Wednesday, September 21, 2016

UNA PÁLIDA IDEA

Echando mano de los relatos de los amigos y discípulos del filósofo de Königsberg, Thomas de Quincey escribió Los últimos días de Kant. En él cuenta las costumbres del pensador, algunas adoptadas en sus años finales como invitar amigos a comer en casa siguiendo siempre la regla de lord Chesterfield: tres comensales como mínimo y nueve como máximo, un número de invitados que nunca debería ser menor al de las Gracias ni exceder al de las Musas. Afirman los testimonios que todas aquellas comidas estaban sazonadas con la facundia, la abundancia de palabras y facilidad verbal que lo caracterizaba, lo mismo que por su vivaz y atenta compañía. Una impaciente pero muy cortés hospitalidad que no toleraba ni silencios ni pausas en la conversación porque sin falta encontraba la manera de lograr con mucho tacto que los invitados platicaran de sus propios intereses. Y se hablaba de los sucesos periodísticos, de química, filosofía natural, historia, meteorología y sobre todo de política. La agudeza analítica del filósofo era legendaria: mostraba un conocimiento más autorizado y profundo que el de los políticos profesionales en temas de gobierno y sus causas determinantes. Después de comer, Kant salía a dar una larga caminata solitaria. Un ejercicio hecho todos los días con tal regularidad que los vecinos de la ciudad confirmaban la hora cuando el viejo profesor pasaba a la distancia saludando con una inclinación de cabeza. La soledad se debía a una necesaria catarsis mental del animado encuentro tenido instantes atrás y obedecía también a un motivo específico: Kant deseaba respirar durante esas caminatas exclusivamente por la nariz. Aunque daba una razón fisiológica para hacerlo, el verse libre de afecciones pulmonares, su práctica correspondía a la tradición reflexiva filosófica llamada peripatética, aquella en la cual sus miembros pensaban caminando. Y además, acaso sin saberlo o acaso sabiéndolo, Kant meditaba al realizar esa práctica, de ahí el requisito operativo de la respiración, para lograr atención y concentración al mismo tiempo e ir del pensador al pensamiento, del caminante a la caminata, del meditante a la meditación. Al llegar a su casa después del paseo se instalaba en su mesa de trabajo junto a la estufa hasta el crepúsculo. Tanto en invierno como en verano, mirando por la ventana la vieja torre de Loebnicht. No tenía una vista plena, pero la torre “descansaba en su mirada” como una presencia distante y sólo a medias revelada a la conciencia. Era suficiente para el bienestar del filósofo. Pero sucedió que en el jardín vecino crecieron unos álamos y taparon por completo la vista de la torre. Kant se tornó inquieto y desasosegado y acabó por ser incapaz de proseguir lo que los testimonios llaman sus meditaciones vespertinas. El dueño del jardín, admirador de Kant, podó los árboles en cuanto se enteró de la situación, la cual no le sería comunicada por el comedido y cortés filósofo sino por alguno cercano a él. Una ópera que nunca se hizo iba a basarse en dicho episodio: La torre de Kant y los álamos. Su autor se desconoce, pero se sabe que versaría alrededor de la vita activa del autor de la Crítica de la razón pura ---la caminata misma, sin duda, y en sentido general la abundante vida mental del profesor---, y la vita contemplativa ---la que psicosomáticamente tenía lugar durante la silenciosa caminata de respiración concentrada, con la interrupción voluntaria del diálogo interior. La tensión creativa entre las dos vías, acción y contemplación, es la que daría lugar al genio, a sus reflexiones escritas, a sus sistemáticos ejemplos vivenciales, a su percepción de los imperativos categóricos, expuesto todo esto musicalmente en la representación. Unos días antes de su muerte, viviendo la agonía preparatoria para el final, inesperadamente definió en latín su situación: “Listo para la batalla y equipado”. No volvió a dejar el lecho y murió diciendo dos palabras: “Basta ya”. Gente de toda condición, desde la más elevada hasta la más humilde, acudió a ver su cadáver. De Quincey dice que eso duró varias noches. Su funeral fue solemne y magnífico. Alguna vez un alcalde de Königsberg tuvo la pálida idea de poner a un doble del profesor a caminar a la hora que él acostumbraba. Tan atento y concentrado como entonces al ir pisando y repitiendo un mantra desagregante del diálogo interior: “arriba, adelante, abajo”, cada vez que avanzaba un pie. Parece haber sido un buen momento. Fernando Solana Olivares

ERROR DE CONCORDANCIA

Septiembre no es un mes risueño. Concentra muertes y pérdidas dolorosas. Su recuerdo es ingrato y la memoria cumple con aquella inveterada costumbre de volverse a acordar. Septiembre es un mes incómodo. Cada vez que se recuerda, lo recordado cuenta de nuevo en una estratificación que después se llamará biografía. La gran mayoría de ellas se evaporan mediante una oscura desbandada, otras muy pocas forman el panteón de los muertos inolvidables y quedan por micho tiempo en la memoria común. Aunque cada quien es actor de la suya, no cualquiera habita su propia biografía. Erick Satie parece haberlo hecho en varios momentos, un modo de decir que lo hizo en todos. Durante su arrebatado, tórrido y triste amor por la pintora Suzanne Valandon, quien lo dejó por un rico banquero; durante su expiación del intenso duelo amoroso al escribir la extraña obra para piano Vexations, la cual fue interpretada a lo largo de 18 horas y 40 minutos, su duración, en un concierto organizado por John Cage; durante los veinte años de soledad (se cuenta que en ellos no recibió ninguna visita), reclusión, silencio y pobreza en Arcueil, suburbio no muy lejano a la ciudad. Un exilio interior radical y excluyente. El Montmartre parisino de las últimas décadas del siglo XIX era un hervidero creativo, emparentado con otros laboratorios de pruebas culturales y estéticas de la modernidad en ciudades europeas como Berlín o Viena, y Satie participaba de manera intensa en la vida bohemia y vanguardista de la época. La primera acción catártica, purificadora de las pasiones de la aflicción (eleos) y del temor (phobos), llevada a acabo por el músico minimalista después de sufrir el abandono de la interesada infiel, consistió en expresar su profundo dolor como una vejación a través de una pieza para ansiosa. La segunda acción de Satie fue retirarse por los senderos interiores al silencio y la soledad, una preferencia anormal que podría ser vista como consecuencia de su despecho: un castigo. Esos años en el aislamiento están representados en uno de sus míticos retratos. El pintos está sentado al lado de una chimenea apagada, mirando hacia abajo con absorta expresión de tristeza y enfrente de una modesta habitación donde a unos cuantos pasos se ve una cama. Un espejo refleja el vacío del espacio. Y toda la atmósfera trasmite un sentimiento de añorante aunque resignada soledad. Los misterios de la vía inmóvil se concentran en un ascético espacio. Menos es más: el silencio, la soledad, el monólogo, la reducción drástica del adorno –reducción drástica de la necesidad-, el irse temprano de la cama todas noches. El entrar al flujo del tiempo como expiación y cambio y transcurrir en él. Todo renunciante es una anomalía y aun la renuncia por motivos de amor lo es. Pero acéptese que tal decisión es otra plataforma donde sucede otro proceso de purificación. No se sabe cuándo después de la hermética y disolvente pieza, del marcharse y no mirar atrás durante veinte años, Satie olvidó a Suzanne. “Ustedes fueron para mí peldaños, y los he sobrepasado a todos”. Pudo haber dicho repitiendo a Nietzche, su contemporáneo. Este redactor asimismo ignora si el autor de Las, creador de un estilo definido como claro, conciso y también humorístico, precursor de las vanguardias dadaístas y surrealistas, compuso música durante su reclusión. El don creativo de la normalidad y su lógica afirmarían que sí. Pero siendo el reitero y la reclusión un movimiento alterado podría pensarse que tal vez no, que la música cesó ante un voto de silencio. Los renunciantes simplifican. Veinte años de estar voluntariamente confinado y mirar lo mismo y hacer lo mismo llevan a otro estado de conciencia. Y tanto tiempo, a otra escala, está previsto en la misma duración exasperante de Vejaciones. “Quien quiera saberlo, que se quede veinte años con nosotros”, dijo el abad del monasterio al principiante. Satie se quedó ese tiempo consigo mismo, su monasterio en él. Siempre hay variables en cualquier cuestión. Fernando Solana Olivares

Friday, September 09, 2016

EL CÁLCULO IDIOTA

El miércoles negro se iniciaron los días del estupor y los adjetivos. Traición, ineptitud, error histórico, estupidez, humillación, debilidad, enfermedad mental, pusilanimidad, pequeñez, y tanto más. Esa abundancia adjetival da la dimensión del incomprensible dislate de un presidente que causa pena y provoca vergüenza, sentimientos que no cambian la severa reprobación por sus acciones. Una vez más el drama histórico de la dificultad, la exigencia del cargo y la ineptitud de la persona. Los griegos definieron la etimología de la palabra idiota como aquello encerrado en lo particular. Sólo mediante un razonamiento idiota, encerrado en su propia esfera de interpretación e intereses, en su particularidad misma, es posible considerar y luego decidir la visita cuasi de Estado de Donald Trump a México. Era delirante pensarlo, tan delirante como fue hacerlo. La prensa señala una preocupación económica como causa del sorpresivo acto, luego de la posible calificación a la baja de la economía mexicana por las agencias calificadoras, ese tramposo instrumento del horror económico neoliberal. La subordinación de los tecnócratas locales siempre ha sido hacia los centros imperiales donde se formaron. En un sentido estricto son sus subordinados. Y aún así la propuesta de invitar a Trump para hacer un guiño (sic) a los mercados no tiene lógica alguna en apariencia. Una columna periodística de Roberto Zamarripa (Reforma 5/IX/16) condensa los elementos del esperpento político en una imagen teatral: Luis Videgaray, a quien llama el villano, impulsor de la visita y luego interlocutor del visitante, retrasa su descenso del helicóptero que aterriza en Los Pinos para no ser fotografiado junto a Trump. En alguna parte de la literatura hay visires como éste que conducen a sus superiores a la pira sacrificial. Como éste, también se retrasan a propósito. Así que dentro del cálculo idiota mayor existe otro menor: la egoísta cautela, el cobarde eclipsamiento de la eminencia gris. Un corresponsal frecuente escribe: “La restauración priista terminó en un derrumbe. Si el juego de palabras no fuera tan obvio, podría decirse que terminó en un despeñadero. Aún estoy bajo los efectos del estupor que me produjo la reunión de Peña Nieto con Donald Trump. Otro balazo en el pie que se da el presidente, tal vez el definitivo si el riesgo de que se dispare otros más no fuera tan recurrente y posible.” Uno más dice: “¿En qué cabeza cabe haber hecho una cosa así? Sin duda por un atrevido cálculo tal vez correcto aunque muy arriesgado para un presidente capaz de ello, pero imposible para un Peña Nieto, para sus argumentos aprendidos, su lengua de madera, su mediocre, opaca e inconvincente actuación. Quizá al imaginar el encuentro se pensó que Peña Nieto reivindicaría el interés mexicano, que defendería la dignidad nacional ante un bárbaro ofensor, y que recuperaría una imagen presidencial positiva. Instrumentalismo fallido.” Un tercero concluye: “Marcado por la mala suerte, una mala suerte debida a la impropiedad de las invitaciones cursadas precisamente ahora, pero también por la impericia, la falta de sagacidad para retrasar la visita del arrogante y obcecado Trump. Arrogancia y obcecación ante la cual palideció (una forma de aludir a su rictus mecánico) el presidente Peña, empequeñecido ante el desorbitado candidato republicano. Aunque hay otra hipótesis: todo fue intencional. Y el resultado lo confirma: la barrabasada benefició a Trump y hundirá a Peña Nieto.” Seguir una política contraria al propio interés es una tendencia en la historia. Esa insensata marcha de la locura, como la llama Barbara W. Tuchman, determina las ocurrencias de este régimen anormal y en ello radican sus peligros. Érase una vez un presidente que fue diseñado televisivamente para llegar a esa posición y al cual el puesto le quedó muy grande: la causa es lo causado y todo origen es destino. Tuvo un torvo visir económico que ejerció el poder detrás del trono. Primero contó con un momento de suerte deslumbrante, pero los dioses ciegan a quienes quieren perder y a partir de Ayotzinapa el cuento mediático se volvió una pesadilla. Ahora está cansado, carga un fardo difícil de llevar. Que él mismo lo haya provocado no aligera la cuestión. El drama, pariente consanguíneo de la tragedia, no se caracteriza por su larga duración, tampoco por sus intensidades pero sí por sus escándalos. Como quiera que sea, el régimen ya se terminó. Fernando Solana Olivares

