Friday, February 02, 2018

ARTE MORAL, ARTE INMORAL / I

En abril de 1945 Victoria Ocampo, directora de la legendaria revista Sur, dirigió cuatro preguntas a varios escritores: ¿tiene razón Oscar Wilde al sostener que no hay libros morales o inmorales sino únicamente libros bien o mal escritos?; ¿es correcto que Anton Chéjov afirme que su arte consiste en describir exactamente a los ladrones de caballos sin agregar que está mal robar caballos?; ¿es cierto como promulga Gide que con buenos sentimientos se escribe mala literatura? La cuarta indagación era contraria a las anteriores: proponía la posibilidad de imaginar que la belleza de un libro puede surgir también de su moralidad explícita e implícita, que el arte permite aceptar que en él se diga que está mal robar caballos y que con buenos sentimientos logra hacerse buena literatura. Borges respondió que no existen libros sino lectores inmorales, aun cuando sí existan publicaciones inmorales por intención y ejecución. Recordó la frase de Chesterton sobre su condición de novelista y su relación con sus personajes, ninguno malo y ninguno bueno: I understand everything and everyone, and I am nobody and nothing. Citó a Stevenson, quien observa que un personaje de novela es apenas una sucesión de palabras, aunque logre una extraña independencia, pues para la imaginación de los lectores el juicio del autor no importa. Si los ladrones de caballo son reales, ironiza Borges, la opinión del autor en nada los modifica. Su conclusión es cristalina: “la puritánica doctrina del arte” nos privaría de una larguísima y esencial lista de obras y autores, desde los griegos a las Escrituras pasando por el último libro de estos días, que no moraliza sino describe, registra, retrata. Nos privaría “casi del universo”, compuesto no de la moral sino de la manifestación. Y en el nuevo índex tendrían que prohibirse un buen número de piezas: La casa de las bellas durmientes de Kawabata, Lolita de Nabokov, Maitreyi de Eliade, El viejo y la joven de Svevo, el Cantar de los Cantares de Salomón, Justine de Sade o los cuadros de Balthus y las fotografías de Lewis Carroll. Aún Casa Medusa, de este redactor. Un escritor dueño de un talento literario de primer orden con una evidente bestialidad moral, como lo define Steiner, fue Louis-Ferdinand Céline. En 1937 publicó Sinfonía para una masacre, donde clamaba, dicen quienes la han leído, por la aniquilación de todos los judíos europeos para que la civilización recobrara su energía y mantuviera la paz. A excepción de unos pocos panfletos anteriores, esa obra fue la primera declaración pública de la “solución final” de Hitler. Todavía en 1943, con las deportaciones y los campos de concentración en activo, Céline volvió a publicar Sinfonía. La paradoja es que ese libro y otros del autor (“casi imposible citarlos sin sentir asco”, escribe Steiner) presentan méritos formales ahora estudiados por la academia, y han influenciado decisivamente a muchos autores contemporáneos. Su sociología infernal, como la llama el crítico, está profundamente arraigada en la lengua francesa. Y la intensidad idiomática de Céline proviene de grandes autores canónicos. Así que su concepción del mundo como una mezcla de manicomio y matadero no puede ser condenable desde una perspectiva literaria, si se asume que sólo hay literatura bien o mal escrita. La inmoralidad entonces no es de la forma, del modo cómo se cuenta, sino del horror extremo de lo que invoca: el holocausto humano. Escribirlo es hacer que ocurra dos veces. Pero extremos como éste no son comunes y podría decirse que aun con su brillantez, acaban cancelándose a sí mismos. Sin embargo, ahora corren épocas y aires de censura, por razones políticamente buenas o malas que son usadas para cuestionar obras que apenas ayer se admiraban, o por la extrapolación exagerada de sus contenidos o por la condena de su autor. Es el caso de Woody Allen, repudiado como cineasta por las acusaciones de abuso contra su hija adoptiva hechas por su ex mujer Mia Farrow, y reprobado en Manhattan, película considerada una obra maestra (“mezcla perfecta de forma y fondo, humor y humanismo”), porque cuenta la historia de un cuarentón con una novia de diecisiete años. Y aunque la relación de los dos es un mutuo, gozoso y lúcido acuerdo entre personas, han surgido artículos extremos, neo puritanos y hasta ridículos que consideran la película como una exaltación del poder masculino y la pederastia sutil. Del abuso de los hombres sobre las mujeres. Fernando Solana Olivares

Wednesday, January 31, 2018

HABLANDO DEL ESPÍRITU /Y II.

Muchas otras generaciones en la modernidad anteriores a la nuestra han debido encarar una disyuntiva: reconciliarse con su tiempo histórico o bien repudiarlo. Hegel le llamó a tal dilema la “unificación viril con el tiempo”, es decir, con la historia, y al resolverlo aceptando superar la escisión entre la existencia interior subjetiva y la objetividad de la realidad exterior —según anota Mircea Eliade en su Diario— señaló que no sentir al mundo como la propia casa es más que una desdicha personal: es una “no verdad”, pues el destino más terrible consiste en no tener destino.

Albert Camus lo formuló a su manera hace más de setenta años: el problema de nuestra generación no es reconstruir el mundo sino impedir que se deshaga. El mundo de estos días está deshecho y la generación de Camus no logró su cometido: nos toca entonces a nosotros reconstruirlo, volverlo a hacer, o bien presenciar su destrucción completa y destruirnos junto con él. El origen de todo esto, un mundo donde el infierno se movió de lugar para surgir precisamente aquí y ahora, hay quienes lo ubican en la “deificación” del hombre iniciada en el Renacimiento occidental hace quinientos años y la exaltación de la ciencia-técnica como única verdad absoluta, visiones ideológicas que derivarían en el feroz y reductivo materialismo hegemónico de los días aciagos que hoy corren (“No existe nada ajeno a la naturaleza y a los seres humanos”, escribiría Engels celebrándolo).

