Tuesday, November 07, 2017

LA NOCHE DE BENJAMIN

La leyenda cuenta que cuando Lao-Tsé estaba a punto de abandonar su país para perderse en las altas cumbres del Tíbet, el aduanero del paso de montaña fronterizo le pidió dejar un testimonio de sus enseñanzas. El sabio se encerró un par de días, escribió el Tao-te-king (o “Libro de la Vía y la Rectitud”) y se lo entregó al hombre. Nada parecido ocurrió con Walter Benjamin, uno de los pensadores más lúcidos de la modernidad, cuando murió en Portbou, paso de montaña para alcanzar España, cruzarla hasta llegar a Portugal y de ahí embarcar hacia Estados Unidos, única ruta posible de escape ante el nazismo dominante en Francia. Había dejado París en mayo de 1940 huyendo a Marsella. Ahí se encontraría con Hannah Arendt, su marido y Arthur Koestler. También ahí sabría de un sendero montañoso poco transitado que cruzaba la frontera desde Portbou. Un recorrido difícil y escarpado que la frágil salud de Benjamin y su dolencia cardiaca amenazaban no poder afrontar. Era la única salida posible. Lo otro significaba la deportación y su internamiento en un campo de concentración. Acompañado de la guía Lisa Fittko ---miembro de la resistencia francesa que llevó por la montaña a decenas de exiliados y autora de Mi travesía de los Pirineos, el testimonio más directo del hecho---, de Henny Gurland y de su hijo Joseph, salieron todos la tarde del 24 de septiembre a reconocer el camino. Walter Benjamin, mal vestido para el clima y el ascenso a la montaña, cargando una maleta donde Lisa Fittko siempre aseguró que custodiaba un muy apreciado manuscrito, se fatigó tanto que ya no pudo volver al hostal donde el grupo dormiría antes de intentar cruzar la frontera. Decidió pasar la noche solo a la intemperie en una zona de pinos. Al otro día muy temprano sus acompañantes vendrían por él. Un recurso casi paródico sería invocar lo que Benjamin vio aquella noche. Su vida, la pureza y la belleza del fracaso, y algunas cosas más. Tembló de frío ante la pequeña fogata con la cabeza recostada sobre la maleta. Años atrás, en 1923, había escrito a Rang frases enigmáticas sobre una naturaleza “que no es escena de la historia ni del habitar del hombre: la noche salva”. Pero ésta era inhóspita, lacerante y helada. Los altos y oscuros pinos simulaban ser columnas que forzaban al cielo a mirar hacia la tierra. El canto de un búho le sonó como un preludio siniestro y los ruidos a su alrededor le parecieron preparativos para un desenlace. Al día siguiente fue muy penosa la subida en un camino cuyo concepto, como la guía describió, se convertía, cada vez más, en una exageración, y debía andarse sobre una senda cubierta de piedras. Luego del terrible esfuerzo, en el cual Benjamin calcula que debe descansar un minuto de cada diez, decisión que cumple escrupulosamente con reloj en mano, donde en los tramos finales ha de ser ayudado por sus compañeros, por fin llegan a la cima y descienden hasta Portbou. La pesadilla: si hubiesen llegado un día antes habrían obtenido permiso para entrar al territorio español. Pero hoy las órdenes cambiaron. Ahora serán entregados a las autoridades francesas. Se alojan en el hotel Francia bajo vigilancia policiaca. Benjamin duerme en la habitación número 3. Escribe a Henny Gurland ese 26 de septiembre unas líneas antes de ingerir la sobredosis de morfina que lleva consigo desde Marsella: “En una situación sin salida, no tengo otra opción que terminar. En este pequeño pueblo de los Pirineos donde nadie me conoce mi vida acabará”. Le pide que le transmita sus pensamientos a su amigo Adorno, quien lo espera en Estados Unidos, y que le explique la situación. La documentación del juez hizo constar que entre sus posesiones se encontró una maleta de piel, un reloj de oro, una pipa, un pasaporte y unos cuantos papeles de contenido desconocido. No hay ninguna mención acerca del legendario y nunca visto volumen que Benjamin llevaba: El libro de los pasajes. Una radiografía, gafas, diversas cartas, algo de dinero, pero la existencia del libro no se consignó. Así quedará en la memoria humana un acto donde su registro desaparece. El Tao-te-king es una obra breve. El libro de los pasajes habrá tenido 200, 250 páginas. Uno existe y el otro no. El orden que asocia a ambos es que son mencionables. Que uno debe leerse y el otro escribirse. Quizá aquella noche Benjamin, aun temblando de frío, formó en su cabeza la versión final. Su muerte ayudó a que sus compañeros pudieran seguir camino. Fernando Solana Olivares