Wednesday, September 07, 2016

LOS TULIPANES INCONSTANTES

Un cinco de febrero de 1637 algunos ciudadanos holandeses asistieron en Alkmaar a una subasta organizada en beneficio de los huérfanos de Bartholomeusz Winckel. En ella se disputaron setenta bulbos de distintas y muy valiosas variedades de tulipán. La repleta sala iluminada en claroscuro asistió entonces a una delirante comedia capitalista que se representaba en los orígenes de dicha doctrina y por eso sería fundacional. J. Volpi (Memorial del engaño, Debate) cuenta que el señor van Halmael, comerciante y coleccionista de pintura, hizo su oferta con una risita socarrona. Era un tic que utilizaba para ganar en las pujas y en los tratos: la provocación desestabilizadora del adversario. El panadero Olfert Roelofz, un burgués acomodado, duplicó la oferta del otro y recibió de la asistencia aplausos que lo dejaron confortado. Luego el boticario Jan Sybantz la triplicó ---por recelo y simple envidia, como creyeron algunos de los presentes, y durante unos instantes pareció que todo sería suyo. El martillo del subastador estaba a punto de caer para sancionar la compra cuando un hombre pelirrojo y barbado de nombre desconocido, un menonita posiblemente, ofreció la cantidad final. Meses atrás de la subasta el comercio de tulipanes, denunciado por predicadores calvinistas y satirizado en las canciones populares, había comenzado a alcanzar precios nuca vistos, “capaces de volver rico a un vendedor en una sola tarde”. Esas flores exóticas habían llegado a las cortes europeas sesenta años antes arrancadas de los jardines del Gran Turco, y la fascinación que produjeron sus pétalos entintados púrpuras o escarlatas entre la alta burguesía holandesa no tenía que ver con simbolizar la imagen de las virtudes del alma, ni con su carácter edénico y ni siquiera con el placer estético que proveían. Su interés radicaba en ser uno de los bienes más perseguidos y mejor cotizados del siglo XVIII. El efímero fulgor de los tulipanes, escribe Volpi, era necesario para iluminar los tenebrosos salones de los Países Bajos. Su comercio era caprichoso porque lo definía el ciclo de vida de las plantas, que florecen en abril, mayo o junio según la variedad, y su esplendor dura unas pocas semanas. Al marchitarse los pétalos de la flor deben arrancarse los tallos de la tierra, secar los bulbos y envolverlos en un paño, para volverlos a sembrar a principios de septiembre y rogarle a los dioses que renazcan en primavera. Los compradores ni siquiera verán sus plantas pues los brotes se venderán a otros bloemisten como ellos antes de florecer. La subasta del cinco de febrero alcanzó precios exorbitantes con un total de 90 mil florines. Un delicado tulipán Viceroy se vendió en 4,203 florines y otro, imponente según Volpi, un Admirael van Enchysten, alcanzó los 5, 200, cuando el sueldo anual de un burgomaestre era diez veces menor. Se desató un frenesí por obtener las más exóticas variedades y los precios aumentaron vertiginosamente. En sus reuniones privadas o en subastas formales, los bloemisten desembolsaban fortunas o más bien las prometían. Conforme narra una reseña de la época, un bulbo podía venderse cientos de veces en un día. Era un riesgo de locos, escribe el autor, porque el clima del norte de Europa y la fragilidad de los bulbos no aseguraba su floración. El comercio de tulipanes se conoció como Windhandel: negociar con viento. Una tarde, por causas que aún se debaten, un importante grupo de bloemisten no acudió a una subasta. Tal hecho originó un pánico que se extendió por toda la ciudad. Como la noticia de los exorbitantes precios alcanzados en las pujas del cinco de febrero, ésta también escapó de Alkmaar para regarse por toda la provincia, pasó por Haarlem, llegó hasta Amsterdam y alcanzó toda Europa: la burbuja de los tulipanes había estallado. Y vino el caos, pues vendedores y compradores acudieron a las autoridades y ésta falló a favor de los primeros. Cuatrocientos años después ocurriría lo mismo con un producto tan evanescente por impagable como lo fueron los inconstantes tulipanes: los bienes inmuebles que entre 1997 y 2005 aumentaron sus precios más de ochenta por ciento. La venta especulativa de hipotecas y luego la reventa de ellas y de nuevo otra vez hasta explotar. Las autoridades políticas hicieron lo mismo que la otra vez: salvar la economía financiera de casino. Ayudarla a continuar. ¿Cuál será la semiótica de un sistema que negocia con viento y de ello produce sus riquezas? Fernando Solana Olivares

BITÁCORA PARALELA

Viernes, 11 a.m. El avión a Oaxaca sale del aeropuerto de Guadalajara con una hora de retraso. El retraso crónico de costumbre. Al desplegar la mesita del respaldo se le desprende un tornillo ¿Así pasará en todo el avión? 17 hrs. Algunas calles del centro de la ciudad están tomadas por el campamento de plástico, precarismo, basura, lazos, mecates y meados de los maestros de la sección 22. El zócalo está cedido o alquilado por ellos a los vendedores ambulantes, instalados de forma que parece permanente. El gran zoco de Oaxaca. Como el agua, cuando vuelve a sus cauces naturales, el centro fundacional de la ciudad regresa a su origen: un sucio e intenso mercado. Mientras tanto los negocios establecidos cierran, malviven, se angustian y ven acercarse a los fantasmas lánguidos de la quiebra. La plaga turística, esa némesis de Oacaca, Xashaca, Oaxaca, devora los productos varios que se ofrecen en ese zoco, desde tacos hasta mierda china. Y hoteles también sin huéspedes, menos por el efecto imitativo predominante ahí. Se cuentan historias de calles oaxaqueñas donde uno puso una tienda y compró una camioneta y todos los vecinos hicieron lo mismo. Entonces aquí hay un hotel y junto otro y otro más allá. Y allá una galería y otra y otra y muchos museos e instalaciones que levantan el parque temático de diversiones culturales fundado en una retórica arquitectónica de persuasión y filantropía mostrada a través del rescate de muy opulentos y hermosos edificios coloniales. De mecenazgos plutocráticos y fundaciones que alguna vez habrán de someterse al escrutinio público. 20 hrs. An exquisite taste de Francisco Toledo y su gran genio, influencia principal pero no única en la transformación moderna de la ciudad, generó una impronta visual y máterica que abrumadoramente viene repitiéndose hasta convertirse en este manierismo cada vez más kitsch, ornamental y hueco. Un neobarroco, un horror vacui. De la negada Escuela Oaxaqueña de Pintura se pasó a la actual tendencia múltiple de pintores yoicos y narcisos, pocos buenos, la mayoría estereotipados entre sí. Hacemos arte para no morir de realidad. El estilito Oaxaca. 23 hrs. Dos pintas en los muros que protegen las nauseabundas tiendas del plantón: “La calle arde cada tanto, la memoria no ha dejado de hervir.” Otra más abajo completa: “La sangre no ha dejado de correr para revivir a los muertos.” ¿Cuáles son las pintas apócrifas, invisibles sobre la piel de la ciudad? Camino por la noche, como el poeta, y al llegar a mi cuarto no hay espejos. Sábado 20. 12 a.m. El destino de la gente, ¿quién lo decide? Encuentro por la calle un escritor que vende su obra en fotocopias editadas por él. Es la perfección del fracaso: su belleza, su pureza, su dificultad. Destruye y purifica. Una cierta locura y marginalidad, estrategia ante una situación insoportable. Acepta venderme uno de los ejemplares. Le doy cien pesos. Los agradece, hace cuentas mentales y dice: tenía treinta y siete pesos de presupuesto hasta el lunes, para sonreír iluminado. 18 hrs. Se presenta una meritoria novela de Jorge Martínez Gracida, escritor local. El ciclópeo ex convento restaurado que alberga el acto y su asistencia, la clase patricia vallista de Oaxaca, confirman la drástica división entre este sector y los maestros de la 22. Además de esta gente blanca y decente, prácticamente todos los sectores de la sociedad oaxaqueña han pedido a los maestros que vuelvan a clases y levanten el funesto plantón. Su negativa hace crecer un rechazo cada vez más irritado y harto, un repudio general. Oaxaca hierve, desencantada y expectante, desigual y nerviosa. Pero también veloz y múltiple, como una colmena de última hora en sus juegos del intercambio. Siempre ha habido muchas cosas en esta tierra, ahora más, así algunas sean estereotipadas. Ya avisaba Robert Valerio del atardecer en su maquiladora de utopías. Lunes 22, 18:25 hrs. El vuelo de regreso sale adelantado. Otra irregularidad regular: a destiempo. Todo crece bárbaramente y el número incontrolado lo derrota. Lo que fue no vuelve a ser. ¿A dónde va Oaxaca? La imagen de Lawrence escrita hace noventa años sobre la ciudad sigue vigente: las clases sociales se pudren una sobre otra. Una sensibilidad dominante es como una profecía autocumplida y nadie quiere apostar por el curso que tomarán las cosas. “Oaxaca: tierra de la resistencia donde Dios nunca muere”, dice una pinta hiperbólica. Como si fuera un dios hostil. El avión toca tierra. Ajustó su adelanto de tiempo durante el vuelo. Fernando Solana Olivares

