Friday, July 14, 2017

MENTE PLENA Y ATENTA

El neuropsicólogo Álvaro Bilbao ha tomado un término hindú para definir el estilo de atención actual que lleva a la mente a saltar de una cosa a otra, en un ir y venir permanente donde se interrumpe a sí misma y a los demás: monkeymind. La mente es un mono, dice la enseñanza tradicional, que va de un objeto mental a otro como el mono va de rama en rama. Si no tiene objetos para desplazarse los inventa. Los científicos hablan del “yo vertical” que exige la lectura, contra el “yo difuso” que embebido se hunde en la pantalla. Una excelente nota de Joseba Elola (El País, 25.06.17), “La era de las mentes dispersas”, congrega opiniones autorizadas sobre el tema, una plaga de descerebramiento colectivo según muchos, o un nuevo horizonte conceptual dicen otros. La profesora Gloria Mark compara la compulsiva tendencia a checar el teléfono ---entre 80 y 110 veces al día, dice el periodista de acuerdo a estudios--- con la búsqueda de una gratificación. La expectativa de la misma es suficiente para volver una y otra vez a buscarla. La última no muy conseguida novela de Aldous Huxley, La isla, pone en escena unos pájaros cuya función es repetir a todas horas una sola consigna: “Atención, atención”. El budismo zen afirma que todos los problemas son por falta de atención. Y la profesora Mark completa esta idea: mientras más neurótica e impulsiva es una persona menor es su capacidad de concentración. Hace no mucho Ginsberg escribió que había visto a las mejores mentes de su generación destruidas por las drogas, luego tuvimos que decir: destruidas por el poder y el dinero. Ahora escasamente diremos: destruidas por el teléfono inteligente para usuarios embrujados (el término es de Heidegger respecto a la tecnología). La filósofa Simone Weil va más allá de todo esto para afirmar que la raíz del mal es el ensueño, y que todo ensueño es un acto de desatención. En la atención ella contempla un esfuerzo moral sostenido, una virtud mediante la cual cada quien cuida mentalmente de sí mismo y así cuida a todos los demás (esta es una fórmula del budismo antiguo). Para ella, esa virgen roja, la mente errante es una mente infeliz. La atención representa el soporte y el vehículo para alcanzar estados de felicidad. El viejo I Ching advierte que los pensamientos del hombre noble no van más allá de su situación. Concentrarse es estar en la situación. Byung-Chul Han recicla con brillantez lacónica la imagen de la desaparición de los umbrales en el mundo actual: las distinciones entre ahí y aquí, invisible y visible, conocido y desconocido, inhóspito y familiar. De ahí la visibilidad total y la disponibilidad absoluta en el mundo actual. El mundo de la red, escribe este pensador, no tiene historia, es un “tiempo-ahora” que va de una cosa a otra y sin duración, un veloz encadenamiento de fragmentos que impide cualquier demora contemplativa, cualquier atención sostenida, la única que hay. El arcaísmo al que suenan términos como verdad y conocimiento consiste en que remiten a la duración. Nada dura, salvo la desatención, calculada en ocho, nueve segundos para que aparezca en el televidente cada vez. Una hipótesis hermenéutica avanzada propone que la caída contada por el Génesis alude a la pérdida de la atención, del nivel mental unificado que debió caracterizar alguna vez a los seres humanos. Kafka cuenta que los hombres fueron expulsados del paraíso por impacientes, y que no pueden volver a él por lo mismo. Impaciencia=desatención. Lo paradójico del tema es que el desarrollo de la atención es casi democráticamente accesible, y cualquiera puede practicar todos los días el desarrollo de la atención y la concentración ---funciones asociadas--- poniendo al cuerpo en una posición fija determinada y atendiendo la entrada y la salida del flujo respiratorio más las percepciones, las sensaciones y los pensamientos. Doctrina de la aparición simultánea modificada: cuando se extiende el entretenimiento desatento de la mente masiva, muchos se entrenan en cultivar la atención plena en el momento presente, una psicofisiología de la atención. Es un nuevo capital social que definirá abruptamente a las personas: serán los dormidos y los despiertos de los gnósticos. En eso consiste la resistencia tardomoderna de la aristocracia del espíritu, accesible a cualquiera que la practique. Junto con la lectura, es el superpoder que nos queda. La mente está en calma cuando está atenta. Dice el gatta meditativo que entonces todas las cosas lo son. Fernando Solana Olivares