TALLER DE CUENTO

La vida, al revés de lo que advirtió la sentencia, a veces sí es seria en sus condiciones. Las opciones este semestre eran dos: o vivir el aburrimiento profundo, cuando las cosas nos son indiferentes y distantes pero no nos dejan salir de ellas, del estar absorbidos por ellas, o bien aplicar la receta de Flaubert, esa que afirma que después de diez minutos de observación cualquiera es fascinante. Diez chicas, dos chicos. La materia ofrece cubrir varios créditos y resulta frecuentada. Algunos de los participantes han tenido contacto con la escritura creativa y otros no. Aparece un marco teórico de rigor. Y miren ustedes lo que es el cuento: brevedad, debe tener tensión e intensidad, ofrecer un final inesperado, abierto o cerrado, el cuento no lleva tiempo, ni explicaciones, sólo presenta imágenes y acciones. Un gran porcentaje de cuentos aparecen ante el autor en su parte final, y el juego consiste en contarlos desde su principio. Se deben conocer (haber imaginado) hasta los calcetines del personaje literario, aunque no se escriba nada de ellos. Hay comienzos narrativos a la mitad del asunto, in media res, como solían hacer los latinos. El cuento moderno empieza con Edgar Allan Poe. El cuento gana por knock out y la novela por puntos, según Cortázar. La primera idea es la mejor idea siempre y cuando no sea una ocurrencia. Etcétera. Luego, en otra clase, se habla de escritura desatada, la que Cervantes así califica, de virtudes teologales literarias como la levedad, la exactitud, la velocidad, la rapidez, la multiplicidad y la consistencia. El maestro provee a todos los asistentes al taller de una copia del magistral primer capítulo de Cinco esquinas, la última novela de Vargas Llosa (que el resto de la obra sea tan irregular sólo hace refulgir ese comienzo), y la clase deriva en una propuesta: ---Escriban un cuento inmoral. Haberlo dicho así es intencionado. Chicas universitarias de provincia, en vías irregulares de liberación. El término alude a atrevimientos personales y no a consideraciones morales, casi huecas ya para todas ellas. Es preciso y concreto: sí, lo guardado. En las sesiones siguientes comienzan a surgir las sorpresas y son leídos pequeños artefactos literarios que rozan lo asombroso. El primero es sobre Poli, una pequeña que sufre abusos sexuales del tío mientras la cuida. La niña es drogada cuando éstos se perpetran y son contados despiadadamente en catorce párrafos de dos líneas cada uno, lacónica economía verbal propia de un clásico. El final resulta pavoroso. Al ser entregada al padre y despedirse, el tío le dice a Poli que se verán mañana. Una vuelta de tuerca asfixiante: mañana y mañana y mañana volverá a pasar. No parece que su muy joven autora se dé cuenta cabal de lo que obtuvo. Ella no es de letras sino de historia, y explica con gran sencillez lo que hizo. Luego traerá otro cuento. También causará conmoción. Ahora el punto de vista ha virado y quien cuenta la historia de Luck, un perro atrapado en un derrumbe, es él mismo. Consigue una simpatía unánime de quienes escuchan la lectura. Termina y otra chica hace una exclamación admirativa. Mientras tanto ha habido suspenso y una incógnita: ¿Luck vive o no? Será leído otro cuyo título moraliza, pero no importa porque la pequeña estampa de un sacerdote que imparte misa, consagra la hostia e imagina estar fornicando con una jovencita a la que en ese instante le da de comulgar, logra un desdoblamiento formal dictado por los maestros y una profanación propia del género carnavalesco. Es compacto, fluido, eficaz. Y ligeramente perturbador, por el texto y por la autora. Uno más contará la trama de un hombre que está solo en un pueblo y al cual acuden los muertos todos los días, en otra caja de relojería narrativa que regresa sobre su eje, otro microlaberinto. Tiene la amable suavidad de la autora. En cambio, aquella chica de psicoanálisis naufragará en el intento cuentístico, barroco, mal contado y escrito, polimorfo perverso sin querer. Ella es alta y fuerte, su cuento no. Pero se alienta el intento. Otra contará, con habilidad que ha venido refinando, la visita a un baño de mujeres en Japón. El erotismo lésbico será tan fino como sutil: una alusión, un guiño. Ella viene de estar en Japón. A Robert Graves nada de todo esto lo admiraría. Son manifestaciones, presencias de la Diosa Blanca, diría. Tan frecuentes en el lenguaje y muy necesarias en los tiempos que vivimos. Sherezada cuenta para vivir. Fernando Solana Olivares