LIBRETA DE APUNTES

A) Mi mujer sueña ir subiendo en un elevador que de pronto se para y comienza a bajar. Las puertas del elevador se abren a una obra de teatro. Un actor alto, barbado y blanco le dice: “En la escena del tren se sale.” Tantas cosas hay en las cosas como misterios en la vida: ¿por qué soñamos, por qué soñamos lo que soñamos? Borges, siguiendo libros ancestrales, fabuló la inquietante hipótesis de que nosotros somos soñados por otro, por otros, o sencillamente que somos soñados. De ahí se desprende la extraña configuración del mundo y las recurrentes metáforas sobre el sueño y la vida, el sueño y la muerte, el sueño y la irrealidad. B) Se cuenta una historia en la mesa: el santo y seña “¿Pa’qué?” Un maestro lleva a su grupo universitario de Biología Marina al mar. Es el viaje de graduación. Contrata a un lanchero y éste le pregunta si puede acompañarlo un amigo. El maestro acepta. Al día siguiente por la mañana el maestro, un pequeño grupo de alumnos, el lanchero y su amigo zarpan hacia mar abierto. Después de unos minutos de travesía, siempre hacia adelante, divisan un grupo de orcas a lo lejos. Sus grandes aletas surcan como navajas plateadas el mar a esas horas. El maestro ordena adelantarse a ellas y encontrarlas más arriba. “¿Pa’qué? Dile que no haga eso”, pide al lanchero su amigo, asustado. También lo está él, pero la orden debe cumplirse. Adelantan al grupo de grandes peces en movimiento forzando casi al máximo el motor. El piloto vislumbra lo peor y su acompañante lo ve venir. Al fin la lancha queda enfilada de frente al veloz y poderoso cardumen, esas creaturas de Poseidón. El maestro ordena apagar el motor. El piloto se desguanza y el amigo se rebela: “¿Pa’qué? Dile que no. ¿Pa’qué?” Seis alumnos con esnorkel se echan al agua y muy pronto se encuentran con el grupo de orcas que con toda facilidad pasa en medio de ellos. Siguen su camino por debajo de la barca, las hembras más pequeñas con aletas de media luna, los machos con la suya ligeramente doblada en la punta dado su gran tamaño, y se van. La belleza, el milagro y el sinsentido. ¿Pa’qué? C) Los rizos hasídicos, esos bucles que nacen desde las sienes, se llaman peyas. La tradición que los acostumbra dice que se originan en una diferenciación: los gentiles se afeitaban esa parte de la cabeza, así que ellos no lo hacían. No es tanto la costumbre misma sino cuándo comenzó. Porque la naturaleza no hace nada en vano, pero los hábitos culturales sí. D) Un hombre le envió un telegrama a su mujer: “Empieza a preocuparte. Los detalles después.” Ella se vio en un predicamento. ¿Debiera pensar que el mensaje era un equívoco, una paradoja o un juego de palabras? Él hombre nunca volvió. Lo rastrearon durante meses sin resultado y durante años no apareció. Hasta hace unos días, cuando sorpresivamente regresó a casa. No controla plenamente la memoria y no ha podido explicar qué le pasó, aquellos detalles prometidos. Tampoco recuerda el telegrama. E) A veces, escribe el poeta, la infancia me manda una postal, se muestra de nuevo en un sabor, una sensación, un momento recordado. El tiempo de la memoria comienza a correr hacia atrás mientras se envejece. Puede olvidarse aquello que está inmediato, que recién sucedió, pero lo de antaño surge con frecuencia. Como si la vida diera la vuelta sobre sí misma en esos momentos hacia atrás que la memoria pone en la mente. ¿Por qué estos y no otros? Un misterio. El pasado nunca desaparece, hay quien afirma que ni siquiera es el pasado. Por eso el juego, según Borges, es convertir el ultraje de los años en una música, un rumor y un símbolo. La prosodia le llama a eso envejecer con dignidad. E) Para ponerlo de manera kantiana: el uso privado de mi razón me da ciertas posibilidades. Una de ellas saber que Mozart escuchó en una tienda de Salzburgo una melodía compuesta por él mismo que cantaba un estornino (enigma secundario: ¿dónde la oyó?) cambiando ligeramente la composición al introducir en ella una nota natural. Mozart corrigió la pieza e incorporó una anotación en la partitura: “Así la canta el estornino.” O saber que los grajillos pueden postergar su satisfacción inmediata. O que los cuervos esconden sus tesoros a la vista de quienes desconfían para probar su honestidad. O que retienen mucho tiempo en su pico como muestra de afecto el dedo del cuidador dejad de ver. O que las parvadas milenarias de tordos son aleccionadas por conocimientos invisibles en su asombrosa coreografía. Fernando Solana Olivares

DICE VOLTAIRE

Cerca de las nueve de esa mañana el día era agradable, se sentía una amable brisa y se vivía ya el bullicio habitual de Lisboa. Todo marchaba bien, según las crónicas de aquel 1 de noviembre de 1755. Media hora más tarde, a las nueve y media, la tierra comenzó a moverse violentamente. Los edificios se vinieron al suelo, de cuyas grietas recién abiertas emanaron asfixiantes gases. Las aguas del mar retrocedieron para regresar con gran violencia e inundar las partes bajas de la ciudad. Después del terremoto y el maremoto se declararon incendios en el centro que consumieron inmuebles históricos, recintos públicos y tesoros culturales. Miles de personas quedaron sepultadas y la ciudad desapareció. Otros tantos vagaban como fantasmas rotos por sus calles destruidas. Entonces llegó a su fin el moderado optimismo racional que Voltaire había practicado. En su Poema sobre el desastre de Lisboa lo aceptó: “el mal está sobre la tierra.” Voltaire no consideraba suficiente la respuesta que Leibniz había dado al mal y que por entonces era una idea dominante en la ilustración europea. Este influyente pensador distinguía tres tipos: el mal metafísico, vinculado a la finitud humana; el mal moral, que comete la persona al renunciar a los fines para los que fue creado; y el mal físico, vinculado al dolor y sufrimiento de los seres humanos. Tal retórica no lo convencía, tampoco aceptar la responsabilidad de Dios en el problema, porque ello significaría asignarle atributos morales, cuestión a la que siempre se había negado. Para el teísmo de Voltaire, Dios es el Ser Supremo cuya relación con el mundo se limita a la de ser su creador, pero no una divinidad que interviene en la vida de los hombres como las de las religiones reveladas. Voltaire nunca pudo aceptar que el sufrimiento y la desgracia fueran medios para un fin mayor. “Existe el mal sobre la Tierra, y esto constituía para él un verdadero escándalo”, escribió uno de sus biógrafos. Seguramente, escritores posteriores como Tolstoi y Dickens leyeron su Ensayo sobre las costumbres ---Voltaire, asimismo, había leído a Shakespeare. En ese texto, el filósofo afirma que ha tratado de encontrar algunos “tiempos felices” en medio del “montón de crímenes, locuras y desdichas” que componen la historia, siempre en riesgo por el fanatismo religioso y la estupidez humana. El mundo de Voltaire está asolado por las fuerzas de la opresión: el fanatismo violento, la tiranía, la superstición irracional, pero a pesar de ello cree que los hombres pueden hacer algunos progresos, “arrojar algunas luces en medio de la oscuridad”, sin dejar de habitar una vida donde inevitablemente se mezclan placeres y desdichas, bienes y males. Su filosofía es optimista porque cree que la tierra es cultivable, y que también de alguna manera lo son los seres humanos. En Cándido, o el optimismo los cuatro protagonistas del cuento acaban cultivando un jardín, metáfora de la vida diaria, de la condición de la conciencia y de las tareas de la cultura. Siempre se puede hacer algo, no es cierto que “Todo está bien”, según el axioma de Alexander Pope que Voltaire critica, pero a la vez surge un espacio de la acción positiva y posible. Un pequeño formato alentador que alcanza condición común en un cosmopolitismo tolerante y pacífico. Lo común a los hombres es la naturaleza humana. Y de ella Voltaire extrae normas que considera universales, más allá de todo particularismo político o religioso. Una ética que debe defenderse donde se encuentre e instalarse donde no esté, laica, racional y humana. Hoy ese mundo ha saltado por los aires, si alguna vez pudo instalarse. Pero lo perenne de Voltaire sigue estando activo, o nuestro desconsuelo histórico lo quiere creer así. Los prejuicios, diría Voltaire, son opiniones que aún no han sido examinadas por la razón. Esa fue su tarea analítica y sigue siéndolo. Hoy resurgen las violencias extremas del regreso a las fronteras puras, desde el horror Trump hasta los nacionalismos radicales y los credos sectarios homicidas. Ante ello, Voltaire propone la sociedad civilizada, resultado de un perfeccionamiento del espíritu colectivo, de la noción y práctica de la comunidad. El mundo ya no es volteriano. Sus ideas profundas sí lo son. Sus esperanzas fundadas. Así es ahora la fuerza cultural: vigente aunque inadvertida, perfumes que en toda materia hallan igual lo poroso. Fernando Solana Olivares