Giordano Bruno, el filósofo italiano quemado vivo por la Inquisición en 1600 acusado de herejía, sobre todo por haber aceptado y reconocido la autenticidad religiosa del paganismo, intuyó desde entonces el misterio de la retirada de Dios del mundo y su transformación (Mircea Eliade, Diario) en un dios ausente, un deus otiosus, desinteresado del mundo y lejano a la historia de los pueblos —aunque no lejano al Cosmos mismo, a cada ser en cuanto tal y en su unidad con los otros, a la historia general de todos ellos y a sus fenómenos biológicos—. Este eclipse del Espíritu —imposible de postularse para la racionalidad humana, la cual cree que lo único verdadero y existente es aquello que puede ser comprendido en los términos de esa misma racionalidad, al modo de una tautología elemental— es mucho más antiguo aún, pues se cree propio de todas las culturas que construyen una “civilización”.

He aquí entonces la paradoja: ¿cómo construir una nueva civilización donde haya cabida para ese campo semántico inagotable del Espíritu que por no tener otra palabra para denominarlo se ha llamado “Dios”, y que ha sido caricaturizado (o materializado) históricamente en religiones antropocéntricas dominadas por supuestos intermediarios morales de lo divino que afirman representarlo y hablar en su nombre, así lo que prediquen y sancionen como bueno o malo ya no sirva para resolver, mejorar o meramente tolerar la atroz realidad contemporánea?

Ciertos autores y corrientes de pensamiento pueden conducirnos hacia un nuevo modelo cultural y mental. Por ejemplo, aquellos científicos que refutan la estrecha concepción materialista donde se considera a la realidad como una suma de objetos y cosas inertes, meramente externas y perceptibles solamente a través de los sentidos. Algunos de sus postulados son tan asombrosos como antiguos, y se empalman con una perspectiva teológica que está más allá de lo religioso y con una visión espiritual que supera las burdas reducciones devocionales. El Espíritu es entonces la Conciencia cósmica, y por conciencia se entiende todo aquello que puede percibirse a sí mismo en su unidad y en sus detalles —“que puede decir con propiedad ‘yo’ puesto que se halla presente en sí mismo”, explica Raymond Ruyer, quien glosa estos postulados.

Lo que constituye al Universo son formas conscientes de ellas mismas y la interacción de estas formas entre sí por medio de la mutua información. “El Universo es, pues, en su conjunto y en su unidad, consciente de sí mismo”, afirma Ruyer, para señalar que el mundo ha sido hecho por el Espíritu, el cual crea la materia, la constituye, está en la misma, pues la materia es, sustancialmente, una apariencia, un subproducto de la multiplicidad. De ahí puede hablarse, entonces, de la persona humana episódica y aceptar, como diversas tradiciones espirituales lo proponen, que lo único permanente es lo impermanente, que lo único estable es la mutación incesante, que la única verdad humana y física es la transitoriedad.

Es cierto que todo lo anterior puede ser una mera abstracción insuficiente todavía para resolver las urgencias tangibles de un mundo cultural, político, económico y social inmediato que se desploma sin ofrecer sentido alguno a quienes existen en él. Pero si el juego humano consiste en vivir como si la vida tuviera sentido, acaso estas tan inéditas como arcaicas certezas contengan, a la manera de una doctrina de la aparición simultánea, el germen de otra sociedad. La filosofía perenne asegura que el fin de un mundo sólo es el fin de una ilusión. Y el poeta escribe que en el mal extremo también puede hallarse la salvación. No se trata de un nuevo humanismo: para encontrarnos con el Espíritu requerimos de otro teocentrismo, de otra teología donde se busque (y se encuentre) a Dios tanto en el interior como en el exterior del sujeto, al mismo tiempo y a la vez.

En esas partes histórica y racionalmente selladas de la psique humana que hoy algunos vuelven a descubrir. El Espíritu sigue aguardando su manifestación desde ellas, durante siglos estuvo escondido pero nunca se fue.

Fernando Solana Olivares.