Friday, July 07, 2017

SUPRIMIR LA MEMORIA

O reducirla, como un paso más para su desaparición. El neoliberalismo se funda en el olvido de lo anterior y de lo distinto. Y todo aquello que es distinto lo es porque se establece en la memoria, esa acumulación del tiempo que provee de origen y pertenencia. La conciencia sin memoria no es conciencia. El homo sapiens se construyó desde un pasado que solamente se conoce en el momento temporal donde el individuo está, así el presente personal y colectivo se enriquece, vivifica la tradición cultural (la memoria) de la que proviene, la convierte en un contenido concreto y con ella logra vislumbrar el tiempo futuro. De la nada sale nada, de la desmemoria también. La visión tecnocrática educativa del pensamiento único avanza para establecer esa condición postmexicana que propone Roger Bartra como una característica de lo actual. En ella se han evaporado (o “eficientado”) contenidos curriculares de la enseñanza de la historia patria en primaria. Y aunque es parcialmente cierto que la palabra patria es parte de aquella reserva de signos cuya época de validez principal ha terminado (Sloterdijk), la construcción de la identidad personal y pública todavía requiere conocer los procesos del pasado común, colectivo, aquel que a pesar de las intencionadas amnesias neoliberales sigue determinando instituciones, estructuras y mentalidades postmexicanas. La prensa informó recientemente (Laura Poy Solano, La Jornada) que el estudio de las culturas precolombinas, de la Conquista y de la formación del mundo moderno son contenidos “reducidos” para lograr un aprendizaje “más profundo” de los alumnos de primaria y secundaria, según el inconvincente y fútil secretario de Educación Pública. La Conquista se limitará a la revisión superficial de la caída de México-Tenochtitlán, y el estudio del periodo de la Colonia, con su profunda riqueza cultural y sus todavía vigentes desigualdades sociales, también quedará cancelado. Es de suponer que tampoco la Independencia y el proceso de construcción de la identidad nacional en el siglo diecinueve, un periodo histórico esencial para la vida democrática y la soberanía nacional, serán enseñados en clase. De la misma manera, la complejidad política, económica y social de la Revolución Mexicana, sus tantas reivindicaciones pendientes, sus orígenes porfiristas, las luchas sociales que le dieron origen, su esquizofrénica institucionalidad revolucionaria posterior, el priísmo hegemónico, la nacionalización petrolera, el 68, nada de eso será conocido por los niños mexicanos. Nunca sabrán, por ejemplo, que desde la mesa de redacción de El Siglo XIX Francisco Zarco, benemérito de la patria, escribió que la igualdad sería la ley de la República, el único mérito las virtudes, la manifestación del pensamiento libre, los negocios del Estado examinados por los ciudadanos, todo ello a partir de la inviolabilidad de la vida humana y de la libertad general. No sabrán que este programa político está enunciado desde entonces y pendiente de convertirse alguna vez en realidad. La reducción curricular neoliberal para “profundizar” el aprendizaje es una operación ideológica que pretende evaporar los referentes comunes e históricamente distintos para reiterar la monocultura actual. El pensamiento único existirá en tanto pueda impedir la consideración de cualquier otro modelo civilizacional. La tecnocracia educativa privilegia las metodologías porque las convierte en contenidos en sí. Lo mismo que la tecnología, que no es un medio sino un fin, los proyectos educativos neoliberales son impuestos por la globalización como innovación y progreso. Ignorar el pasado es un progreso. El secretario de Educación Pública repite donde puede el mantra “aprender a aprender” como beneficio de su reforma. Es dudoso que haya leído el libro del maestro sufí contemporáneo Idries Shah llamado igual. En él este gran pedagogo afirma que el conocimiento de sí mismo implica un conocimiento de la forma de pensar de nuestra sociedad: “Viéndose a sí mismo con ojos ajenos”. Las nuevas generaciones no se conocerán a sí mismas porque ignorarán las formas de pensar de la sociedad actual y de las anteriores que le dieron origen. Entre las formas de resistencia ante la desarticulación que el pensamiento único provoca estará la enseñanza de la historia nacional a nuestros niños para lograr nuevas perspectivas, no de una identidad fija imaginaria sino de una pertenencia común concreta: este país, nuestra casa. Fernando Solana Olivares