EL LOGOS DESTRUIDO / y II

Afirmar que Trump es sobre todo un candidato anti sistema, como en esta veloz posmodernidad han proliferado, tal vez sea una reducción, pues es cierto, sí, pero a medias. Producto de una o varias causas, de una en varias, acomodadas como se quiera en el enigmático rompecabezas que comenzará de aquí a cien días más, en noviembre (lo enigmático, por cierto, contiene el término oscuridad). Si quiere extenderse el arco analítico, quizá deba pensarse que la separación entre la razón y el cuerpo, en el yo pienso, luego existo cartesiano, comenzó hace más de dos mil años con el pensamiento griego. El cuerpo se convirtió en la cárcel del alma, no en su templo, por desgracia. Entendemos el término Logos como razón superior, unificada, donde está el lenguaje, la mente y la conciencia. Algunos han creído que sucede como un advenimiento, otros se decantan por la hipótesis cultural como causa de que exista. Decir en el principio era el Verbo es decir que era el Logos. Sus defectos han sido muchos: el Logos perdió su letra mayúscula y fue degradándose como pura razón, pues era masculino, patrístico, jerárquico, excluyente, autoritario, egoico y vertical. Era cazador, no era recolector. El logos perturbado por una distancia insalvable entre el sujeto y el objeto. Por una cultura de la manipulación y no de la comprensión participante. La crisis como decadencia profunda de la conciencia masculina racionalista que determinó el pensamiento de los últimos milenios. Cada vez es más claro que eso terminó. Falta imaginar, ver, vivir el reemplazo y hacerlo una nueva cultura global. Arnold Toynbee escribió que en la fase de declive de una civilización es cuando suena con mayor estruendo el tambor de la autocomplacencia. Sin embargo, la autocomplacencia de Trump es para consigo mismo, no para un país que describe en decadencia, y promete a sus audiencias que ese don carismático suyo puede impregnarse a la nación para reconducirla a su grandeza. Un autócrata mesiánico y mediáticamente histérico surgido de la nada (o del todo, para quienes admiren a las plutocracias depredadoras), violentador de los códigos tácitos y expresos de la política, la representación y las buenas maneras, cumpliéndose un guión que la historia del siglo sobradamente conoce entre sangrientos y destructivos dictadores. Aparecen de la nada y se apoderan de todo. Quizá, en una delirante y agresiva presidencia trumpiana, las instituciones estadounidenses lograrían frenarlo. Su narrativa misma, sin embargo, puede significar más que la destrucción de los mínimos e inestables equilibrios de una época turbulenta, tocando no solamente el tambor de la autocomplacencia sino los de la guerra. Quienes han hablado de ella ---Francisco, Enrique Krause--- tienen razón. Vivimos (o viviremos, afirma Krause) una guerra. Byung-Chul Han cita (En el enjambre) un “sorprendente” artículo de Chris Anderson en la revista Wired: “El final de la teoría”. En él afirma que un conjunto de datos cuya magnitud es imposible de representar harían por completo superfluos los modelos de teoría de la conducta humana, de la lingüística hasta la sociología, la ontología, la psicología. No interesa ya saber por qué los seres humanos hacen lo que hacen: lo hacen y eso puede medirse con exactitud. La correlación suplanta la causalidad, ahora no importa el por qué ante el es así, escribe Byung-Chul. Esta tendencia también se instala en la política. El número de mentiras flagrantes, estadísticas falsas, medias verdades y simplificaciones de Trump en sus discursos, su es así, llama la atención por su evidencia empírica y sus cifras y resultados, justo los contrarios a los que toda racionalidad esperara. El Mundo Trump radicalizó un voluntarismo: las evidencias no existen, pues la nube está hecha de percepciones, sentimientos, reducciones lógicas. La mecánica del chivo expiatorio, una semiótica del odio, del regreso a las imaginarias fronteras puras ---el muro fronterizo es parte de esta infeliz aislación--- se abre paso para arrebatar el trono imperial. Y la otra candidata algo tiene de patético: encarna al establishment. Los paradigmas conceptuales de la época han colapsado. En un ejercicio de proporción Berman habla de la persona para estos días: ciudadanos informados del mundo, con salud física y refinamiento intelectual y artístico, seres generosos y caritativos: lo que no se da se pierde. Si esto se convierte en política el mundo cambiará. Si no, ganará Trump. Fernando Solana Olivares

EL LOGOS DESTRUIDO / I

Lo único que la historia humana enseña es que los seres humanos nada aprenden de ella: la compulsión a repetir, a abstraerse de la realidad y a negar las evidencias empíricas es una poderosa fuerza que determina a los individuos y a las sociedades. Vueltas en círculos que van estrechándose, tropiezos cada vez más graves con la misma piedra, modelos de pensamiento que llevan a crisis cuya solución se busca empleando los mismos modelos de pensamiento que las causaron: la historia moderna occidental es un registro de catástrofes producidas por el capitalismo depredador, y a la vez una suma de avances materiales y tecnológicos que embrujan a todos –particularmente a quienes nunca accederán a ellos- con la promesa de que, tarde que temprano, serán un bien común, corregirán injusticias y aliviarán desigualdades. Los síntomas de esa decadencia terminal han sido señalados una y otra vez desde siglos atrás por las antenas de la especie, los auténticos artistas y los verdaderos pensadores. Las advertencias, sin embargo, siempre fueron ignoradas y aun perseguidas: la profética Casandra no le gusta a nadie, quizá tampoco a ella misma. Ahora reina entre nosotros Némesis, aquella diosa griega cuyo motivo es la retribución, el castigo ineludible de la presunción humana. También Ghede, el señor de los muertos de la mitología vudú que anima a los cadáveres usándolos como zombis, hoy tan de moda. O tal vez Donald Trump, esa amenazante aberración inexplicable para las perspectivas creyentes en un progreso humano sensato y constante –los residuos culturales del racionalismo del siglo XVIII: ya Leibniz decía que este mundo es el mejor de los posibles-, pero aberración natural y lógica en nuestra época de densa oscuridad, que entonces, desdicha máxima, deja de ser aberración para convertirse en naturalidad: el mundo al revés, el mundo invertido. El físico teórico Stephen Hawking ha dicho que puede comprender la enigmática naturaleza del universo, así sea parcialmente, pero que no logra entender la razón por la cuál un personaje tan impensable e inesperado como Donlad Trump ha sido designado candidato a la presidencia de Estados Unidos. Morris Berman (Edad oscura americana. La fase final del imperio, Sexto Piso, México, 2007) encontraría cuatro causas probables para ello: a) el triunfo de la fe irracional sobre la razón; b) la crisis de la educación y el pensamiento crítico; c) la legislación de la tortura, y d) la creciente pérdida de importancia cultural y económica de Estados Unidos en el mundo actual. Este panorama- una Edad oscura irreversible en la que ha entrado el imperio estadunidense- tiene similitudes con las condiciones que hubo después de la caída de Roma. No solo la atmósfera actual de coliseo, convertida en una carpa mediática de la sociedad del espectáculo y el entretenimiento, sino también algo similar a lo ocurrido en el siglo IV: una gradual y creciente sumisión de la razón ante la fe y la contingencia permanente en que se vive la vida. La crisis de la educación y la caída del pensamiento crítico prueba, según Berman, que Estado Unidos es un país que en términos intelectuales permanece en la oscuridad “ de manera manifiesta”. El pensamiento complejo ha sido sustituido por un fast think y una ignorancia sistémica que arrojan datos escalofriantes. Así como en el Medioevo la mayoría obtenía todo su conocimiento sobre el mundo de una sola fuente, la Iglesia, hoy la mayoría de la población estadunidense lo obtiene de la televisión y de las redes cibernéticas. La excepción representada por Obama, un político intelectualmente elaborado y sólido –característica que para muchos ha significado no un valor de su presidencia sino sobre todo un defecto-, no garantiza que el mundo simplista y medieval, concebido como una batalla entre el Bien (nosotros) y el Mal (ellos), incapaz de la menor flexibilidad analítica y curiosidad mental, adverso a la ambigüedad propia de lo real, orgullosamente ignorante de la historia y condicionado por los medios masivos de comunicación, esté ahora de regreso. Del Mundo Bush –un “niño-emperador” que dice cumplir con una misión donde la fe aplasta la evidencia empírica, y un espejo donde el público mayoritario y anónimo se reconoce- al Mundo Trump parece haber nada más un paso: la elección de un siniestro dirigente. El huevo de la serpiente o la historia finiquitada. Fernando Solana Olivares

NOTICIAS DE SHAKESPEARE

Unos pocos años después de su matrimonio, Shakespeare dejó a su familia en Stratford y se fue a Londres a hacer su carrera dramática. La leyenda cuenta que llegó a la ciudad siendo muy pobre y sin amigos. Se apostó afuera del teatro y mediante una propina guardó cabalgaduras de los caballeros asistentes. Durante un lustro no hay rastros de su estancia en Londres. “Sin duda, invierte este tiempo en estudiar los secretos de su arte”, opina el biógrafo. Hacer, hacer, repetir. Obtiene, no se sabe cómo, una recomendación para James Burbage, propietario y director de El Teatro, quien le admite en su compañía como traspunte. Inicia su carrera de éxito refundiendo composiciones ajenas. “Debuta, escribe, da su primera obra, triunfa. ¡Es Shakespeare!” Hasta alcanzar la primera posición que ocupará ---compañero del conde de Essex, amigo del conde de Southampton, dueño de un escudo de armas, autor favorito de la reina Isabel---, Shakespeare ha pasado por el aprendizaje y la escasez, compañeros necesarios de las buenas letras. O inevitables. Primero en El Teatro y luego como socio de El Globo, un edificio octogonal al modo en que solían ser los teatros de entonces. El de Shakespeare, construido con lujo, era público y a cielo descubierto, menos el escenario y las galerías. Carecía de asientos. A su alrededor contaba con tres galerías, las dos más bajas divididas en palcos, la superior corrida. El escenario estaba de frente y era completamente abierto, sin arco proscénico o telón. A espaldas del escenario estaba la Tiring House, dos pisos en los que se vestían los actores. La representación se anunciaba en carteles escritos a mano y pegados a los muros. Comenzaba a las tres de la tarde. Sobre el tejado del escenario se izaba una bandera. Si faltaba la luz del sol se prendían candilones. En los entreactos tocaba la orquesta y para hacer tiempo los asistentes platicaban, leían, jugaban a las cartas y bebían cerveza. La obra se escenificaba con ellos a su alrededor y sobre las tablas, respirando al lado de los personajes y viviendo el drama junto a ellos, confrontados a sí mismos, los varones en el corral de abajo, las mujeres en la cazuela de arriba. Como todos los dramaturgos de entonces, Shakespeare podía montar escenas simultáneas y coherentes, arquitectónicamente posibles. Doble cremallera, velocidad letárgica, complemento, emulsión. Algunas escenas atroces se sugerían, en alusiones e imágenes que debían ser imaginadas ---y así se harían propias. La fragorosa respiración de El Globo ---obra, dramaturgo, actores, público, época histórica--- era un hecho escénico a máxima capacidad. El conjunto de la obra shakesperiana va de 1591 a 1611, durante dos décadas, de los veintisiete a los cuarenta y siete años, obra “a la que no afea ninguna arruga”. La primera, Trabajos de amor perdidos, está ya marcada por la garra de león, como dice la crítica: intensidad de vida, magnificencia de imaginación. Y la última, La tempestad, leída por algunos como un testamento, como un adiós al arte y a la vida: “Romperé mi varita de mando”, anuncia Próspero, su denso personaje. La trasposición también, como han visto muchos, de un actor-director-administrador acosado y exhausto de trabajar, que organiza y ensaya a los actores, vigila la función y sus horarios, sueña con la jubilación pero todavía está obligado a salir a escena para implorar el aplauso del público. No se conocen las causas que indujeron a Shakespeare a retirarse a su villa natal de Stratford y abandonar Londres. Desde entonces se especuló sobre una enfermedad por el cansancio debido al enorme esfuerzo de imaginación desplegado durante veinte años. Lo más directo que se sabe sobre su muerte son las palabras de John Ward, vicario de Stratford: “Shakespeare, Frayton y Ben Jonson se reunieron en alegre convite; pero Shakespeare parece que bebió demasiado, pues murió de una fiebre contraída allí.” El documento arguye contra toda enfermedad y cansancio, sólo habla de una muerte banal. Seguía en contacto con sus compañeros actores, adquirió una casa en Londres y aportó su parte para la reedificación de El Globo. Tal vez Shakespeare, tuteador de la muerte, pudo decirle: “Llegue rogada, pues mi bien previne; hálleme agradecido, no asustado.” Murió diez días después de Cervantes y fue enterrado un 25 de abril de 1616 en el lado norte del presbiterio de la iglesia de la Santísima Trinidad de Stratford. Ambos murieron después de haber abrazado al universo. Fernando Solana Olivares