LOS CUERPOS DEL CUERPO / I

Digamoss que el hombre está recostado sobre un camastro cubierto por un parasol a la orilla de una alberca. Lee un libro y de pronto percibe una revelación. Todo es lógico esa mañana: la tardomodernidad occidental, cuyos vínculos con las fuentes primordiales fueron cegándose hasta desaparecer, obliga a sus habitantes a percibir las iluminaciones mediante los libros. Las líneas que lee lo estremecen como si fueran un mensaje sólo para él, como si para él hubieran sido escritas.
Está leyendo las razones argumentales que Morris Berman aduce para explicar un accidente histórico insólito y determinante, que cambió la faz del mundo y tuvo vocación de universalidad: la aparición y el desarrollo del cristianismo. La primera de ellas es la severa opresión impuesta por los romanos a los judíos, una historia de sangre y dolor. El volumen que ahora está en sus manos es una combinación de extraña brillantez, Cuerpo y Espíritu (Editorial Cuatro Vientos, Santiago de Chile, 1992), que le cuenta cómo la ocupación militar romana agudizó entre el pueblo sometido la brecha síquica Sí Mismo/Otro, eso que el hombre vive como una imposibilidad básica que lo limita y determina, una delgada línea que en la vida diaria negocia todo el tiempo.
Los brillos del sol son lajas detenidas. La superficie del agua respira con serenidad, y al hombre le parece vivir de pronto un momento similar al pánico de los antiguos, cuando el Rey del Mundo rezaba y todo se interrumpía.
El hombre lee que esa situación agudizó además el síndrome apocalíptico de un libertador y dividió a los judíos en la observancia de la ley. La trama sacerdotal no pudo impedir la tumultuaria herejía: vivir a Dios directamente, sin intermediarios, apostatando de la costumbre por la experiencia gnóstica del aquí y el ahora. Ese fue el segundo factor esencial: la revuelta individual y colectiva de los herejes, que querían ir hacia lo divino sin obtener dicho encuentro por el camino horizontal de la institución ritual sino por el camino vertical de la experiencia empírica y somática.
El hombre lee que esas condiciones propiciaron una fase de despegue hacia una actividad espiritual “autosustentada”: la energía colectiva tuvo eventos como la glosolalia ---una visita del espíritu que da a quien no lo pide un don repentino: las lenguas---, o los ritos de iniciación energéticos y misteriosos que acompañaron al cristianismo en sus primeros años.
De cualquier modo, el hombre cavila que la implantación de la nueva fe no se explica solamente con lo que el mismo autor llama “una arqueología erudita y dinámica”. Tampoco la naturaleza superior del mago esenio que fue Jesucristo, muy otro de la deidad victimada y disuelta posteriormente por la Iglesia a su alrededor. Lo mismo que para tal implantación no bastaba la genial capacidad política de Pablo, el estratega que negoció, aceptando lo que ofrecían algunas de las múltiples sectas de ese momento, las alianzas centrales de un imperio destinado a perdurar.
Como si se tratara de la suya propia, el hombre lee que la puerta del cielo pudo ser forzada porque Cristo elaboró una nueva síntesis entre el camino horizontal que se ocupa del tiempo lineal, del dogma y sus rituales, y el camino vertical, discontinuo, visionario, extático, en el cual ocurre un proceso de ascensión psíquica para el alma individual, que mediante ciertas disciplinas “puede ascender al cielo, descubrir a Dios, encontrarse con la muerte, conocer el curso de la historia y regresar a relatarlo al mundo”. Cuando Berman menciona un término propio del conocimiento esotérico, la práctica de los cinco cuerpos, el corazón le da un vuelco. Lee ávidamente que era común la creencia de que el espíritu podía ascender al cielo y un flujo de poder sagrado descender a la tierra. “El culto a Yaveh en el periodo helenístico se centraba en el curso del muerto y el tránsito del alma entre el cielo y la tierra. La tradición esotérico-rabínica se puede trasladar fácilmente a la teoría de los cinco cuerpos: el alma (cuerpo número tres) abandona el cuerpo (cuerpo número uno) mediante prácticas que ‘congelan’ la mente (cuerpo número dos) y asciende al cielo (cuerpo número cinco), tras lo cual desciende y reingresa al cuerpo”. Al leerlo un vuelco le da el corazón.
Como si él mismo lo hubiera hecho y por eso lo supiera, el hombre repasa varias veces el párrafo. Todo conocimiento es un recuerdo. Su alma abandona el cuerpo, congela su mente y asciende al cielo. Los caminos espirituales parecen coincidir en la práctica de los cinco cuerpos para saltar los límites de un plano existencial y llegar a otros, se dice, mientras una certeza lo inunda, un satori de lo leído, y su cuerpo supiera que todo era verdad. Los brillos de navaja que el sol traza en las aguas, más los lentes oscuros que el hombre toma de la mesita que tiene al lado. Dos acciones que se le antojan parte del gran acuerdo general del momento. Su cuerpo número tres abandona su cuerpo número uno, congela su cuerpo número dos y asciende al cuerpo número cinco.
¿Y el cuerpo número cuatro?, se pregunta al ir leyendo a Berman, quien continúa su búsqueda sobre las causas de la universalización cristiana y la expansión de su mensaje, “una revelación, a escala global, de Dios en la historia”. Y el hombre piensa que ese término abstracto tan incómodo para él y sus incrédulos contemporáneos: Dios, un inagotable campo semántico, debe entenderse más allá de todo tópico religioso, más allá de cualquier devocionalidad.

