen médico deconstruyéndolo: los tranquilizantes fueron administrados a los médicos y enfermeras, si fuera necesario, y se dejó a los “pacientes” en libertad de vivir su viaje metanoico con sólo dos restricciones: no atentar contra otros ni contra ellos mismos. Luego de la metanoia, cumpliéndose completa, sobreviene lo que se llama neogénesis. La sucesión muerte-renacimiento exitosa permite regresar a la gente en un nivel más alto que el funcionamiento existencial anterior. Las estadísticas de Kingsley Hall son casi absolutas en la recuperación psíquica de quienes ahí estuvieron. El sistema de salud estatal las interrumpió. Pero quedó demostrado que todo nudo se desata. Fernando Solana Olivares

Friday, March 30, 2018

VIERNES EN VIERNES

Algo irracional de violenta peligrosidad, escribe Elmira Zolla, brota de las enseñanzas religiosas. Como el tiempo mismo en Viernes Santo, que es seco, calcinante, y parece detenido en medio de una fractura por el calor. En los templos será leída la Pasión de Jesucristo según Juan, las imágenes estarán veladas con lienzos morados y la Dolorosa recibirá el duelo de los creyentes por la muerte del derrotado hijo de Dios. Todo será fúnebre y atroz. Dos días después, el domingo de Resurrección, habrá una transformación solar y luminosa. Pero hoy es el oscuro reino del dolor. *** Los poetas se han inconformado por un Cristo lacerado, lacerante, lacerador, cuya matriz arcaica de escarnio y muerte quizá provenga de aquel atávico sentimiento del animal de la manada más expuesto, alcanzado por el depredador y así convertido en sagrado. El Sutta-nipâta budista dice: “Tal como soy yo, así son ellos; como son ellos, así soy yo”. Este acto de identificación total con los otros cristianamente se convierte en sacrificio. Y quedará culturalmente perturbado al añadirse “por los pecados”. Nos recuerda que fuimos nosotros, los hombres, quienes crucificamos a Dios. *** Lo mismo que Akutagawa, en mi juventud yo pensé que uno podría llegar a ser como los dioses. Pero nunca se me hubiera ocurrido crucificar a ninguno. Con el tiempo comprendí que el drama cósmico requería una urdimbre narrativa. Un falso final y una exaltación inesperada que resultará sorprendente. Después supe que fue el budismo el que interrumpió los sacrificios humanos por todas partes donde se expandió. El cristianismo lo hizo en Occidente. Pero en él quedó un fondo de aquella inmolación del animal de la manada tomado por la fiera que salvaba a todos los otros: inmolación y salvación que fueron trasladadas a la relación con los dioses. Por eso los matamos, para repetir un orden primordial. *** Aunque el Calendario del más antiguo Galván publicado desde 1826 advierte lluvias, este viernes aquí en Rulfiana el sol caerá a plomo, lo mismo que en la cima de Iztapalapa o en el Gólgota, donde el astro despiadado será un taladro, una luz calcinante, un reclamo al cielo, un agujero de gusano, una muerte-transfiguración. La cruz simboliza la obligación olvidada de los seres humanos con el mundo y sus creaturas: la mediación con todo lo que existe, el uso de la conciencia y el lenguaje para nombrarlo y protegerlo. Cristo queda crucificado en la cruz como divino recordatorio de un olvido humano, una desviación conceptual o una mala interpretación. Por ejemplo, creernos dueños de la creación. Creer que la creación es materia inanimada, no sintiente, escriturada por Jehová como si fuera nuestra nuda propiedad. *** La etimología de la palabra religión contiene varias acepciones, además de la habitual: re-ligar, re-elegir, re-leer. El último libro del filósofo heideggeriano Byung-Chul Han es sobre una religión atea: el budismo zen, que no postula deidad alguna sino un camino de transformación personal en el que se busca alcanzar el satori o iluminación de la conciencia. Son las formas para cabalgar el tigre de la época, los religamientos con el mundo y la existencia completamente empíricos, experienciales, actos que no requieren intermediario alguno salvo solamente contestar una pregunta: el drama religioso, ¿es un dato histórico de la conciencia humana o es un elemento estructural de ella? ¿Es la construcción intelectual de la historia de la idea de Dios, o el campo semántico inagotable que llamamos Dios es lo que impulsa en nosotros sus teodiceas, las tantas formas humanas de narrar su aparición, contar el origen del universo? *** El teatro cósmico de los viernes santos despliega su escenario a la manera de un telón que todo lo imantará por unas horas. Aun quienes no lo atiendan serán influidos por él. Como si fuera un énfasis que tiene que ver con todos porque es una tortura representada, el culto de la sangre redentora, los sufrimientos cual un tributo sacrificial a Dios. A las tres de la tarde quedará abierto el agujero de gusano que la deidad transitará. La dialéctica sagrada brotará el domingo después de la luna llena del sábado. Entonces la cruz será un signo no de dolor y violencia sino de religamiento, de mediación. Fernando Solana Olivares