Friday, June 30, 2017

AQUELLA IMPROPIA CORBATA

Él se ve pequeño en la fotografía al lado del rey, a quien mira alzando la vista con una mezcla de curiosidad infantil, sorna picaresca y diversión intelectual. Lleva una corbata verde a rayas, la única que poseía, más propia para dar un paseo en la tarde y no para recibir el Premio Cervantes, del cual antes había malhablado y ahora le entregaban. Avatares del destino, necesidad con cara de hereje, nunca digas no. En su discurso de recepción del 23 de abril de 2015, Juan Goytisolo preguntó cuántos de sus lectores conocieron las penurias económicas de Cervantes, sus fracasos, su encarcelamiento por deudas, su vida dura en barrios de mala fama con esposa, hija, hermana y sobrina, en “los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad”. La mención de Goytisolo entonces quizá tendría tres sentidos: hacerle justicia a Cervantes reclamándolo como su legítimo predecesor, aludir de manera elegante e hiperbólica a las razones de necesidad para justificar su aceptación del premio, reiterar de nuevo que la literatura poderosa se hace en los márgenes, a contrapelo de las corrientes dominantes. De ahí proviene su atrevimiento literario mayor: aquel atrevido “salto al abismo”, como le llama Danubio Torres Fierro, donde Goytisolo dejó la narrativa convencional de su época, novelas más o menos realistas, sicológicas, de tesis, para incurrir en obras donde se trastocan todas las convenciones y preceptivas literarias, suceden cambios de tiempo y puntos de vista narrativos, situaciones abiertas que están en modificación constante, y las fronteras entre lo fantástico y lo real, lo racional y lo irracional se desvanecen. Esta transformación significa para Mario Vargas Llosa un contagio con las “disecantes” teorías literarias de Ronald Barthes y otros teóricos, enfermedad que lo llevó a ese cambio de forma y contenido donde produjo “una prosa rebuscada y litúrgica, de largas sentencias y estructuras gaseosas”. Vargas Llosa, maestro de la forma conocida y de la narración directa, reprueba aquella literatura de “libros imposibles” hecha por Goytisolo, explorador de la forma como otra variante literaria para apropiarse de la única dimensión permitida del escritor: el lenguaje. Él la considera un camino equivocado. El erizo, que sabe una cosa grande, versus la zorra, que sabe muchas pequeñas. El exitoso marqués cuenta en “Ese pertinaz don Juan” (El País, 18-5-17) que dichos libros de historias inciertas, pretextos según él para una retórica sin vida, quedarán en el recuerdo “de las imprecaciones contra España”. Salva, en cambio, los reportajes y libros de viaje y dos novelas del autor, a quien veía idéntico a sí mismo al paso de los años: belicoso, disonante y arbitrario. Se comprende que el notable y desigual (como todos, a excepción de Homero, Rulfo, Lampedusa) novelista peruano, ahíto de éxito políticamente correcto y frívolo ascenso social, no pueda comprender a alguien que practicó la literatura y vivió su vida como una subversión de categorías y una resistencia, como un empeño por comprender, no por tener. La vía del heterodoxo haciendo pequeñas concesiones necesarias para asegurar el futuro de lo que llamaba su tribu, su familia marroquí compuesta por su compañero, sus tres sobrinos a quienes dio carrera universitaria, sus cuñados, viviendo todos en el antiguo hostal comprado por el escritor en Marrakech años atrás. En un orden goytisoliano de concordancia con esto (“sólo relaciona”) llega un mail de Eduardo Subirats donde hace saber a sus amigos que hallándose absorto en la expresión pura e infinita del lago Titikaka se enteró de la muerte del escritor. El resultado es un texto de homenaje que envía porque no tiene donde publicarlo. En él escribe que el destino del intelectual ha sido y es el exilio. Un intelectual vinculado al esclarecimiento filosófico, poético, artístico y político, comprometido con la búsqueda de la verdad y la comunicación de los alcances de esa voluntad de verdad. Un exilio sin retorno, como fue el de Goytisolo, en estos “tiempos de silencio” impuestos globalmente. Más allá de ello, Subirats concluye que su obra sólo puede comprenderse desde la tradición de reforma de la memoria y de resistencia simbólica y política, núcleo espiritual de la gran literatura hispanoamericana del siglo veinte. “Tan sólo alumbra aquel que arde”, dice una línea poética de Goytisolo. Cervantes ardió. Goytisolo también. Obra cumplida, vida cumplida. No se puede hacer más. Fernando Solana Olivares