Friday, October 20, 2017

LO QUE VIO MURENA

Salvador Elizondo me contó que una vez al año, siempre por Muertos, leía Bajo el volcán de Malcom Lowry. Yo trato de hacer lo mismo con La metáfora y lo sagrado de H. A. Murena. Sus palabras iniciales me imantan: “Cualquier humano llega en determinado momento a la zona en que no hay respuestas. Se la encuentra a través de todo el camino: las pasiones, el pensar, el ocio, etcétera”. En esa zona se ha derrumbado, explica Murena, el sentido que atribuíamos a nuestras vidas. Se llega a ella por el triunfo o la derrota y cada quien lo hace según su particularidad. Murena llegó leyendo, pensando y escribiendo. Practicó con fortuna (obra variada e intensa, opina la crítica) la poesía, el ensayo y la novela, se entregó (o fue abducido) a “los frágiles y prepotentes” pensares de su época que, válgase el galimatías, lo pensaron con su perentoriedad, con su vacua caducidad, sus pre-juicios. De pronto se dio cuenta de todo esto. También de que su tiempo como ningún otro se había entregado al materialismo, a lo que llama, con justicia, “servidumbre al tiempo”. Tuvo otra idea poco frecuente: “que la única forma legítima de conocimiento es aquella similar a los ciegos: por el tacto”. Lo que intentó entonces fue ser “cada vez más anacrónico”, salirse del tiempo, buscando la dicha (ataraxia, proponen los griegos: ausencia de complicación) de desentenderse de él. En su conocimiento mediante el tacto, Murena afirma que el suyo consiste en la invención de metáforas. Comprende la metáfora como mostrar lo otro de lo mismo, llevar las palabras más allá de su inmediato significado, multiplicando la interpretación de las cosas, el modo de nombrarlas. Durante cuatro años, en el desorden de su habitación estuvo esperando un disco con un recital de textos del Corán dichos por el sheik Abdul Basset Abdul Samat. “Ayer llegó la hora. En el silencio de la casa solitaria ---escribe Murena--- sonó esa voz”. Sentado indolentemente, de inmediato se enderezó, con la certeza de que había entrado una presencia superior. Sintió ser poseído por los versículos que escuchaba, disuelto bajo los efectos del sonido, convertido en un entrecruzamiento de acordes, como escribe al recordarlo. El estado espiritual era el mismo que según él causa la lectura del Corán: sublimidad y violencia. Quince, treinta, no más de cuarenta y cinco segundos duran los textos dichos por el recitador. Pero los silencios después de cada recitación duran más que los textos mismos, indicando así las jerarquías, el valor que tiene cada cual. Murena reconoció el sonido de los instrumentos: violín, piano, tambores, trompeta. Todos ellos en la voz del cantor, quien es, escribe, todos los instrumentos. Tardó tiempo en salir del éxtasis y reflexionar sobre cosas anacrónicas como la valoración del silencio, el cual era hecho surgir por la voz misma, que “hacía sentir el Dios de todos”. Pensó que había asistido al origen del arte. Al canto como arte del tiempo y a la danza como arte del espacio. Consideró además la monotonía como una humildad espiritual mayor, un majestuoso gesto externo de la fe, una certeza de algo más en el mundo, sea cual fuera su narrativa, de algo no sujeto a la mendicidad del ser que llamamos tiempo. Y desde el arte, condenando las desviaciones contemporáneas ---arte de efectos, dudoso, gratuito---, acabó preguntándose cómo se hace posible la imposible vida humana. Después terminaría malogrado. Antes sin embargo lograría vislumbrar la otra orilla de las cosas, aquello que si se quiere es una certeza estable o representa un acto de profunda imaginación. Su libro es muy sabio y puede causar en el lector atento una iluminación profana, una intensa epifanía, aunque utilice términos enfadosamente asociados a los cultos devocionales. Tales términos, sacados de ese espacio reductivo, apuntan a otra dimensión verdadera que, aunque no se vea, no deja de estar. De un modo inesperado, aunque lógico, Murena celebra el arte romántico, que aspira a restablecer la unidad anulando la distancia, y se aparta del arte clásico, que quiere representar el mundo “tal como es”, según las estructuras racionales y los modelos que la teoría implanta. Y consigna la confusión de las lenguas en la Torre de Babel como una liberación de la locura del discurso único, un restablecimiento de la diversidad entre la gente gracias a un gesto amable de Yahveh. Ahora casi nadie lee a Murena. Su destino literario resultó desafortunado. Y cuál no. Fernando Solana Olivares