Friday, July 15, 2016

AFORISMOS SÚBITOS

“Jamás el esfuerzo desoye la fortuna” se dice en La Celestina de Fernando de Rojas. Entonces nuestro esfuerzo no ha sido ni será suficiente para evitar el desastre. O quizá el desastre mismo es un premio que nos entrega la fortuna. *** Aquel hombre se marchita como funcionario ilegítimo a pesar del brillo del cargo, de la sinecura, de la hermosa oficina. ¿Habrá quien florezca en un lugar al cual no pertenece? *** Leo la más reciente novela de un escritor afamado. La misma historia que lleva años contando, cada vez peor escrita, con los clichés de siempre, los mismos estereotipos. Es un individuo triunfante que no necesita conocer los imperativos de la moral literaria: nadie escribe lo que no vive desde las entrañas, nadie expresa lo que no siente de verdad. Tal es la función del dolor, hacer a la conciencia. Este hombre no es consciente. El éxito es su enajenación. *** La zona templada del espíritu surge cuando se acepta aquello que la santa Catalina de Siena creyó haber escuchado de Dios: “Yo soy el que es, y tú la que no eres.” El yo, hipótesis inútil, se niega a considerar dicha negación, que siempre parte de un relámpago intuitivo: la identidad es una convención social necesaria pero no determinante, el verdadero nombre de la gente es nadie y su destino es ir a ninguna parte. Quien soporte esta revelación podrá saberlo: la persona es un postulado práctico, nada más. Por ello debe distinguirse entre el “yo empírico”, que ha de dominarse, y el “sí mismo”, que ha de buscarse en el interior de cada quien. *** Un místico islámico, Yunaid, afirmó que “Ser sufí es desasirse de toda preocupación, y la peor de todas es la del yo.” Por eso la sabiduría logra disolver el autoconcepto, ese dren de la energía emocional. Uno siempre es otro para los otros, así que da lo mismo toda evidencia, toda apariencia, toda afirmación. Saberlo es un descanso ontológico propio de héroes y dioses, superior. *** Todo lugar común fue realidad alguna vez. El abuso actual del término zen aplicado a cualquier cosa, desde espacios hasta productos, comportamientos, personas o indumentarias, proviene de una vinculación orgánica entre Oriente y Occidente, negada por el racionalismo pero determinante como las corrientes profundas del océano. Un autor enumera axiomas que le parecen actitudes zen. El exhorto a la unidad de Husserl: “hazte como cada ser.” La propuesta para “seguir la realidad en todas sus sinuosidades” de Bergson. La observación formulada por D. H. Lawrence: “pocos viven donde están.” La paradoja de Spinoza: “cuanto más sabemos de cosas particulares, más sabemos de Dios.” O la certeza de Sartre: “El destino del hombre está en sí mismo.” ¿Y qué es el zen? Hacer como el pez, que nada sin pensar en el agua, o como el pájaro, que vuela en el viento sin discurrir sobre él. *** Ahora la gente envejece sin hacerse mayor. La tercera edad se comporta como si fuera la primera: el pavor de terminar. *** Así como la filosofía occidental sólo es una serie de notas a pie de página sobre Platón y Aristóteles, la literatura moderna es una gravitación alrededor de Shakespeare, su astro rey. Macbeth en la oficina, Hamlet en el negocio, Ofelia en la casa u Otelo en la red: variaciones alrededor de quien anticipó el tiempo de la modernidad o tal vez lo construyó. De ahí que en ella haya tanta y tan intensa angustia de las influencias: el predecesor es insuperable y la lucha contra él, según diría el crítico, representa una agonística, un esfuerzo terminal. *** La edad avanza y deben replantearse las prioridades, como alcanzar la invisibilidad. Silencio, discreción, cautela. Quien se guarda observa, quien se exhibe no ve. *** “Háblame de Dios”, le pidió san Francisco a un almendro. En respuesta éste floreció. *** “Dame, Señor, piedad para mí mismo, y que mi obra te responda”, propuso Francisco Cervantes, aquel legendario poeta del gótico Hotel Cosmos. Era una plegaria “amigable”, como hoy se suele decir. Un posmoderno la deconstruyó: “Date, Señor, piedad para ti mismo, y que tu obra me responda.” Muchos opinaron que así quedó mejor. Fernando Solana Olivares

Wednesday, July 13, 2016

CONVICCIONES INESTABLES

Las certezas existen como una necesidad de la conciencia. Son indispensables para que la vida ocurra en cierto paisaje descrito con atributos positivos, el paisaje ideal. Así tiene que ser la vida, se dice uno, y establece un sistema de referencias ideales y distópicas, deseables y negativas, de cosas buenas y malas que componen el mundo. De acumulaciones y de pérdidas. Si el sentido común sentimental fuese verdadera sabiduría, es decir, una distancia inteligente ante el fenómeno sucedido, la norma de toda persona sería una ley termodinámica: nada se crea, nada se destruye, todo se transforma. La superficie lisa permite transitar sin obstáculos. La superficie estriada detiene en donde uno está. Cuando pienso en el pasado veo un abrupto y descorazonador cambio de conciencia, de existencialidad. La confianza cultural del crepúsculo de la maquiladora de utopías ---en frase de Robert Valerio, el gran ensayista muerto--- se evaporó, como todo lo sólido se ha evaporado en estas últimas épocas. Desapareció un valor humano: la confianza en un cierto mañana, en un cierto sentido. El tiempo fue vampirizado y coaguló. Osho, un polémico gurú oriental actuante en Occidente, con quien el filósofo Peter Sloterdijk pasó largas temporadas, decía que los hombres han vivido mucho tiempo como lo hacen ahora, con violencia e inconscientemente, pero que puede ocurrir un salto cuántico crucial ---un salto evolutivo o la muerte en una tercera guerra mundial. Para ese salto evolutivo debe crearse un gran Budacampo, el campo donde puede posibilitarse el futuro. El gran mesías Budacampo, le llama Osho, menos un lugar o una persona que un manantial de conciencia compartida generado por muchos seres humanos que tienen en común la búsqueda individual de sí mismos. Sin iglesias, en el neo gnosticismo tardomoderno. Lo que acaba llamando con urgencia, contagiosa y colectiva, una Arca de Conciencia de Noé. Este hombre argumenta que cada cual ha de salvarse a sí mismo, que tal es la única posibilidad: “Basta y sobra con ser el centro de uno mismo. Luego la propia paz se vuelve contagiosa: el silencio empieza a diseminarse y atrapa los corazones de otras personas.” Sucede de una manera natural, dice, “no es uno mismo quien lo hace.” Silencio significa apartar todo el mobiliario de la mente: pensamientos, deseos, recuerdos, fantasías, sueños, todo. “Uno contempla la existencia directamente. Uno está en contacto con la existencia sin que nada se interponga”, escribe. Desde luego no es fácil pero lograrlo es menos difícil de lo que parece. Es otro más que propone desmontar, detener, paralizar la mente y liberarla para estar, nada más. Toda esta argumentación derivó hasta acá por accidente, pues yo buscaba una prevención dicha por una princesa vidente, Francesca de Billiante de Saboya: “Que el Señor conceda a mis nietos la gracia de la perseverancia en los duros tiempos que se avecinan.” ¿Qué debo pedir para los míos? La perseverancia ha de seguir siendo la virtud básica, el estar todos los días al pie del cañón. Hasta que se acaben los días. Y allí “hálleme agradecido, no asustado” la muerte, esa transformación. Volviendo al tema de antes, una tristeza individual y profunda se apoderó de la mente colectiva: la desconfianza del mañana, su impostulable enunciado. Las histerias de la sociedad del espectáculo no bastan para desplazar dicha tristeza y desasosiego. Los jainas le llaman a la época triste-triste. El inmediatismo que se impuso es una reacción atmosférica. Si no hay mañana, sólo hay hoy. Tal vez. Lo único estable es que nada lo es. Y si nada es cierto, entonces todo está permitido, como dice el nihilismo predominante. Complicada cuestión, gótica, terminal, de super héroes y últimas horas, de mundos catastróficos e industrias del espectáculo donde se cuentan sobrevivencias épicas, opciones humanas al límite: regresar del cosmos a la tierra, sobrevivir a un ataque despiadado y a peripecias extremas, resistir en un tiempo decadente y final. Perseverancia significa mantener firmeza y constancia en la ejecución de los propósitos y en las resoluciones del ánimo. Es la duración permanente o continua de una cosa. Tiene por sentido permanecer. Aun desde las células cancerígenas de la comida basura, esa fuerza malévola que azota este tiempo histórico, lleno de plagas y perturbaciones. Su fijación y confianza representa su valor mismo: funciona porque sucede y al revés. Volviendo al tema: las certezas son una necesidad de la conciencia. Fernando Solana Olivares