Friday, June 23, 2017

CRAKANIA/II

El ruido lo domina todo. Cioran lo pudo ver hace años: tárdese uno o diez siglos más, esta civilización está terminada. El tiempo histórico es un tiempo tan tenso que da la impresión de estar quebrándose a cada instante. El camión de dos pisos entra a la ciudad de los adjetivos de magnitud creciente, de las sumas descomunales, y en un milagro de apretada relojería, que todavía suceden en la cosmópolis mega concentrada, ingresa de la periferia al centro sin contratiempo alguno. Y el ruido es perenne, omnipresente. Un tópico que se trata en la ruidosa fiesta infantil donde se encuentran parientes y conocidos, rodeados de un vértigo incesante que va y viene en ráfagas de energía de más de treinta niños. El sitio de la fiesta dominical es un estudio de artista en la colonia Obrera. Un salón rectangular y grande de techos bajos en el cual los infantes retozan, brincan y sufren percances que los entretienen en un castillo inflable donde se hace la fiesta. Los encuentros entre gente que no se ha visto en cierto tiempo son extraños y adquieren distintos tonos de tensión. La misantropía no llega a tanto como para atender al griego: “¿Vas con hombres? Regresarás disminuido”, pero es difícil resolver el consabido dilema de los erizos que se presenta en las relaciones humanas: muy juntos nos pinchamos, apartados nos enfriamos. Una pequeña y divertida obra de teatro arrebata la tarde y se quiebra una piñata, siguiendo el ritual. Comienza la procesión salvaje un pequeño de tres o cuatro años que la zarandea con enjundia. Y alguien comenta en la reunión que las costumbres de la tribu no se cambian y que, aunque se hayan muerto nuestras virtudes, debemos de seguir cumpliendo con los ritos. Esto viene a cuento por una piñata fake, políticamente correcta, a la que hay que jalar un hilo para que entregue su tesoro, ahora de moda en el mercado pedagógico de la anti violencia farisea. No, las piñatas se tunden. Si no, no son piñatas. Cumplido el vínculo de las descendencias: abuelos presentes en las fiestas de los nietos, el camión despega para adentrarse en Rulfiana. Y en el centro de autobuses hacia cualquier parte uno de los pocos puestos de periódicos y revistas que aún sobrevive en la sociedad digital vende el libro Narcoperiodismo del recientemente asesinado Javier Valdez Cárdenas, una atroz lectura para el regreso. Tomó cuarenta años llegar a estos niveles de crucifixión mexicana, cuarenta años más tomará para salir de ellos, si es que lo logramos alguna vez. Seguirán contándose las víctimas y las visiones distópicas sucediéndose. Como se comentó en la fiesta infantil, sólo las catástrofes cambian las culturas. Cuán costosa se muestra ésta, acotó alguien, y ninguno lo pudo contradecir. Viaje de regreso con imágenes pertinaces que se condensan en esto: violencia. La violencia simbólica que rodea servicios, traslados, revisiones, productos, consumos, deseos. Algo como una irritación difusa entre la gente que vive en estado de alerta ante los otros. Quizá irremediablemente rota la idea del bien común. ¿Cómo se mide la decadencia? ¿Qué es peor: Sodoma y Gomorra o el universo orwelliano o las dos cosas a la vez? Con toda su proteica multiplicidad, la cosmópolis mexicana contiene vidas innumerables y en ella se tramita e intercambia a cada instante eso que llamamos realidad. Los escenarios se desdoblan sin pausa y con muchas prisas y la violencia es transversal, al modo de una atmósfera que todo lo gobierna. El ruido es parte principal de ella. La teoría de la novela propone la sabiduría de la incertidumbre como la ruta principal para entender y sobrevivir en nuestros días. “Nada nos enmienda de nada”, escribe Cioran. La ambición subsiste hasta el último aliento, “incluso si el orbe estuviese a punto de estallar en pedazos”. Como este ambicioso y nihilista capitalismo terminal. Todo fin de un mundo es el fin de una ilusión. Es posible que la edad proporcione distintos lentes para ver las cosas. Y es posible que toda percepción no sea otra cosa que una proyección dirigida: se ve en el mundo lo que se proyecta en él. La mitología sumeria afirma que el diluvio fue el castigo que los dioses infligieron al hombre a causa del ruido que hacía. ¿Cuál será el castigo por los aquelarres de ahora? Vivir el mundo sin posibilidad de amar sus miserias: el ruido, una principal. Por eso dirá el pensador rumano que el hombre es inaceptable. Cuando todo hace crack. Fernando Solana Olivares