HAMLET ANTE LA URNA

Tengo días pensándolo y desde entonces concluyo lo mismo: una de las partes lleva razón, la otra tiene la razón. Parecido, pero no. Hablando en cristiano: ¿cómo es posible que en Hermosillo se hayan quemado cuarenta y seis niños hace varios días en una guardería subrogada y que hasta la fecha (17 de junio) no haya un solo consignado de alto nivel, pero tampoco de bajo: no haya ningún responsable indiciado por el sacrificio espantoso de esos niños en un infierno de imprevención? Esto sólo es posible gracias al sistema político mexicano en creciente podredumbre. Había sido venal y arbitrario y faccioso y corrupto desde hace cinco siglos, pero ahora está mucho peor. Como una mafia, una horrible telaraña.
El esperpento de Valle-Inclán, aquel espejo de un tan ácido dramaturgo, lo hizo aquí viéndonos a nosotros, el pueblo, y al irremediable sistema político mexicano, a sus mediocres y tramposísimos actores, así sean caudillos o presidentes por apenas, líderes partidarios y candidatos, legisladores, magistrados, et al. Generalizar no es precisar, pero no conozco un político ahora cuya acción no sea determinada por las encuestas o cuya idea de la acción política no se microsintetice en algo más que en un comercial instantáneamente olvidable. Los viejos mexicanos se quedarían boquiabiertos ante la huera, carísima y muy vacía feria televisiva de vanidades políticas para votar por... ¿quién?
Al menos malo, he oído decir. Supe en cambio de una metáfora de José Antonio Crespo, célebre por precisa: “Es como ir al mercado y comprar la fruta menos podrida”. No la mejor. El problema, entonces, está en el mercado mismo, en lo que ofrece la política mexicana a su público consumidor: fruta en estado de más o menos descomposición. Quienes llevan razón dicen que anular el voto conducirá precisamente a eso: que viéndose seriamente dañada, la incipiente democracia institucional pueda debilitarse aún más.
La anterior es una consideración negativa (el menor de los males), y solamente puede aceptarse desde una lógica formal ---quizá, por otra parte, la única que queda para los bienpensantes del sistema. Pero también equivoca el tiempo real, no ha percibido que la partidocracia no es, en el fondo, ninguna ruta a la consolidación de la democracia. “Las apariencias engañan”. En mexicano subtextual esto quiere decir que nos engañemos con las apariencias, tara pública y secular de nuestra idiosincracia. Es decir, que conservemos nuestra opereta política nacional porque es la única que tenemos. Que salvemos al teatro así en él trabajen los peores actores con los más malos libretos haciendo leyes que afectarán a todos: en sus manos, y esto es literal, está el país.
No hay nada alentador, nuevo o confiable en la democracia mexicana actual y sus partidos, tan a la vista, en sus legisladores y su burbuja de intereses sectarios, capilaridades secretas y desconocidas pero transparentes de todas maneras mediante actos que siempre quedan impunes. Napoleón aseguraba que el robo no existe, que todo se paga, excepto para nuestra clase política, ese vergonzoso estamento o claque, no sé cómo llamarlo, responsable en mucho, si no es que en todo, de la decadente situación nacional actual.
Y encima, todavía hay que ir a legitimarlos mediante el voto, porque los males que pueden caer sobre nosotros si no lo hacemos serían mucho peores que las torpezas, corruptelas e irresponsabilidades de estos “representantes populares”, de estas galerías de desconocidos tan conocidos: el PRI, que acaricia obscenamente la restauración de refundarse, de gobernar de nuevo, en tanto se resuelva la lucha interna por su candidato presidencial, que será a muerte como suelen ser esas luchas, y el retroceso que ese presente del pasado implicaría para la pobre república mexicana; el PAN, que masturba la necesidad de conservar el gobierno, no el poder pues en sustancia nunca lo ha tenido, alentado por el tonillo histérico-tecnocrático-arrogante-tipludo de su insufrible jefe nacional, y las demás gentes filisteas que lo acompañan, incluido un presidente valiente, y el retroceso que ese presente del presente implicaría para la pobre república mexicana; el PRD-PT-Convergencia, que destruye la posibilidad de un gesto vinculatorio con la cultura mayoritaria, la de la gente tolerante, pacífica y decente, pues está embebido en el placer suicida de devorarse entre sí, inmerso en una noche de cuchillos largos inacabable, lumpenizados ya sus miembros sin remedio, y el retroceso que ese presente del futuro implicaría para la pobre república mexicana. O los otros: el insólito partido propiedad de esa nemesis brujeril, Elba Esther Gordillo, o el de los juniors ecologistas que celebran la pena de muerte, o los demás que ni siquiera sé.
Para mí la cuestión es concluyente: no hay por quién votar, ni siquiera por el menos malo ---¿dónde está?--- pues todos los candidatos son parte del mismo problema que prometerán resolver: beneficios para ti. Así que con mi conciencia cívica tranquila y mis obligaciones democráticas intactas votaré el 5 de julio por algunos muertos ilustres, aquellos que sí nos dieron patria, y negaré mi voto a quienes vienen deshaciéndola. Si esa decisión ciudadana, la única que tengo, lleva a otra crisis y debilita la frágil y estrambótica democracia vernácula, si lo aprovechan las agendas ocultas o sirve a los poderes fácticos, no me consideraré responsable pues de cualquier modo, con mi decisión o sin ella, tal cosa iba a pasar.
A veces la inteligencia es la facultad que se abstiene.

Fernando Solana Olivares

CARTA A MARGUERITE YOURCENAR

Para Alejandro Rossi, donde se encuentre


Querida Yourcenar:
Déjeme llamarla así y no maestra, lo cual sería exacto pero innecesariamente distante, tampoco Nuestra Señora de las Letras, una precisa fórmula devocional que creo haber acuñado yo mismo entre nosotros, así fuera tan natural y lógica como simplemente pensarla, pues ella la alejaría todavía más de los modestos afanes que hoy, 8 de junio de 2009, cuando se cumplen 106 años de su nacimiento, quiero confiarle. (...)
Una tradición oriental muy apreciable y cercana para usted afirma que el adepto se hace a sí mismo, que no se le convierte en tal. Así fue entre los dos cuando hace más de treinta años encontré, en una librería de la ciudad de México que ya no existe, un libro suyo de tapas negras publicado no casualmente por una editorial llamada Hermes, dios de la escritura, y traducido al español, tampoco casualmente, por otro gran escritor, Julio Cortázar: Memorias de Adriano. Fue entonces que me hice adepto de su obra, primero, y luego de usted misma, pues nunca he podido ni he querido disociar una de la otra. Comprendí entonces una vez más aquella sentencia de Schopenhauer: “Todo encuentro casual es una cita”. La nuestra, querida Yourcenar, aquella tarde se había cumplido. (...)
Tiempo después, al ir leyendo toda su obra, llegaría a mis manos un libro de entrevistas hechas por Matthieu Galey, Con los ojos abiertos, donde usted establecería el sentido de tal encuentro, para mí trascendente, enseñándome el gran respeto que debe tenérsele al azar. “Creo en esa aceptación de los objetos dados ---respondió entonces---, y de la vida dada, y que se la debe tomar tal como viene. Un escritor a quien mucha gente negaría la calidad de filósofo, sólo porque se trata de Casanova, habla con frecuencia de esa obediencia al destino, del amor fati. No emplea esa fórmula que luego Nietzsche volvió solemne. Lo dice mucho mejor: sequere deum, seguir al dios. Digamos entonces que “el dios” me llevó a América...”.
A mí, en cambio, habiendo nacido en América, el dios me llevó hasta usted. Y debo confesarle, querida Yourcenar, que dicho encuentro ha sido esencial para mi paso por este mundo, donde uno llega como el viento y se marcha como el agua: podría dedicarme solamente a releer sus obras en los años que me restan de vida porque creo fervientemente que en ellas están depositadas todas las reflexiones necesarias, y acaso ciertas respuestas esenciales, ante el misterioso asunto de haber estado durante una vida aquí. (...)
Hablo entonces de una dura pedagogía. La he leído a usted no tanto para aprender cómo escribir sino para constatar lo que nunca podré escribir, las hondas meditaciones que su genio alcanzó. Y si las urgencias compulsivas de una biografía definida como la de un escritor, aquella que me ha tocado y que yo mismo, un tanto frívolamente, he construido, no exigiera de mí engarzar palabras para mercer tal término designativo, me bastaría con pronunciar a menudo la siguiente proposición suya para curarme radicalmente de tal aflicción: “...en el fondo, sólo tengo un interés limitado en mí misma. Tengo la impresión de ser un instrumento a través del cual han pasado corrientes, vibraciones. Esto vale para todos mis libros, y aún diría que para toda mi vida. Quizá para cualquier vida, y los mejores entre nosotros, quizá son también sólo cristales conductores. Así, a propósito de mis amigos, vivos o muertos, me repito con frecuencia la admirable frase (...) de Saint Martin: ‘Hay seres a través de los cuales Dios me ha amado’. Todo viene de más lejos y va más lejos que nosotros. Dicho de otro modo, todo nos rebasa, y uno se siente humilde y maravillado de haber sido así rebasado y atravesado”.
Lección inmensa: todo está bien. Dios me ha amado a través de sus páginas incandescentes, icásticas, imborrables, y me siento humilde y maravillado por haber sido tocado con la gracia que alienta en ellas. Tiene razón sobrada Borges, un hombre de letras cuya obra usted asimismo admiraba: no me enorgullezco de lo que he escrito sino de lo que he leído. Y usted, querida Yourcenar, es uno de mis irrenunciables orgullos. No solamente porque a través suyo conocí y aprendí sobre el budismo, esa doctrina del espíritu tan cara para los dos, sino porque, imitando su temple y gran sabiduría, cuando yo muera confío en que algunos piadosos recuerdos vendrán hasta mí para aligerar el paso, para estimular el tránsito, para reforzar mi atención (un término axial que usted, además, convirtió en suprema técnica literaria), para vivir aquello con pleno conocimiento, con el corazón en paz y el alma serena. (...)
Así pues, querida Yourcenar, desde donde ahora usted se encuentre le ruego que me conceda el derecho a decir lo mismo que le fuera permitido al emperador Adriano al morir, para así saber que hasta el final yo también fui amado humanamente, pues entonces pronunciaré, con voz apenas audible pero con mente plena y agradecida, aquella oración que garantiza el tránsito completo hacia lo que nos espera, habiendo dejado todo esto atrás: “Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos...”.
Sólo eso le pido, querida Yourcenar: no es poco, pero no es mucho: ser una lámpara para nosotros mismos.