Friday, October 13, 2017

SU RECONSTRUCCIÓN

Tanta transparencia para que haya tanta opacidad. El saldo parcial del terremoto, ese movimiento inesperado y destructivo dictado por la impermanencia, alcanza desde el estado de gracia que Porfirio Muñoz Ledo percibió en la generosa solidaridad ciudadana, en gran medida juvenil y proveniente de una generación que parecía estar ensimismada, sumergida en cables, audífonos e intereses visuales, hasta el estado de vacío de la clase política que fue expulsada, exhibida, desprestigiada todavía más si esto era posible, a partir del movimiento telúrico; desde la irrupción del hampa urbana que a partir de las nueve de la noche asaltó ciudadanos y saqueó viviendas en las zonas afectadas, hasta los tres modos de organización predominantes en los sitios de rescate y ayuda: un desastre, un orden regular o una organización de excelencia; desde el ejército y la marina y el gobierno de la ciudad que llegan cinco horas después y lo hacen mal arruinando la buena autogestión, hasta las pacientes brigadas de jóvenes esperando por horas que les toque su turno para descombrar; desde los vecinos que cuidan sus puertas sin apartarse de ellas hasta la imagen de Las clasificadoras, quince mujeres de dieciocho a veintitrés años que cuidadosamente seleccionan y separan los objetos que van saliendo entre los escombros del edificio de Laredo y Ámsterdam. En la composición del paisaje está el no-Estado de Peña Nieto que exhibe sus límites, sus corruptas ineficacias. Nietzsche describió al Estado como “la bestia más fría”. El de este régimen no cubriría tal condición. Es un no-Estado en tanto no pone punto final a una guerra, como dicen los clásicos, pero también por su ausencia crónica de nociones éticas y de capacidades para atender el bien común, por esa carencia de perspectivas políticas que no fueran intereses de grupo y servicios a los grandes capitales económicos, sus patrones. El desastre lingüístico del presidente ---ahora propuso que los damnificados se organizaran en “tandas” (sic) para reconstruir sus casas y así hacerse cargo ellos mismos del asunto: subtexto, el gobierno se desmarca, aunque quizá asesore en la organización de las tandas---, su pobreza enunciativa, así represente sobre todo a la burbuja de poder en la que autistamente vive, reitera otra vez, por si hiciera falta, la profunda mediocridad del régimen político mexicano. Casi sin excepciones. Por eso el gobierno, los políticos, los partidos y las burocracias van por un lado y la sociedad por otro. Sería deseable, aunque la política nada más sea el arte de lo posible, que las nuevas generaciones tomaran las cosas en sus manos. Puede parecer una utopía realista pero no lo es porque la manifestación de lo colectivo, en esa escala y de esa manera, solamente ocurre en los estados alterados. En un sistema de opuestos complementarios siempre surge lo mejor al lado de lo peor, pero el estado heroico de las masas es intermitente. Ahí está de muestra la ácida disputa entre los partidos por los fondos electorales aplicados a la reconstrucción. Pelean la paternidad de la idea y la radicalidad de la medida en un montaje que sirve a todos los partidos para pescar algo en ríos tan revueltos, “posicionarse” ante la opinión pública y hacer demagogia electoral. Es un triste panorama. Sucederá un voto vindicativo. La sociedad los castigará en 2018. El eje de todo ello será efectivamente la corrupción. El gobierno cleptocrático, adicto a los negocios, seguirá en esa ruta de expoliación del país hasta el final de su periodo y hará todo lo posible para no correr un riesgo judicial en el próximo sexenio, intentando que un aliado suyo ocupe la presidencia. El sistema de intereses se moverá en dicha lógica y sólo podrá derrotársele con la irrupción en las urnas del voto mayoritario. El terremoto significó una catarsis, purgó a la sociedad de la aflicción y el temor, sobre todo de éste último. ¿Hasta dónde le permitirá ir políticamente? Si la fuerza colectiva de tales días aciagos, excepcionales, oscuros y también luminosos sale a votar, se decidirá una victoria cuya promesa será (no hay garantía de cumplirlo) otro estado de gracia. En esos jóvenes parece haber ya una nueva agenda perceptiva y humana, de organización común. Comparten los tropos esenciales: ayuda, solidaridad, pero su tiempo histórico es el de la incertidumbre, la dificultad. Las mentes cambian en el contexto y un principio de lógica admitirá sin duda que éstas son mentes nuevas. Fernando Solana Olivares