Friday, June 16, 2017

CRAKANIA/I

Comedidos funcionarios electorales convocan a las fuerzas vivas de la región para dialogar en una mesa distrital. Todo es parte de la Estrategia Nacional de Cultura Cívica 2017-2023 del Instituto Nacional Electoral. Hoy que están de moda los conversatorios, se celebra uno más. La imagen sloterdjikiana flota sobre los asistentes sin que ellos lo sepan: angustiosas conferencias (aunque éstas no lo son todavía) a bordo de un barco que surca un mar de ahogados. Comienza la ronda de opiniones sobre la democracia el señor cura del pueblo, o ensanchando con su presencia la democracia o haciendo a un lado la laicidad juarista, pero así es aquí gracias a Dios: usos y costumbres. Falta liderazgo nacional, dice. Alguien que guíe a las masas. No queda claro si es una referencia sibilina a la falta de un caudillo aceptable para la antidemocrática Iglesia o bien un saltimbanqui modo de aludir a alguien como López Obrador, quien será mencionado respetuosamente tres veces sin falta por el representante de Morena las tres veces que vaya a tomar la palabra. Todos los participantes hablan desde una camisa de fuerza controlada por una inflexible moderadora y un inapelable cronómetro que vuelven el encuentro casi pura frivolidad. O pereza activa, como llama el budismo a la ocupación inútil. La forma se apodera de lo real y la sustancia del diálogo sólo tiene unos cuantos minutos para que los convocados intenten hablar sobre las cosas. De todos modos, lo que se diga no importa en sí, sino para que se informe que hubo una reunión estratégica para fomentar la cultura cívica y se cumplan metas ejecutivas para salvar al país. La abstracta y autoritaria democracia formal de los tecnócratas. Y con todo, algo se alcanza a decir: democracia difusa, incompleta, tramposa, parcial, derrochadora, ilegal, impúdica, que compra votos con dinero público robado de las arcas públicas para seguir robando las arcas públicas, secuestrado el árbitro electoral por la partidocracia y el gobierno, por las castas políticas, por los circunspectos consejeros electorales de corbata y muy feas combinaciones, tan mustios y acobardados para aplicar la ley, pero tan sentenciosos con la ciudadanía. Ya advirtió el consejero prefecto al público que ni se le ocurra pensar que haya habido fraude alguno o transgresión mayor en el Estado de México, porque eso es “descabellado”, o sea absurdo, ilógico, irracional, incoherente, desacertado, excesivo, y etcétera a quien no le quedó claro. Sería un crimen electoral. Y como todos saben, en este país hay crímenes de absolutamente todo menos crímenes electorales. ¿Por qué? Porque lo dice el señor, por eso, faltaba más. La epistemología distingue entre la autoridad de la demostración, de la prueba, y los meros huevos de la afirmación. Y en la reunión se siguió comentando: elección de estado, victoria pírrica, comienzo del fin del criminal y corrupto régimen priista. Alguien señaló la disfuncionalidad de la cultura mexicana que premia lo negativo, una simpática señorita aludió a la trinidad resplandeciente que decidió todo: dinero, dinero, dinero. Varios hablaron de la corrupción, la impunidad y la inseguridad como de las enfermedades terminales que postran al país. Se mencionó el horror económico de la intencionada desigualdad crónica y hubo quien pidió a la izquierda morenista la incorporación a su programa político de la propuesta urgente de una renta universal. Otro más enfatizó que el país estaba en guerra. Aquel dijo que la democracia debiera aprenderse desde la casa, en el más pequeño formato social. Que el ejemplo es una orden silenciosa. Reconstruir lo público y defender el bien común ante el neoliberalismo extremo y fragmentante que ha convertido al ciudadano en un enajenado consumidor. Una joven maestra sugirió las humanidades para resistir el fascismo civilizacional por el que transitamos. Un hombre mayor, quien desde la audiencia pidió un derecho a hablar que le fue negado sin piedad por la moderadora, repartió entre los asistentes copias fotostáticas de un escolar comunicado proponiendo el acuerdo urgente del gobierno con el narco para parar la sangrienta guerra que no cesa. Ya se había aludido a la urgente e incumplida legalización de la mariguana. Uno más pidió abandonar la moderna libertad de ser indiferente ante los otros, fustigó a los partidos y a los políticos e ironizó sobre uno de los ejes de la filistea estrategia propuesta en la cronometrada reunión: la verdad. Así. Fernando Solana Olivares