Fernando Solana Olivares

Friday, January 26, 2018

LOS DILEMAS DE UN ALFARERO

La vocación es una llamada y el don encarna un regalo de los dioses. También puede significar (todo contiene su contrario) una obligación interminable, una pasión insatisfecha o una tarea cuya repetición incesante a veces amargamente muestra su inutilidad. Ante tal dilema se encuentra el gran artista cerámico Gustavo Pérez: qué hacer con los miles de piezas, muchas extraordinarias, elaboradas en cuatro décadas de producción. ¿Depositar algunas en fondos museográficos, desplazar otras mediante donaciones, destinar un número de ellas a sacrificios necesarios, invitar a los vecinos a que se las lleven o dejar actuar al tiempo, el gran escultor? Eliade cuenta que Eugenio d’Ors acostumbraba quemar una página recién escrita cada noche de año nuevo porque estaba convencido de que el sacrificio es la ley de la expresión. Esta ley, aunque expresada de otra manera, ha determinado la maestría estética de Gustavo Pérez ante el barro, esa humilde materia con la que el creador fabricó a los seres humanos, según la cosmología cristiana. Trabajando en su legendario taller El Tomate un día ya lejano hizo un descubrimiento que alcanzó el carácter de una revelación técnica y dotó a su obra de un poderoso lenguaje original: las incisiones, las heridas o escotaduras tan características de sus piezas. “Era algo que técnicamente podría no ser viable, que podía fallar en el secado o en el horno. Pero resulta que al barro sí le gustó, que los cortes eran correctos”, explicaría después. El sacrificio como ley de la expresión radica en aceptar la condición orgánica del barro, una sustancia de vida propia que manifiesta afinidades o disgustos con quien la toca y manipula, y permite al alfarero interactuar con ella o no. La sabiduría del ceramista sabe reconocer esta relación dependiente: los límites de la materia o las preferencias del barro. Hace poco Gustavo Pérez expuso en el Museo de Antropología de Xalapa el resultado de 33 años de trabajo en esa ciudad, Autorretrato, cuya curaduría fue del mismo artista y concentró miles de piezas colocadas en un laberinto multiforme y desmesurado. Un texto preparado por él para la exposición se preguntó por qué hacerla con miles de piezas: porque las tiene, explicó, porque la mayoría de ellas no han sido expuestas y todas son parte de una interminable secuencia en la que cada una es necesaria para llegar a la otra y encontrar entre ellas las piezas de excepción. Lo mismo afirmaron los maestros griegos: la belleza es un subproducto, un resultado, una consecuencia de hacer. La pieza perfecta también lo es. No se le busca directamente, sino que se le encuentra, surge en el trayecto, en la incesante acción. La exposición mostró las secuencias antes que los resultados. Así tuvo algo de contra-época, de contra-canto, como aquel con el cual Orfeo enfrentó a las sirenas y salió indemne de su engaño. Me explico: hoy, en esta época de erosión y falta de contextos, cuando la memoria se fractura y los objetos se presentan aislados, mostrar las secuencias que conducen a ellos representa una resistencia cognitiva, una lección de pertenencia, un transcurso o un viaje, una perseverancia, hasta una lección. Un sentido. Encontramos lo que buscamos, dijo, y Gustavo Pérez quiso mostrar el horizonte creativo donde esto sucede, cómo y cuánto sucede. La lección del maestro, y acaso también un espejo para sí mismo. Ver la obra creada es ver la vida transcurrida. Por estos días en clase se ha hablado de ascetismo. Ayer se citó la definición mixe de riqueza: la reducción drástica de la necesidad. El concepto fue anotado y quizá, con el tiempo, será comprendido en un sistema que hoy engaña a las masas con la acumulación, la sobreabundancia y a la vez con la descontextualización de las cosas. Concluido el autorretrato y su decidida desmesura, una confesión de parte estética, una catarsis purificante, el artista regresará a la restricción selectiva que se logra mediante la desagregación: soltar, no juntar. Pero el dilema del alfarero seguirá activo: para que una pieza se consiga noventa y nueve la deben preceder. Anoche, cuando quizá en mi inconsciente se estaba haciendo esta nota, soñé que el taller de Zoncuantla donde Gustavo Pérez trabaja abría sus puertas y a él acudía una multitud. Me encontré a viejos amigos y miré gente desconocida. Cada quien salía con algo en las manos. Todos iban alegres, con ese descanso moral que dan los regalos inesperados. El mundo era un buen lugar. Fernando Solana Olivares