SUCEDIENDO COSAS

Cada tanto tiempo hay que escribir un responso por Oaxaca, la madrastra, cuando su nombre es Xashaca y se vuelve áspera y violenta. En sentido estricto nunca la conquistamos. Fue por degradación y no por derrota como los mestizos nos impusimos en esa tierra huérfana donde Dios vino a poner las montañas que le sobraron en la creación. Un pequeño paraíso compensado por la histórica desigualdad miserable, por las profundas cicatrices todavía no cerradas, por un caldero humano cuya cocción no se mezcla, sólo va subiendo de temperatura. La lista de problemas súbitos para el país es perturbadora: conflictos con los maestros en todos lados, radicalmente en el sureste; reclamos de empresarios y ciudadanos por la Ley 3de3; reclamos de los católicos por el matrimonio igualitario y en contra del aborto; protestas de médicos de 29 estados exigiendo que no se criminalice la práctica médica, que cese la violencia del crimen organizado contra los médicos y en apoyo a la CNTE; vendedores de autos usados de Ciudad Juárez bloqueadores de un puente internacional en protesta; la CNTE cierra la carretera costera que comunica Chiapas con Guatemala y multiplica sus bloqueos en varios puntos más de Oaxaca y el país. Hay brotes de violencia y ataques, de otras refriegas como la de los nueve muertos de Nochixtlán, todos del lado del pueblo, ninguno de las policías ---y en los sótanos dícese que fue una celada, una bienvenida de Ulises Ruiz para Alejandro Murat. Se ventilan reclamos, demandas y procesos contra los paquetes de impunidad que quieren dejar vigentes los corruptos gobiernos salientes. Una crisis económica se asoma en el horizonte, si se descuenta la caída del petróleo, la depreciación del peso, los efectos locales del brexit. “Ahora ---escribe en sus noticias desde el infierno un corresponsal de prosa veloz llamado Fuenteovejuna, todos y nadie--- el desgobernador exterminador pretende limpiarse la infamia aduciendo que, de los muertos, ninguno era maestro. La villa mártir por excelencia, Nochixtlán, está más furiosa que nunca: la invasión federal le costó seis vecinos. En Juchitán reina el descontrol, pues desde hace meses el narco se enseñoreaba en sus calles (en menos de una semana hubo dos matanzas de cuatro personas cada una, más varios asesinatos individuales) y ahora los rige la revuelta. El domingo por la mañana dos periodistas fueron asesinados mientras presenciaban el saqueo de una tienda. En Salina Cruz van a hacer presidente municipal a un implicado en el asesinato del cardenal Posadas con la increíble cantidad de 170 votos (no la diferencia de votos, sino el total que obtuvo en una ciudad de diez mil almas donde sólo sufragaron menos de mil personas). Así las cosas en la ‘reserva espiritual de México’.” Dicho lo anterior, breve parte informativo del llano en llamas nacional. Se incendia el país ---acaso la falta de oficio del atribulado e impopular presidente y de su sexenio terminado antes de acabar. También la terca realidad mexicana que hace mucho se jodió. Aquello que crónicamente puede entenderse como las puestas en escena de la crucifixión que el país hace de sí mismo de tanto en tanto según el tarot que Alejandro Jodorowski pudo obtener. La sociedad civil, acompañada por forenses de diversas instituciones, exhumó en Tetelcingo, Morelos, más de 100 cadáveres de dos fosas clandestinas creadas por el gobierno. “Ponía así al desnudo ---escribe Javier Sicilia--- las profundas complicidades del Estado con el crimen organizado y las desapariciones forzadas.” Para este protagonista social, un poeta lanzado a la pista de su vida con extraordinaria rapidez y violencia, la enfermedad nacional no tiene más remedio salvo una coalición nacional independiente que tome el poder en 2018, con un programa de gobierno centrado en la “aceptación clara y sin hacer trampas” de la enfermedad nacional y en una sólida propuesta de justicia y paz ciudadana. Suena a utopía bienaventurada. Pero si no es eso, qué. Como una tabla rasa para lo inmediato. Los ingleses jóvenes consideran perjudicado su futuro por la salida de la UE y una técnica sociológica emergente de estas horas propone platicar con un desconocido: todos somos responsables de la salud mental de todos, afirman los animadores de la práctica. Sillas vacías delante de gente sonriente y atenta que está dispuesta a escuchar a cualquiera durante unos minutos. La época descompuesta y la necesidad de hablar con alguien. Quizá no de ese tema. Sólo hablar con alguien. Fernando Solana Olivares

EL PROVEEDOR DE GERUNDIOS

Según consigna la monumental biografía de Richard Ellman, a partir del mes de abril de 1908 Joyce no había logrado escribir nada más que los tres primeros capítulos del Retrato del artista adolescente, su primera novela iniciada en Dublín tres años atrás. Ahora estaba en Trieste y no avanzaba. La acechante miseria y las estrecheces financieras, la maldición bíblica de tener que ganarse el pan, el nulo reconocimiento y los desdenes editoriales, todo eso impedía que pudiera continuar hasta ese memorable desenlace narrativo que sólo alcanzaría en 1914, seis años después: “Antepasado mío, antiguo artífice, ampárame ahora y siempre con tu ayuda.” Cuando más descorazonado se sentía, él que con frecuencia conoció ese sentimiento junto con la ciega confianza en su singular destino literario ---“el hombre entristecido que canta la alegría”---, uno de sus alumnos lo contrató para recibir clases particulares de inglés. Joyce las impartía en la escuela Scuola Berlitz, razón por la cual estaba en Trieste y no en otro lugar. El alumno era Ettore Schmitz y dirigía una exitosa empresa de pintura anticorrosiva que contaba con una sucursal en Londres. Para mejorar su inglés y facilitar la comunicación con aquella sucursal, Schmitz decidió emplear tres veces por semana al proveedor de gerundios (il mercante di gerundi), como llamaba a Joyce. A las clases, que se desarrollaban en la fábrica de pintura, también asistía como alumna Livia Veneziani, esposa del empresario. En una de las sesiones Joyce leyó a los dos alumnos su narración “Los muertos”. Ella quedó tan conmovida que salió a buscar un ramo de flores y se lo entregó a Joyce. Fue entonces, estimulado por los intereses literarios de Joyce, cuando Ettore Schmitz reveló su verdadera identidad, olvidada hasta ese encuentro con el escritor irlandés, diecinueve años menor que él y de quien después diría, en una descripción impuesta como tarea por el propio maestro, que era un hombre para el cual las cosas parecían comportarse como puntos de luz. Se trataba de Italo Svevo, un seudónimo escogido para indicar su doble origen, italiano y suevo, y también para aliviar la tristeza que le producía contemplar el aislamiento de la única vocal de su apellido rodeada de seis consonantes. Con ese nombre había publicado dos novelas, Una vida y Senilidad, que ni el público ni los críticos tomaron en cuenta. ---No hay unanimidad más perfecta que la unanimidad del silencio ---dijo Svevo con amargura a Joyce, quien así lo contó a su hermano Stanislaus---. La única conclusión a la que pude llegar era que no soy un escritor. Las novelas sorprendieron muy favorablemente a Joyce. Su suave ironía poco a poco sobrecogedora, su temática a la vez trivial y extraordinaria, la doble condición de sus caracteres: la crueldad, los subterfugios y los eternos engaños de uno mismo, lo llevaron a decirle que era un escritor subvalorado desde luego, pero que aún en medio de la unanimidad del silencio, y tal vez por eso, era sobre todo un escritor. Esa tarde los dos se olvidaron de comer y caminaron animadamente desde la fábrica hasta el centro de Trieste discutiendo con pasión sobre su literatura. Svevo volvió a escribir a partir de entonces y Joyce, quien después de leer sus obras le hizo llegar las suyas, entre ellas los tres capítulos del Retrato, también salió de la inercia creativa que lo paralizaba. Las opiniones de Svevo al respecto fueron decisivas para poner en movimiento de nuevo al genio irlandés, quien creía que un verdadero artista finge ser Lucifer pero en realidad era un equivalente de Cristo. Sin embargo, las dificultades no terminaron del todo para Joyce: su temperamento y las circunstancias le impidieron durante su vida verse libre de ellas. No había podido averiguar todavía quién era el santo patrono de los hombres de letras para recordarle que existía y necesitaba de su auxilio, pues el último que ocupara ese puesto había dimitido desesperado y desde entonces nadie quería cargar con la cartera, como dijo el propio Joyce en una sardónica carta. Quizá sólo pudo saberlo hasta la madrugada del 13 de enero de 1941, cuando a los 58 años de edad murió en Zurich después de una operación a la que al principio se había negado, entre otras razones por la preocupación sobre cómo se pagaría. Una fría mañana, dos días después, su cadáver fue conducido a un cementerio que está en una colina. Un tenor cantó “Addio terra, addio cielo”. Fernando Solana Olivares

DE INAPRENDIZAJES

Aquello que resulta imposible. Nadie da lo que no tiene, nadie aprende lo que no puede, nadie conoce lo que no comprende. Por eso solía decir Paul Válery que la experiencia no connota. Se refería a aquella incapacidad constitutiva de la gente y sus sistemas de pensamiento para entender los fenómenos que suceden como una fuente empírica de enseñanza y rectificación, quizá la única posibilidad existencial de cambio y metamorfosis que la vida ofrece. Y aunque el escritor no lo afirmó literalmente, en su frase está contenida la exigencia de la atención, factor esencial para alcanzar esa experiencia que sí connota y se convierte en un saber de la conciencia, pues la atención consiste no solamente en destruir el ensueño mental, las fugas imaginadas, raíces principales del mal humano según Simone Weil, sino también en mirar la circunstancia o el hecho acontecido desde puntos de vista múltiples: mirar es entonces rodear al objeto. Los que no entienden que no entienden. Varios comentaristas han hablado del “mensaje” que los votantes enviaron a las fuerzas políticas en las recientes elecciones intermedias. La mayoría de las interpretaciones coincide en una cuestión evidente: la ciudadanía castigó la escandalosa y degradante corrupción de la casta política que malgobierna y expolia al país. La precariedad bienintencionada del razonamiento, en todo caso, es definir como mensaje a un hecho político que para serlo requiere un emisor y un destinatario, pues de otra manera no llega a establecerse como tal. Todo mensaje significa una comunicación, un acto donde algo se vuelve común, en una acción significante mucho más amplia que el socorrido y limitado modismo mediático del “compartir”. Pero la terca realidad, su rutinaria repetición patológica, ha dejado en claro que las castas políticas y sus partidos franquicia, sus partidos corporativos y sectarios, sus partidos dinásticos y patrimoniales, están orgánicamente impedidos para percibir o escuchar, no se diga representar, a la ciudadanía. Su cínico e impúdico autismo cancela toda posibilidad auténtica y objetiva para recibir cualquier mensaje electoral, sobre todo aquel que afecte su ontológica razón de ser. ¿Cuál? Sus intereses. Aunque esto suene tan generalizador y reductivo como efectivamente es, aunque tal sordera crónica signifique a corto y mediano plazo su propia afectación. La enajenación del principio de realidad, base operativa de la locura, es el inhóspito osario de la historia: The March of Folly le llama la historiadora Bárbara Tuchman a dicha insensatez autodestructiva. Así que con la pena casándrica y la negatividad del caso, pero la casta política mexicana y sus carteles electorales, legislativos y gubernamentales no entienden que no entienden cuál es el auténtico estado de las cosas. Son como el capitalismo terminal del que forman parte: incapaces de oír a los otros, incapaces de autocorrección. El dios malévolo. Sólo faltó que utilizaran el atroz crimen de odio homofóbico y terrorista perpetrado en una discoteca gay de Orlando, como sí lo hizo un político texano bíblico que luego se desdijo, o un criminal funcionario público de Jalisco que en la red social publicó un espeluznante comentario: “Lástima que fueron 50 y no 100”. Después de su cese fulminante escribió: “Perdón. Simplemente no concuerdo con la ideología (sic) gay.” No lo dicen pero lo implican: fue un castigo de dios. Un dios no solamente cruel sino también estúpidamente humano, presa de filias y fobias, dipsómano de una moral farisea. Un obsesivo maniático más que una divinidad. La matriz homofóbica de Occidente proviene de dos de los credos del tronco monoteísta abrahámico: el judaísmo y el Islam. No hay ninguna mención al respecto en el Jesús evangélico, cuyo amor compasivo fue adulterado por el dogmático engendro judeocristiano que la Iglesia construyó. Decir “Dios está conmigo y contra ti” es una blasfemia, clama el teólogo Zubiri. Pero la casta clerical mexicana, una variante igual de envilecida que la casta política de la que forma parte, afirma que los electores castigaron al PRI por la “imposición” presidencial de la iniciativa sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo. No denuncian la corrupción crónica porque ellos mismos están uncidos a “los carros de los faraones”, como Francisco recién les recordó. Tampoco hablan del crimen y del Estado criminal, de las desapariciones forzadas, de la anticristiana violación de los derechos humanos. Que se queden entonces con su mezquino dios. Fernando Solana Olivares