Saturday, June 10, 2017

FRAGMENTARIA

Felix culpa. Así le llama Mircea Eliade en el cuarto volumen de sus memorias, culpa feliz, a la “adoración” que sentía por Nae Ionescu, el famoso profesor rumano de lógica y metafísica de quien se convertiría en ayudante académico durante sus años universitarios, antes de viajar a India a fines de la segunda década del siglo pasado para escribir su célebre tesis doctoral sobre el yoga. La atenuante expresión proviene de una frase de san Agustín: “Oh, culpa feliz que mereció tal, tan grande redentor”. Esa adoración no sufrió ninguna mella ante la abierta propaganda que hacía Ionescu en favor del fascismo italiano y del nazismo alemán. Tampoco al convertirse en el ideólogo y valedor de la Legión o Guardia de Hierro, movimiento rumano ultranacionalista de extrema derecha responsable de bárbaras matanzas rituales de judíos, niños entre ellos, como la del 22 de enero de 1941 en el matadero de Bucarest, cuando los “místicos” asesinos cantaban himnos cristianos, “en un acto de ferocidad quizás único en la historia del Holocausto”, como observó un comentarista. Al filo de la navaja. En su cáustico y necesario libro de ensayos Payasos. El dictador y el artista (Tusquets, 2006), el escritor rumano Norman Manea explora aquello que llama la experiencia totalitaria: algo incomparable, escribe, una situación extrema cuyos límites siempre pueden extenderse y cuyo potencial maligno da lugar a una patología social cancerosa. Una sociedad no monolítica, aunque eso parezca, convertida en una prisión global construida por el Estado y por los mismos conciudadanos y caracterizada por la ambigüedad, la hipocresía, las máscaras y el artificio. Manea no olvida la tragedia totalitaria, así como tampoco la comedia totalitaria, pues considera que ambas son inseparables. Los saltimbanquis. Norman Manea nació en Bucovina ---una región de grandes escritores como Elías Canetti y Paul Celan--- y fue deportado a los cinco años de edad junto con su familia judía a un campo de concentración ucraniano. Regresó en la adolescencia a Rumania para vivir la utopía comunista de la cual muy pronto se decepcionó, y con ella el brutal esperpento de la dictadura de Ceausescu, hasta que pudo exiliarse en Alemania primero y después en Estados Unidos. El escritor, afirma Manea, es un caso extremo en una situación extrema como aquella de la experiencia totalitaria: se convierte “en el símbolo del callejón sin salida en el que se encuentra toda la sociedad”. De ahí que comparta la condición de saltimbanqui con la que Gustave Flaubert se veía a sí mismo: “la parodia del Gran Adversario es la revancha irónica que tiene el escritor”. El humor y la parodia: últimos recursos de la escritura. Las otras desviaciones. Manea subraya un apunte de Mircea Eliade