Friday, January 19, 2018

MIRANDO A JÜNGER

Hace días, en alguno de sus suplementos, El País publicó uno más de tantos artículos desinformados, entre irónicos y condescendientes, sobre la extendida moda del mindfulness o atención plena, una técnica de silencio interior e inmovilidad física tomada (y también descontextualizada, como los budistas ortodoxos señalan) de aquella psicofisiología de la atención que contienen todas las prácticas meditativas. El articulista de marras cree que el espíritu sólo se cultiva al leer libros, de otro modo es un producto new age, esotérico y comercial, que como gancho mercadotécnico promete la obtención de la felicidad. A saber qué sitios hípsters visitó el escritor para escribir sus medias verdades y mentiras, las habituales incomprensiones de un racionalismo ignorante que sin rubor histórico o cultural todavía considera que las personas son una mente alojada en un cuerpo. Ya Flaubert hace ciento cincuenta años ridiculizó a estos filisteos. La descendencia literal de Descartes, quienes creen que piensan y luego existen, supone que la búsqueda de la serenidad mental es una fuga hacia reinos imaginarios. No es así. Cultivarla lleva a un estado donde todo: el ego, el dolor, la felicidad, la lucidez, los dramas personales, el sueño, la salud, la enfermedad, las compulsiones, las distorsiones cognitivas, la historia de estos tiempos, el cuerpo y sus circunstancias, se va impregnando de aquel aplomo existencial que no es ni una huida metafísica ni un distanciamiento enajenado sino una profundización en la realidad concreta, en las cosas como son y no como se quisiera que fueran. Cuando la mente está en calma, concentrada y atenta, todas las cosas son en calma, afirma un dicho zen. Y la práctica constante de mindfulness puede conducir a lograrlo. Ernst Jünger escribe en Heliópolis, su gran novela, que el universo representa un libro que se ofrece a nuestros ojos abierto solamente por una de sus páginas. El olvido de este conocimiento es la causa del profundo tedio en que se halla la época, a pesar de las derivas tecnológicas en la sociedad del espectáculo. El arte de vivir es el arte de no aburrirse nunca. Para lograrlo, debe aprenderse a dar vuelta a las páginas del libro. Tal es el objeto de lo que Jünger llama metafísica experimental: concebir un universo de secciones múltiples y aprender a pasar de una sección a otra. Jünger asume que cualquier cosa: flores, insectos, acontecimientos históricos, libros o ideas, son signos de la multiplicidad en la que los seres humanos viven. Su método es la razón panorámica, que se distingue de la lógica común porque preserva siempre el contacto con el todo y jamás se pierde en el detalle. Cómo lograr esa razón quedó descrito por el poeta Novalis de un modo que hoy los teóricos llamarían deconstrucción: dar a las cosas comunes un sentido excepcional, a las realidades habituales un aspecto misterioso, a lo conocido la dignidad de lo desconocido, a lo finito un aire de infinito. Esta operación compleja se basa en la atención. Simone Weil afirma que el ensueño es la raíz del mal. Y el ensueño siempre se apodera de la mente en la desatención. Entonces el mal es la desatención. Para Jünger, practicante del arte del discernimiento, de la ciencia de la balanza de los místicos persas o de la filosofía de las correspondencias de los románticos europeos, el sentido de la existencia está en nosotros y fuera de nosotros, “según la misteriosa dialéctica del cristal y de la luz”. Alejándose así de la psicología y la sociología deterministas que pretenden reducir al individuo a su engranaje social, la obra de Jünger, compuesta de diarios y reflexiones, de narraciones y ensayos, es un poderoso registro espiritual sobre una realidad que a través de la razón panorámica no es mecánica ni absurda sino maravillante en su dramática y conmovedora intensidad. Dicen los críticos que la obra de Jünger es un arte de vivir cuya virtud fundamental radica en el reencuentro de la persona y su destino, refutando las tantas teorías de la modernidad que hacen creer a la gente que su vida personal está desprovista de sentido, que sólo puede existir en la historia y no en la naturaleza o en los dioses. Para Jünger fue un desatino y una desviación de la modernidad separar la subjetividad de la objetividad. Juntarlas, escribió este autor de pensamiento atípico que nada debe a las categorías cartesianas ni al racionalismo circular, es un acto de democracia cognitiva, de atención esencial. Fernando Solana Olivares