LAS INSTITUCIONES VENALES

Además de estúpidas. Un desplegado de la Asociación Prodefensa de la Medicina y Cultura Indígena, A. C. dirigido a Enrique Peña Nieto (Proceso 29/V/16) reclama que su gobierno, al tiempo que pretende legalizar el uso farmacológico y terapéutico de la mariguana, está preparando la publicación de un Acuerdo de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios, órgano dependiente de la Secretaría de Salud, mediante el cual quedarían prohibidas más de doscientas plantas que han sido parte ancestral de la medicina tradicional y de la cultura indígena: cola de caballo, hierba del sapo, equinácea, pasiflora, boldo, tila, fenogreco, valeriana, árnica, ajenjo, anís estrella, y muchas otras que la protesta de la APROMECI no menciona. Las autoridades sanitarias no cuentan, según ellas mismas han manifestado en diversas ocasiones a los quejosos, con personal certificado o especializado en materia de herbolaria, porque de contar con él seguramente no podrían atreverse al despropósito de su prohibición. Su tentativa infundada y unilateral ---anticientífica, en una palabra--- obedece no sólo al cretinismo burocrático sino sobre todo a los intereses de la industria químico-farmacéutica, la cual en su insaciable voracidad capitalista pretende ahora capturar aquellos segmentos curativos y terapéuticos que no están aún bajo su dominio hegemónico. No tanto por lo que representan comercialmente ahora, sin duda por el potencial que contienen, pero sobre todo porque la confiscación de las plantas y su privatización forman parte de la doctrina del shock económico neoliberal cuya agenda ha diseñado múltiples lógicas de intervención del capitalismo financiero global dominado por la ansiosa compulsión del cortoplacismo y la patológica usura de la máxima rentabilidad. Para ello utiliza a las instituciones gubernamentales encargadas de las desregulaciones (o de las sobreregulaciones) legales que favorecen los intereses de las entidades supranacionales, instituciones responsables también de los desmantelamientos y despojos civilizacionales perpetrados en las privatizaciones, así como de la disminución del gasto público sobre obligaciones sociales antes sustantivas de los Estados nacionales. Algo parecido a lo que ahora intenta lograrse contra las plantas medicinales ocurrió con el cannabis cuando a principios de 1930 Harry J. Aslinger, comisario de narcóticos estadounidense de entonces, produjo una histeria pública contra esa sustancia. Terence McKenna señala que Aslinger pudo haber actuado al servicio de las compañías químicas y petroquímicas interesadas en eliminar el cáñamo como competidor en las áreas de lubricantes, comida, plásticos y fibras. Auxiliado por la prensa amarillista, Aslinger logró caracterizar el cannabis, llamado insistentemente “marijuana” para vincularlo a un subproletariado moreno y latino del que había que desconfiar, como “la hierba de la muerte”. La ciencia nunca detalló sus objeciones al uso de esa sustancia. Y una vez más los fondos gubernamentales para la investigación hicieron cierto aquello de que “el César sólo debe oír lo que place al César”. O el capital lo que place al capital. Así avanza entre nosotros esta política orwelliana del pensamiento único y el saber confiscado que ha logrado ocultar o pervertir amplias zonas de la realidad, entre otras las del reino vegetal y su alianza cognitiva con la especie humana. Entonces la burocracia corrupta decide súbitamente que las plantas milenarias de la farmacopea son un riesgo para la salud del cual ella nos debe proteger. De la heroica guerra contra las drogas a la intrépida guerra contra la herbolaria indígena. Su irracionalidad reside en el hecho de ser producto de una voluntad particular, la del capitalismo y sus intereses, y no de una voluntad general, mancomunada, libre y consciente de sí misma. La monocultura del saber impuesta por el neoliberalismo terminal cancela la ecología de saberes múltiples propia de lo humano, las plantas medicinales entre ellos. Y los recortes de realidad que produce, recortes del pensamiento, deben ser aceptados. A ver quién diablos les hace caso. Cada vez más se vuelve demasiado. Habrá un día cuando los durmientes mexicanos despertemos contra este sistema político autista, contrario al interés colectivo, al bien común. Entre tanto surgen nuevos negocios para los emprendedores: la prima de riesgo de la prohibición. “¿Tiene anís estrella? ¿A cómo el carrujo?” Fernando Solana Olivares

TARDE DE VÍSPERAS

Para Laura. La intensidad de aquella tarde era de otro orden y el conferencista prefirió darle el nombre de tensión. Hablaba ante un público indiferente, como si fuera una ocasión donde algo tiene que decirse porque algo tiene que oírse y ninguna de las dos acciones importa gran cosa. De pronto, en un giro cuya sutileza pasó inadvertida aunque no así sus consecuencias, el conferencista dejó de ser lo que era y se convirtió en lo que podría ser. Hizo a un lado los apuntes que venía consultando con morosa torpeza y su verbo se tornó magnético y hasta brillante, lleno de fuerza y precisión. Quizá entonces fue que algo comenzó a hablar a través suyo, pues más tarde, cuando se le preguntó sobre el tema de su plática, dijo no saberlo bien. Hubo entre el público quien después creyera que esa tarde una extraña operación se había cumplido: el habla nos habla, como diría el filósofo terminal; otra forma de enunciar que somos amanuenses de un espíritu que se manifiesta como lenguaje. Entre las cosas que el hombre dijo, cuyos rasgos generales quedarán en la memoria de los oyentes dispersos en fragmentos y girones porque el recuerdo humano no suma sino resta, no acumula sino desagrega, confesó ser culpable con las golondrinas. No con todas, precisó, sino solamente con aquellas que porfiaban en hacer sus nidos encima de la puerta de su casa. Fue cuando habló de Nuestra Señora de las Golondrinas y contó la historia de una mujer cautiva y torturada que sería sustraída de sus crueles verdugos por una parvada luminosa de esas aves quienes azules como acero y ligeras como el viento la transportaron al cielo. “Soy narrado, soy narrador, soy narrativa. Espacio-mezcla: una aleación. ¿Qué soy? ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? Tropo fantástico: el lugar donde siempre llueve. La afirmación que vuelve eterno (fantástico) aquello que se dice”. Para esas alturas de la charla, soliloquio, conferencia o lo que fuera, el sentido de lo dicho había estallado. El público parecía electrizado y el orador también. Un efecto visual contribuyó a tal clima portentoso aunque discreto, tan común y corriente como excepcional. “¿Ustedes creen en fantasmas?”, preguntó el hombre a la absorta audiencia. “Yo tampoco”, contestó sin esperar la respuesta. Y desapareció. Acaso fue un juego de sombras inesperado o tal vez un súbito deslumbramiento producido por el crepúsculo que afuera de la sala de conferencias ya tendía su manto impenetrable, pero la desaparición causó una exclamación de sorpresa entre los asistentes, la cual quedó sofocada cuando las luces de la sala fueron prendidas y vieron que el conferenciante seguía allí. Varios asistentes salieron persuadidos de que aquello había ocurrido, que un portal de múltiples dimensiones había guiñado el ojo. El hombre no supo explicar a continuación, mientras el asombro era entre la audiencia, si las hadas más favorables pulularon alrededor de su cuna, pero enumeró algunos de sus defectos como involuntarias virtudes: “Sagrado descontento”, afirmó. Y luego citó a un poeta, Cristóbal Plantin, si el relator de esa tarde lo anotó bien: “Tener un hogar limpio, de gustos bien sencillos, / un huerto que dé frutos y un pequeño vergel; / buen vino, poco lujo, unos cuantos hijos, / y en silencio y a solas, una mujer fiel. / Ni deudas, ni amoríos, ni tratos con los pillos, / nada que repartir en timbrado papel; / contentarse con poco, no ambicionar los brillos, / y llevar con donaire la espina y el laurel. / Vivir abiertamente, sin ambición bastarda, / cumplir sin reticencias la propia obligación, / refrenar las pasiones hasta rendirlas todas, / tener libre el espíritu y el pensamiento fuerte, / y alentando una fe que circunde la sien, / esperar en casa, sin temores, la muerte fiel.” El hombre quedó en silencio, como si estuviera vacío pero también pleno. Ninguno de los asistentes aplaudió y fueron saliendo de la sala en un noble silencio. Al encontrarse con la noche se dispersaron. Quizá un tímido sentimiento se había radicado: el mundo y su prodigiosa arquitectura, su inabarcable condición. Del conferencista algo se supo después, cuando mencionó que no sabía de qué había hablado ni quería saber. Nadie más volvió a escucharlo. Así de despropositada es la cosa: el juego nos juega, la vida nos vive, el habla nos habla, la muerte nos mata. Fernando Solana Olivares

LA REGIÓN ERRABUNDA

Empleando aquellos “métodos indirectos” propuestos por Kierkegaard ---traducción, exégesis, comentarios aforísticos, notas de lectura, reflexiones fragmentarias, citas ajenas vueltas propias, un género ensayístico en sí mismo conocido antiguamente como “centón”, que sigue practicándose pero ahora sin comillas y en general sin aludir a las fuentes de donde provienen los decires de tantos---, Giorgio Colli levantó una catedral de pensamiento propio sumergida o camuflada, como le llama Eugenio Trías, a partir del trato con otros filósofos y poetas: los presocráticos, los griegos, Spinoza, Schopenhauer, Nietzsche, Goethe, Hölderlin, etcétera. Como algunos, siempre los menos, Colli se dispuso a reconsiderar nuestro presente volviendo a mirar el pasado, aquel origen griego milenario cuando se fundaron las formas culturales que derivarían en la modernidad y su excrecencia última, la posmodernidad. No otra cosa es lo que hemos llamado originalidad: volver al origen. En su obra póstuma El libro de nuestra crisis (una selección en español de La ragione errabonda), Colli recupera el problema de la grandeza de ánimo humana para situarla a la manera de la definición aristotélica: no estar dispuestos a sufrir (o a tolerar, como también tradujo) la arrogancia del prójimo. Tal actitud debe entenderse sobre todo como una conducta interior. La paradójica expresión de esa conducta es aquella norma taoísta de ceder para permanecer intacto, aunque dicha cesión parezca implicar la aceptación de lo que se rechaza. Dice Colli que esa arrogancia ---una expansión violenta del otro, incluidos el Estado o el poder--- ha de contrarrestarse mediante el control que la grandeza ejerce sobre la violencia personal, la cual entonces no se emplea en forma irreflexiva y homicida sino replegando la propia potencia en sí misma, haciéndola contenida y silenciosa. Hay ecos aquí de la ética budista que enseña el autocontrol, el autodominio, la autoprotección como únicos medios capaces de proteger a los demás de uno mismo. Aunque esta virtud corre el riesgo de “colorearse” de renuncia, Colli menciona otra definición aristotélica de la grandeza: el permanecer indiferente a la buena o mala fortuna. Esa indiferencia, sin embargo, no es una parálisis, ni siquiera un desánimo, sino principalmente una sabia distancia íntima ante lo episódico y relativo del existir. Nunca como ahora, dada la creciente oscuridad de nuestra época, su tono terminal y catastrófico, sus límites conceptuales y su crisis civilizacional, parece convertirse en necesaria esa indiferencia ante lo inmediato como un ánimo vital determinante para la voluntad humana, y aun para la comprensión de lo que ocurre. Empero, tampoco debiera significar un nihilismo, como el hoy absolutamente predominante, sino una doble operación cognitiva definida por los textos hindúes según el legendario consejo de Shiva a Arjuna en el Bhagavad Gita: combate como si el combate tuviera sentido, vive como si la vida tuviera sentido. En ese “como si” queda radicada la verdadera sabiduría: el mundo es y no es, está y no está, pero es desde él mismo en su dualidad donde surge la manifestación de una verdad trascendente, contingente y no. El gran teatro del mundo debe entonces asumirse como inevitable/evitable, necesario/inútil, y sin conocer ni el sentido general del drama dentro del cual cada quien desempeña un papel, ni las acciones previstas para nuestro personaje, la única salvación posible es alzarse por encima de ello. ¿De qué manera? Cumpliendo el papel lo mejor posible, sabiendo que es circunstancial, episódico y temporal. No lo dice así Giorgio Colli pero lo implica: no vivimos la vida, la vida nos vive. Y escribe que la grandeza reconduce el sujeto al interior del individuo. “No al sujeto del conocimiento, o no sólo a éste, sino al fulcro interior de la vida.” Ese punto de apoyo queda situado no afuera sino profundamente adentro del ser. En esta convicción reside otra manera de entender el lógos griego, ya no como aquel concepto moderno e ilustrado de “razón” característico del pensamiento occidental, hoy en crisis terminal, sino a un modelo estoico, participante y no excluyente, que deberá abordarse en artículos posteriores. La verdadera filosofía, propondrá Colli, consiste en eliminar toda perspectiva histórica: el ser humano, con todas sus mutaciones y desastres, no es más que una apariencia de lo inmutable. Fernando Solana Olivares