hecho en 1936: “Me tiene completamente sin cuidado el que Mussolini sea o no un tirano (…). También me tiene completamente sin cuidado lo que le pase a Rumania cuando liquide la democracia”. Manea el ensayista practica un recurso ya promulgado por Karl Kraus: “ahorcadlos con sus propias citas”. Y las de Eliade en su periodo legionario podrían multiplicarse para ahorcarlo varias veces, por ridículas unas y repulsivas otras: “…esperamos nosotros una Rumania nacionalista, una Rumania delirante y chovinista, armada y vigorosa, implacable y vengadora”. Anótese entre ellas el grotesco ditirambo a la dictadura salazarista escrito en 1941 cuando Eliade fue nombrado agregado cultural de la legación rumana en Lisboa. El decir a tiempo. Norman Manea lamenta que el diario de Eliade carezca del dramatismo de la introspección para encarar un pasado controvertido que, a pesar de su contexto político e ideológico, lo había llevado a incurrir en equivocaciones ahora incomprensibles y entonces fatales. Quizá le pedimos demasiado a los muertos inolvidables de nuestra cultura. Sobre Eliade (y también sobre Cioran) flota, como señala un crítico rumano, la niebla negra de la derecha legionaria, sin que hubieran hecho nada para disiparla. Al rememorar su pasado y contarlo, el autor de Maitreyi no desmontó las acusaciones de fascista, de simpatizante nazi y antisemita que aún ahora se le hacen. ¿No podía hacerlo o no quería hacerlo? ¿Es la misma arrogancia silenciosa de Heidegger que nunca fue capaz de reconocer que la revolución nacionalsocialista lo “electrizó filosóficamente” porque la interpretó como una salida colectiva de la caverna platónica, y lo llevó a cometer, durante unos meses delirantes, errores inesperados en el gran filósofo? Decir o no decir, reconocer o no reconocer: he ahí el dilema póstumo de estos príncipes del pensamiento. Sobre el error. “¿Me contradigo? Está bien, me contradigo: contengo multitudes”, dice un verso de Whitman. Lo grande contiene lo pequeño y en la brillantez está la oscuridad. En esa proteica suma de opuestos reside la conciencia, aun aquella que por provenir de intelectuales consagrados se considera superior. Semivíctimas y semicómplices, como todo el mundo, los sabios se equivocan a menudo. Lo descorazonador radica en su negativa a reconocerlo. A pesar de ello, la obra de Eliade no ha perdido ninguno de sus méritos conceptuales, de su sabia erudición, de su civilizada indagación sincrética. Su historia es la misma de la democracia occidental y de sus rechazos: la tragedia de la modernidad. Manea acepta que Eliade difícilmente habría podido prever entonces las terribles consecuencias de sus opiniones. Aunque pudo hacerlo después y no lo hizo. El arrepentimiento (la metanoia) sólo tiene una ocasión. Fernando Solana Olivares