Friday, January 12, 2018

LA CONSTRUCCIÓN DE JESUS / y II

Para Pablo Aguirre Solana Al convertirse Jesús, el zelote galileo, en el Cristo trascendente, varios movimientos y prodigios han de suceder. El punto de inflexión de la metamorfosis radicará en la resurrección. Mediante ella Jesús se vuelve divino y origina la narrativa metafísica de los cuatro evangelistas ortodoxos, la cual se desarrollará teológicamente con Pablo, el judío convertido en el camino a Damasco, y dará lugar al canon cristiano. Y la trama de muchas pequeñas historias irán a confluir en ello. A fin de cuentas, toda cosmogonía es literatura. Marcos el evangelista relata algo que según Reza Aslan comenzará a cambiarlo todo. Mientras está hablando del reino de Dios en la sinagoga, Jesús es interrumpido por un hombre de espíritu inmundo, como refieren los evangelios, quien le grita: “¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres, el santo de Dios”. Jesús lo reprende, le ordena callar y manda al ente maligno salir del hombre. Cuando clamando a voces el espíritu lo hace, la gente se pregunta “qué nueva doctrina es ésta, que con potestad aun a los espíritus inmundos manda, y le obedecen”. Esa nueva doctrina recién aparecida hará crecer la fama del predicador ambulante por toda Galilea. La gente vendrá para ver sus portentos más que para oír su mensaje, y gran parte de tales espectadores considerará a Jesús “otro hacedor de milagros ambulante y exorcista profesional” antes que un mesías liberador. Aslan recuerda que los romanos consideraban al Galileo como un falso pretendiente al reino judío, y que para los escribas y sacerdotes significaba un riesgo blasfemo contra el control del culto. Los primeros que se harán cargo del trasvasamiento divino de Jesús en una heterodoxa interpretación del mesías son quienes Aslan llama “grupo de eufóricos ignorantes”: los apóstoles y sus primeros seguidores, que con la libertad autodidáctica y analfabeta de quien no sabe teología, más la intervención directa del espíritu ---tal es la hipótesis---, fracturan el dogma monolítico judío y proponen algo que hasta entonces era un anatema y de golpe resulta un nuevo paradigma: este “hombre dios”. Así de simple y descolocante. Esteban, protomártir cristiano, proclama en su agonía el inicio de una nueva religión al mirar hacia los cielos y ver que Jesús se sienta a la diestra del Padre porque es de la misma naturaleza que él. Ahí termina la versión inicial de esta historia de un campesino judío, lleno de celo y nacionalismo, que temerariamente se rebeló contra la corrupta casta sacerdotal del templo y la opresiva ocupación romana, que fue crucificado y después de su muerte, ante su tumba vacía, “uno de sus partidarios osó sugerir que era Dios”. El segundo acto del drama cósmico consiste en la construcción de ese traslado mesiánico, fundacional: de la tierra al cielo y de regreso a la tierra entre los hombres, donde deberá actuar el mensaje divino. Cuando Esteban fue martirizado cerca del año 35, en la turba que festejó su lapidación se encontraba un joven fariseo fanático, Saulo de Tarso, que unos quince años después del sacrificio del mártir, “devenido cristiano acérrimo”, se convertirá con el nombre de Pablo e inequívocamente y sin reservas llamará Dios a Jesús de Nazaret. El historiador pregunta cómo pudo haber sucedido algo así: un mesías fallido, muerto vergonzantemente como criminal de Estado, en unos cuantos años se transforma en Dios encarnado. La respuesta funcional que da no resuelve el enigma: quienes vivieron con Jesús tuvieron un muy pequeño papel en la definición de lo acontecido, ninguno de los evangelistas lo conoció, tampoco el artífice Pablo, y la tarea de definir su mensaje quedó a cargo de judíos y gentiles cultos, urbanitas y grecohablantes. Lo demás, es el transcurso de la historia de Occidente. La pregunta quizá es de otro orden: no tanto cómo se hace una fe, una religión (como adviene), sino por qué. Dicen los sabios que lo sagrado, y en ello lo re-ligioso, lo que re-liga, es tan principial y elemental que no es posible limitarse a las maneras en que se manifiesta, porque lo sagrado reside en la naturaleza de la realidad misma. Es decir, el sentimiento religioso no es un dato de la historia de la conciencia humana sino parte integral de ella misma. Religar, reelegir, releer. Lo sagrado y lo profano es una división artificial. El espíritu sucede, cambian sus formas nada más. Fernando Solana Olivares

Friday, January 05, 2018

LA CONSTRUCCIÓN DE JESÚS / I

Para Pablo Aguirre Solana Agripa II subió al tejado del palacio real en Jerusalén y se dirigió a quienes estaban en la plaza. No era tan querido como lo había sido su padre, Agripa I, pero representaba la última esperanza de los romanos para calmar por medios pacíficos el violento clima de insurrección que se vivía en la ciudad. Suplicó a la gente que desistiera de su desafío al Imperio romano. Preguntó dónde estaba su ejército y su armamento, su flota para surcar los mares, el tesoro para financiar tales campañas. Apeló a la riqueza de los galos, a la fuerza germana y la inteligencia griega, todas ellas derrotadas por los romanos, y preguntó si los judíos eran más ricos, más fuertes y más inteligentes que esos pueblos. La muchedumbre ignoró al príncipe entre burlas y amenazas y lo obligó a huir de la ciudad. La respuesta a la pregunta de Agripa la conocían profundamente los revolucionarios judíos, lo mismo que el escritor iraní Reza Aslan, quien la cuenta en su erudito libro El zelote. La vida y la época de Jesús de Nazaret, resultado de dos décadas de investigación académica sobre el tema, escrito con muy eficaz sentido narrativo y cuya condición de best seller número uno del New York Times no resta un ápice a su calidad. Lo que los inspiraba para alzarse ante el poderoso invasor era el celo, aquello que el historiador Josefo llamó una “cuarta filosofía”: el inquebrantable compromiso de liberar a Israel del yugo extranjero, junto con una fanática insistencia en promulgar, aun a riesgo de la muerte, la existencia de un Dios único, el suyo, por quien habían sido designados como el pueblo elegido. De ahí el término zelotes, de celo. La gran perplejidad que los judíos causaban a Roma tenía que ver con lo que consideraban su incomprensible complejo de superioridad. Una insignificante tribu semita en un rincón del imperio exigía y recibía un tratamiento especial por parte del emperador. Séneca, el filósofo estoico, se preguntaba cómo era posible que “los vencidos hubieran impuesto leyes a los vencedores”. Tal es la matriz cultural e histórica del pobre campesino judío que fue Jesús: una oscura aldea situada en una ladera de la turbulenta Galilea rural, a quien Reza Aslan va a encontrar en las modestísimas casas de adobe y ladrillo de Nazaret, pequeño rincón del rincón que después irradiaría al mundo. Su contexto era claramente revolucionario, y en esa perspectiva judía escatológica Jesús era un zelote comprometido con la restitución del cuerpo mancillado de Israel y con la encarnación del mesías liberador. Y es aquí donde radica la condición inexplicable, metafísica o trascendente, como se le quiera llamar, de la transformación de ese Jesús histórico y de su modestísima persona, uno más entre tantos autoproclamados mesías, en una manifestación directa de la divinidad, un mesías apostólico y global que definirá el tiempo, la espiritualidad y la cultura occidentales a lo largo de dos mil años Ese Jesús, escribe Aslan, “el eterno logos del cual surge la creación, el Cristo que se sienta a la diestra de Dios”. El orden mitológico comienza a reanudarse y esta narrativa suprahistórica que construirá al Jesús evangélico debe mostrar el origen de lo divino, su advenimiento, en el lugar más pequeño y humilde de la valoración común, en un pesebre, en el rincón del rincón del rincón. Dicho origen de pobreza será determinante también para el mensaje político que las enseñanzas de Jesús contienen y para la conducción del cristianismo en su primera etapa por Santiago, hermano de Jesús, después de su muerte y resurrección. La construcción de esta divinidad (“la verdad ---escribe Guénon--- es una y es la misma para todos aquellos que, por una vía cualquiera, han alcanzado su conocimiento”) requirió, como la construcción de todas, la mano de los hombres, así el espíritu se apoyara en ellos para actuar. Por eso hay varios desfiguramientos en esta cautivadora y grave historia, la más contada y representada en Occidente. Van de Egipto a Judea a través de Moisés, de los judíos a los cristianos, de Pablo el converso a Santiago el hermano. De los cuatro evangelistas a los evangelios apócrifos. De las pululantes sectas cristianas al Concilio de Nicea que establece el canon definitivo. De la clandestinidad de las catacumbas hasta la púrpura del Estado. Poéticas del conflicto en el reino del espíritu. Fernando Solana Olivares