Friday, October 06, 2017

NI UNA MÁS / y II

Cuando se busca, se encuentra: siempre quedan pistas, señales, resonancias. En toda desfiguración surge la misma circunstancia que ocurre en el asesinato, donde la dificultad, como señala Freud, no reside en la perpetración del hecho, sino en la eliminación de sus huellas. Leyendo esta reflexión freudiana, Jacques Derrida ha propuesto una ciencia del acoso por el pasado no resuelto a la cual llamó fantología: detrás de la escena hay otra escena, en medio del suceso hay otra significación. Nuestro odio misógino oculta las huellas de un asesinato arcaico, de una desfiguración o dislocamiento cultural sucedido al final del periodo minoico y cuyas sangrientas resonancias siguen acosándonos hasta hoy, cuando alguna mujer podrá ser sacrificada en el demencial, demoniaco oficio del desafecto crónico al eterno femenino. La violenta sustitución de las instituciones matrilineales por las patriarcales y la falsificación de los mitos del origen para justificar los cambios sociales impuestos derivaron en los filósofos griegos y su nueva religión de la lógica y la racionalidad. La filosofía socrática desdeñó los mitos poéticos y dio la espalda a la diosa Luna, según documenta extensamente Robert Graves. El llamado amor platónico fue una mera evasión del poder de la diosa para entregarse a la “homosexualidad intelectual”, un aberrante afán del intelecto masculino para hacerse espiritualmente autosuficiente mutilando, y con el tiempo destruyendo, lo femenino. Ello condujo a la obsesión occidental por el ego y su dios, el monoteísmo, cuyo patrón de personalidad patológica proyectado en el ideal divino fundamenta el ego masculino: paranoico, posesivo y obseso del poder. De ahí, como observa Terence McKenna, que dicho modelo occidental sea la única formulación de la deidad que no tiene relación con las mujeres en ningún aspecto del mito teológico. Abónese al racionalismo socrático y a la misoginia hebrea esta supresión que el cristianismo eclesiástico convertiría en cultura y el capitalismo en sistema mundo global. Aquella “muy misteriosa matriz femenina” reverenciada por James Joyce abarca no nada más el modelo de las sociedades fraternas ancestrales, radicalmente distintas a las sociedades dominantes masculinas compuestas de guerra, discriminación y jerarquía, sino también un pacto esencial para la sobrevivencia humana con Gaia, la madre tierra, un organismo femenino que actúa como un sistema autorregulado y para el cual el pensamiento masculino dominante desde hace milenios ha resultado una insoportable y destructiva enfermedad. Todo tiene que ver con todo. Odiamos a las mujeres como odiamos a la naturaleza. La represión de lo femenino está asociada con el alcohol desde tiempos antiguos. No es circunstancial que la droga del ego, el alcohol, sea legal y esté fomentada en nuestras sociedades patrilineales, y no así las drogas vegetales, sustancias femeninas que expanden la conciencia, que disuelven o atemperan el neurótico