Friday, March 23, 2018

UNIVERSO Y NUEZ: HAWKING

La lógica contemporánea sostiene que la afirmación “no hay nada fuera” implica que algo podría estar fuera. Por eso utiliza otra forma de decirlo: “no hay cosa alguna que esté fuera”. Stephen Hawking postuló la existencia de esa nada hasta antes del instante, hará unos quince mil millones de años, cuando surgió el átomo primordial que dio origen al universo, el big bang o gran explosión inicial. La teoría general de la relatividad implica, escribió en El universo en una cáscara de nuez (Planeta), que el tiempo tuvo un comienzo, aunque a Einstein nunca le gustara esta idea. Y en ella, el espacio y el tiempo dejaron de ser el escenario pasivo en que ocurrían los acontecimientos para convertirse en participantes activos de la dinámica del universo. Este cambio de paradigma científico modificaría radicalmente la percepción del mundo, y las manifestaciones de ello afectarían todo el proceso cultural y humano que vendría después. Dicho frugalmente: a partir de entonces, el mundo y lo existente sería relativo. Hawking, ocupante de la cátedra Lucasiana de Matemáticas en Cambridge que antes tuvo Newton, cita a Charles Lamb, autor del siglo XIX, para preguntarse por el enigma del tiempo que contiene el espacio: “Nada me produce tanta perplejidad como el tiempo y el espacio. Sin embargo, nada me preocupa menos que el tiempo y el espacio”. Según su propia noción, que no es solamente una corriente que fluye y se lleva nuestras vidas ni una vía que marcha siempre hacia adelante, el modelo del tiempo es el de una línea ferroviaria con bucles y ramificaciones por los cuales se puede avanzar y quizá también regresar. A partir de una perspectiva positivista, “la forma más operativa de la filosofía de la ciencia”, su método de pensar consistía en la elaboración de un modelo matemático que codificara observaciones y describiera un amplio dominio de fenómenos a partir de unos pocos postulados sencillos. Y que efectuara predicciones definidas que pudieran someterse a prueba. “Si las predicciones concuerdan con las observaciones, la teoría sobrevive a la prueba, aunque nunca se pueda demostrar que sea correcta”, escribió. Desde esa perspectiva, Hawking refuta la posibilidad de decir qué es realmente el tiempo, y también el sentido de preguntarse qué ocurrió antes del origen del universo y qué será después del fin, porque tales tiempos no están definidos. La deformación del espacio-tiempo que provoca la materia por acción de la gravedad confirma la teoría de que el tiempo tiene una forma parecida a la de una pera, en cuyo vértice el observador actual que mira hacia el pasado desde el momento actual contempla las galaxias como eran hace cinco mil millones de años, debajo de ellas un fondo de microondas, luego una densidad de materia que hace que la luz se curve hacia dentro, y al final la singularidad de la gran explosión, como la llama Hawking. Aunque se reclamó ateo, el gran científico corrigió aquella expresión de Einstein acerca de que Dios no jugaba a los dados con el universo ---una resistencia mental del pensador alemán ante la revolución cuasi fantástica, una nueva imagen de la realidad propuesta por la mecánica cuántica---: sí juega, aseguró el cosmólogo inglés, y además esconde los dados. De ahí la imposibilidad todavía de articular una Teoría definitiva del Todo, el escurridizo grial de la ciencia que Hawking buscó entre las hasta hace muy poco impensables teorías de las supercuerdas (partículas descritas como ondas de una cuerda), las p-branas (superficies o membranas que constituyen la “fábrica espacial” de nuestro universo), la teoría M (que une las diversas teorías de supercuerdas en un solo marco que parece tener once dimensiones espacio-temporales), las teorías del tiempo imaginario, del imposible tiempo absoluto, del principio de incertidumbre, de la supergravedad o la supersimetría. La mente humana dilata sus límites e intenta descubrir una teoría unificada que gobierne el universo y sus fenómenos. Hawking avanzó grandemente en el empeño. Su drama personal ---si lo hay, pues a la dificultad máxima de su esclerosis la convirtió en fuerza--- consistirá en haberse ido de este plano antes de que aquella explicación se consiga. El principio antrópico afirma que el universo debe ser como lo vemos, si fuera diferente no existiría nadie para observarlo. Su libro cita a Hamlet: “Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y sentirme rey de un espacio infinito”. Hawking lo fue sin ningún límite. Fernando Solana Olivares