Friday, December 29, 2017

CUENTA MANUSCRITA

Vuelto a hacer. Puede parecer un preciosismo culto insistir, más allá del caso, en el enésimo dislate lingüístico de Peña Nieto cuando dijo “volvido”. Sin embargo, las cosas están vinculadas entre sí, y aun el pobre lenguaje instrumental de escasas palabras y malograda sintaxis que este hombre emplea ---o que a él lo emplea--- es capaz de revelar la naturaleza de sus límites. Uno de ellos, tal vez determinante, su condición desconectada con la amplia realidad de gobernar. O dicho de un modo más simple: su entrega impúdica y autoritaria a la manutención del pacto de impunidad nacional. En todas partes el capitalismo neoliberal se lava la cara y castiga la corrupción. Sólo en México eso no pasa. Aquí una y otra vez la clase política y sus alianzas oligárquicas lo han volvido a hacer. El estado mexicano es claramente un autoritarismo competitivo, como le llama a estos corruptos regímenes la politología europea: se celebran elecciones, pero con el aparato gubernamental, jurídico y mediático más el gasto público al servicio de quien detenta al poder. Va a necesitarse un verdadero estado de gracia electoral para derrotarlos. Lo que no cambia. Nos perdemos en la incertidumbre y nos fatigamos por todo lo que ignoramos. Nos reconciliamos en nuestras certezas y descansamos entre lo poco que sabemos. A fin de cuentas, todo es lenguaje. Una fotografía de prensa hace pocos días mostraba a Elena Poniatowska y Jesusa Rodríguez en un acto de Morena exhibiendo una cartulina que decía “No al PES”. La digna imagen de las dos mujeres reclamaba la incongruente alianza electoral de López Obrador con el partido evangélico y ultraconservador Encuentro Social. Un episodio más de los mitos que teledirigen nuestros pasos: Antígonas señalando la desviación que no se comprende, salvo desde el pragmatismo amoral del fin que justifica los medios. Se trata de ganar a toda costa y entonces la pepena de aliados políticos que no tienen criba, límite, diferenciación. El budismo fascista. Cuenta una crónica de Naiara Galarraga (El País, 5.11.17) que a quien llama “la Dama contra los militares” era el símbolo perfecto de la lucha no violenta contra los oprimidos, de la victoria de la democracia frente a una dictadura cruel. Pero ya no. Aung San Suu Kyi, líder histórica y moral de Maynmar, antes Birmania, no ha dicho una palabra sobre la “limpieza étnica de manual”, según definición de Naciones Unidas, llevada a cabo por el ejército birmano contra la minoría musulmana rohingya, habitante desde generaciones atrás en el país, y el éxodo al que más de seiscientos mil de ellos fueron forzados en unos cuantos días. Naciones Unidas constató un patrón consistente de asesinatos, tortura, violaciones e incendios intencionados por parte del ejército, y los sobrevivientes narraron actos bárbaros como arrojar bebés vivos a la hoguera antes de violar a sus madres y hermanas. Mucho más perturbador que el indiferente silencio de Aung San ha sido la participación determinante en dicha atrocidad del ultranacionalismo budista liderado por monjes. Aquella doctrina espiritual que en palabras de Borges nunca fue responsable de una guerra, ahora puede hacerse cargo de holocaustos de la posmodernidad. ¿No es esta puesta al revés del dharma budista un ejemplo más de que las cosas del mundo han entrado ya a otra etapa: la contraespiritualidad? Dice la sibila. Si quiere saberse cómo será mañana, debe mirarse cómo es hoy. Toda profecía es el autocumplimiento de una acción. O sea: ya todo está, pero no todo aparece. Por ejemplo, las distopías, la fascinación popular por futuros más que de resistencia ahora, de sumisión y fatalidad. El pesimismo radical de lo que se ha llamado “distopismo incesante”, que puede ser de derechas o de izquierdas, contribuyó a desmantelar el Estado liberal y el pluralismo político. El estado de excepción descrito por Giorgio Agamben como paradigma de gobierno actual en medio de lo que llama “guerra civil mundial” ---mencionado por Javier Sicilia en un poderoso artículo reciente---, ha requerido convencimientos sociales distópicos para ser implantado como una mentalidad en vías de volverse irremediablemente común: no hay forma de hacerlo distinto, esto sólo es así. Habrá que introducir, como el contra canto de Orfeo para vencer a las sirenas, un contra tóxico ante ese discurso hegemónico del fin de la historia masificado por el capitalismo terminal. Uno ha de narrar las cosas cambiando el eje de significación, el punto de vista. Entonces cambiará el mañana. Fernando Solana Olivares