Friday, May 26, 2017

INSTANTÁNEAS EN RULFO

Para Laura, por aquellos miércoles luminosos No pensé en las palabras de Goethe cuando lo vi: “Él ha aprendido, él puede enseñarnos”. Apenas ahora, tantos años después, aquellas palabras sobreviven al tiempo y la memoria las acomoda en el presente del pasado. La suya en todo caso era una enseñanza zen. Imperturbable en la lectura del aprendiz, Rulfo dosificaba sus intervenciones. Usaba frases cortas, sus gestos eran escuetos. No necesitaba hacer más. Lo cubría una poderosa aura literaria hecha sólo con dos libros esenciales, como la de Homero. *** El silencio surgía a su alrededor, escribió Stefan Zweig al retratar a Rilke, poeta cercano a Rulfo y similar a él. Si en uno aquel pasar inadvertido ante los demás era el secreto más íntimo de su ser, lo mismo podría decirse del otro. Escuchaba con atención y hablaba con naturalidad, sin enfatizar las palabras. En una entrevista de 1981 explicó que no podía escribir en base a personajes ni a situaciones reales. Que no se le daba la posibilidad de buscar testimonios, como hacían otros. Definió entonces a Pedro Páramo como algo “exactamente irracional”, intuitivo, producto puro de su imaginación, que adquirió vida propia cuando logró separarse de su autor y hacerse lenguaje. *** Rulfo desdeñó aquella escritura preocupada sólo por la forma, la palabra por la palabra, a la que no importa la historia que cuentan los personajes. La moda de la novela objetivista francesa, de El mirón de Robbe Grillet, influyó en una literatura antes que urbana personalista, intimista, del sí mismo expresivo, quien no describe ni siquiera el edificio donde vive. Los conflictos personales del escritor “no absorben terreno suficiente como para crear una literatura”. Ese intimismo impidió que se produjera la novela necesaria al 68, el hito literario requerido. La insatisfacción es la que lanza al escritor hacia algo. Y la generación del 68 estaba dolida antes que insatisfecha. *** Rulfo definió todo esto como una colonización cultural latinoamericana incomprensible. Ahora existe un libro pequeño y muchos otros sobre ese libro, que lo estudian desde el punto de vista semántico, de las conjunciones, de la puntuación, ironizó. Con su obra le había ocurrido: entrar a una feria del libro y ver sesudas publicaciones analíticas sobre ella, en proporción entonces de cien a uno. Juan José Arreola, quien lo contaría después, abandonó el lugar acompañándolo. Toda frase debía estar encadenada a una historia. Creo en la historia, afirmó Rulfo: no puede hacerse literatura sin historia. Toda historia es un contexto, una suma de variables que el maestro explicó así: primero imaginar al personaje, luego gestar sus características, después saber cómo va a expresarse. “Cuando todo esto haya concluido y no existan contraindicaciones, lo ubico en una determinada región… y lo dejo en libertad”. A continuación, lo sigue. Por ello Rulfo considera al lector un recreador, un coautor del texto que hace lo mismo con el personaje: seguirlo. *** La nostalgia es la añoranza por aquello que ya fue. La reclamación al tiempo que no cesa está en el deseo de Fausto: “detente, instante, eres tan hermoso”. El instante se desvanecerá, pero el recuerdo conservará en la memoria sus imágenes. Cada vez que ese recuerdo se vuelva a poner en la escena mental se verá modificado. Esa modificación puede ser la razón de la melancolía. Juan Rulfo era un hombre melancólico. Fue hace mucho tiempo durante un año en sesión de todos los miércoles por la tarde. La ciudad aún no era el infierno en el que se convertiría y el Centro Mexicano de Escritores incubaba cualquier condición: promesas, ambiciones, fracasos, alcances y derrotas. Milagros literarios, revelaciones al por menor. De ahí que Rilke, el poeta querido de Rulfo, no hablara de victorias sino de sobreponerse, diciendo que eso era todo. *** Estas líneas se escriben cuando el país parece sufrir el mismo desmoronamiento del montón de piedras después del golpe seco que da Pedro Páramo contra la tierra. Lo no testimonial, la imaginación que va más allá de las divagaciones del autor, que lo silencia para evitar intromisiones opinativas en lo contado, le otorga a Rulfo un lenguaje permanente y universal. Su lectura hace alcanzar ciertos superpoderes. Fernando Solana Olivares