Friday, May 20, 2016

UN SILENCIO RESONANTE

El 8 de enero de 1993 cayó en viernes, día dedicado a Venus, que aparece en el cielo alternativamente como estrella matutina y vespertina, representando un símbolo de muerte y renacimiento. Entonces el poeta y artista visual Pedro Casariego Córdoba (Madrid, 1955-1993) fue “mordido por un tren hambriento” ---según había escrito tiempo atrás en la premonitoria línea de uno de sus poemas--- al paso del cual se arrojó. Aún no cumplía treinta y ocho años. En un conmovedor y lacónico texto a modo de epitafio, Elogio de lo raro, su padre consignó: “Yo tuve un hijo raro. Sus virtudes poderosas, honestidad, estoicismo, austeridad, clarividencia, nos sirvieron de ejemplo y marcaron a fuego a la familia, que se hizo mejor. También nos produjo desasosiego.” Advertía en él que lo raro es lo que se distingue de todo lo demás, cuya cima se pierde entre las nubes y mediante su tensión creadora echa a andar el Universo. Tiempo antes de aquel viernes fatal, en 1986, Pedro Casariego dio por finalizada su tarea literaria con dos obras: Dra, sorprendente y “raro” poema narrativo (“Un dedo de cristal / persigue aviones / por un aire muy lento”), propio de la poderosa extrañeza inusual que caracteriza toda su escritura (“poeta de culto, inclasificable e inclasificado”), y un diálogo en prosa de título revelador de acuerdo con la crítica: Qué más da. Ese año cerró para siempre su máquina de escribir y en adelante sólo redactaría a mano unos pocos poemas posteriores y un cuento para su hija, Pernambuco, el elefante blanco, su obra postrera. Sin embargo seguiría pintando y dibujando hasta sus últimos días. Descrito como un ser singular por quienes lo conocieron, tanto como sus obras, Casariego era portador de una aflicción profunda, de “un dolor inagotable”, pero al mismo tiempo poseía “sentido del humor, ternura y una visión inflexible y penetrante de las cosas”, escribe Esther Ramón en la Introducción a sus Poemas encadenados (Seix Barral, 2003). Gran parte de su vida la pasó encerrado en la casa de su familia, cultivando unas cuantas amistades, escribiendo y pintando. Se casó y tuvo una única hija, a quien dio de regalo de Reyes el último de sus textos. El resonante silencio lírico después de casi quince años de ejercicio fue una acción consecuente con la tajante declaración de su Manifiesto poético, donde estableció que “no se escribe una obra literaria: se incurre en una obra literaria” y que “el verdadero artista no condesciende jamás a engendrar un libro, una música, un cuadro”. Por fortuna para sus asombrados lectores, Casariego “incurrió” reiteradamente, observa Ángel González, en la práctica de la literatura, la cual no significaba el alcance de ningún logro sino sobre todo la manifestación de una debilidad, porque el artista verdadero es el artista interior, ese que no crea nada externo sino algo interno. Hay ecos gnósticos en tal mirada radical, cercanos a la crítica hacia una divinidad que al crear el cosmos y sus criaturas no muestra un poder absoluto y autosuficiente sino la demiúrgica y sospechosa debilidad de requerir una manifestación. En todo caso el silencio creativo de Casariego recuerda otras acciones similares: la quietud poética de Rimbaud en su viaje a África después de dos relámpagos creativos, la renuncia de Juan Rulfo luego de obtener lo mismo, el abandono dramatúrgico de Shakespeare al cabo de una obra inagotable, y aun el sacrificio de una brillante página recién escrita hecho por Eugenio d’Ors (“el sacrificio es la ley de la expresión”) cada noche de año nuevo. Algunos reverenciarán la ceremonia y grave melancolía de este sacrificio. La risa de Dios, un largo poema trenzado a su modo, narrativo, no personal pero inmensamente íntimo, inicia diciendo: “Nuestras palabras / nos impiden hablar.” Concluye con un lapidario lamento: “Mi angustia / es el eco / de la risa de Dios”. Paul Celan se arrojó al Sena y Pedro Casariego al hambre de un tren. Acaso en ese instante se cumplió otra de sus profecías: “Si quemas mi tristeza con tu risa / te enamorarás de mí / y dejaré de subir / tantos montes de amargura”. Había hecho acto de contrición trece años antes para una divinidad ocupada, como dijo entonces, en comer las sobras de la Última Cena: “oh Dios perdónanos: / tu belleza es un bosque / y cuando hablamos de ella / nuestras palabras lo talan sin querer.” Donde ahora esté habrá despertado: “te escribo para decirte / que no quiero decirte nada”. Fernando Solana Olivares

Tuesday, May 17, 2016

SHAKESPEARE INAGOTABLE / y II

Nosotros, asentó Shakespeare, sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser. De ahí que la tragedia escrita y escenificada contenga la manifestación de aquella condición potencial y múltiple que caracteriza a cualquiera, aun en estos tiempos globales de pensamiento único y mentes uniformadas, aun ahora. Una teoría propone tres niveles de relación entre el espectador y la representación trágica: la distancia indiferente, la identificación imaginaria o el arrebato. El primero obedece tanto a la falta de sensibilidad del espectador como a su incapacidad para colapsar temporalmente la incredulidad, ese realismo lógico determinado por la “verosimilitud” de los efectos especiales de la imagen, empobrecedora y única pedagogía de los homos videns posmodernos que han aprendido a mirar antes que a abstraer, imaginar y comprender. El segundo nivel responde al hecho estético como tal: siempre un espejo donde el espectador se observa a sí mismo en los otros y en lo otro y así se multiplica. El tercero es propiedad insólita de Shakespeare (y acaso de muy escasos genios más). Harold Bloom admite tal arrebato inevitable al enfatizar de nuevo algo que el propio Hamlet señalaría: “We have a smak of Hamlet ourselves” (“Nosotros mismos olemos un poco a Hamlet”). Si se pasa por alto aquel “un poco”, pequeño guiño de modestia del autor, el efecto queda concluido: sus personajes, caracteres excepcionales y proteicos, bajan del escenario o emergen de la página y nos ocupan, toman posesión, se apoderan de nosotros. Hoy nos acordamos de Ben Jonson, el dramaturgo amigo y rival de Shakespeare, no por su obra sino por su peregrina desautorización (equivalente al menosprecio que sufrió la obra de Cervantes por sus contemporáneos) cuando afirmó que el autor de Macbeth era hombre de pocas letras, que sabía nada de griego y muy poco latín. El ignorante desprecio del escritor con formación académica, del scholar investido por el título pero no autorizado por el talento, de quien sólo es algo antes de poder ser alguien. Casi siempre la crítica (y ahora el mercado, su sacrosanto reemplazo) queda paralizada ante el genio y la obra canónica compuesta de profunda e incomprendida extrañeza, de enorme y sorprendente belleza que en el caso de Shakespeare es mucho más que una virtud estética para convertirse en un fenómeno metafísico-moral, en un llamamiento (un arrebato) existencial compuesto por aquella verdad superior que ninguna ciencia o técnica, ningún algoritmo o aplicación podrían enseñar: la del incremento del ser. Hamlet, siempre Hamlet. No el complejo de Edipo como constante unificada de la conciencia humana sino el dilema esencial de Hamlet: inclinarse, elegir, decidir. Cioran comienza Desgarradura contando una leyenda de inspiración gnóstica. En el cielo se libró una feroz batalla entre ángeles en la que los partidarios de Miguel vencieron a los partidarios del Dragón. Los indecisos que no tomaron partido fueron “relegados” en la tierra, castigo consistente en tener que llevar a cabo aquí la elección que no habían hecho allá. Desde entonces los seres humanos, sus descendientes, estarían ontológicamente obligados a optar, condenados al acto, a ser o no ser, estar o no estar, ir o no ir, hacer o no hacer. Todos vueltos Hamlet. La provocadora hipótesis de Bloom respecto a que el verdadero padre del psicoanálisis no es Freud, meramente su mitógrafo, sino Shakespeare, cuya obra produce pasmo (admiración y asombro extremados que dejan en suspenso la razón y el discurso), cobra sentido cuando se observa que sus personajes literarios, quienes antes no solían variar mucho sino sobre todo sufrir peripecias, envejecer y morir, esta vez cambian porque su relación es propia de lo humano moderno: se conciben de nuevo a sí mismos. En lugar de tener solamente vivencias, comenzarán a ser determinados por sus experiencias. Ya no se despliegan en el tiempo espacio de la ficción, observa Bloom, ahora se desarrollan. Al existir así nos inquieren, nos representan, nos explican. Y Hamlet antes que los demás, aunque todos ellos también estén (también sean) en nosotros. Hamlet simboliza la tragedia de la conciencia obligada a diagnosticar e intentar curar la enfermedad de la existencia. Nietzsche lo consideró como a un médico de la cultura, pues de tal modo definía la tarea epistemológica de ser, pensar y actuar. Aunque esto pertenezca a la inclemente y maravillosa aflicción del estar vivo. Fernando Solana Olivares