y homicida sentido del yo. Hemos cosificado los biotopos, lo mismo que a nosotros mismos y a los demás. Y en este mundo de máquinas y cosas, nunca de organismos o de personas, las mujeres son consideradas así. El capitalismo ha normalizado la violencia ---su matriz conceptual contiene la violencia masculina de la acumulación nihilista, la explotación absoluta, la suicida rentabilidad. El capitalismo salvaje ha normalizado la violencia salvaje, y sus aparatos de hegemonización ideológica han colectivizado una didáctica de la violencia en la cual las mujeres y lo femenino llevan la peor parte. El Estado mexicano ha normalizado la violencia de género, entre aquellas que ejerce contra la sociedad como la represión, la corrupción y la impunidad. Protestar es siempre necesario, pero acaso se requieran transformaciones mayores para derrotar el infierno nacional de todos los días. Las culturas sólo cambian con las catástrofes, y la crisis de la conciencia masculina y sus miles de años de misoginia se asoman ya a su catastrófico final. Mientras tanto será necesario aprender qué y quien no es infierno, hacerlo durar y darle espacio. El voto electoral, entre ciertas tareas parcialmente indispensables, representa uno de esos espacios. El otro son los pequeños formatos que van desde el lenguaje hasta la memoria, desde la fraternidad hasta la tolerancia, desde la atención cognitiva hasta los vínculos con los demás. No se trata de empoderamientos, sino simple y llanamente de humanización. Fernando Solana Olivares

Friday, September 29, 2017

CARTA DESDE UNO MISMO

Debes decirte lo que estás viendo. Usar los pocos recursos que la comprensión te ofrece. Nombrar las cosas: ¿final, tránsito, ajuste? Disputaste con los tuyos para que esos pequeños no vinieran al mundo, pero ya están aquí y no tienes nada con lo que confortarlos de verdad para que el consuelo llegue a ellos. No puedes advertirles desde ahora que el mundo es un lugar desconsolado. Llévalos a ver entonces, desde sus siete años, en sus términos, todo lo que pasa alrededor. Cuéntales la épica pública de la irrupción de Nosotros, de la gente anónima que, de nuevo, en una escala mucho mayor a la de hace 32 años, ahora armada de redes sociales y de compasión directa, también de desconfianza estructural y de irreversible hartazgo con los políticos y sus instituciones, con el indiferente actuar egoísta de todos los días, toma en sus manos la ayuda a las víctimas y se cura de su propio espanto ayudando a los demás. Ellos no se ven a sí mismos mientras lo están haciendo, pues no es la razón la que los llevó a dejar todo después del brutal estremecimiento. No calcularon, no midieron, no pensaron. Él se lanzó a la calle a buscar unos amigos del Plaza, edificio del que un vecino asustado dijo que había caído. Estaba de pie, pero en la esquina de Laredo y Ámsterdam se encontró uno aplastado. Hasta la madrugada se dedicó a levantar piedra sobre piedra, buscando sobrevivientes y acompañado de muchísimos más. Durmió un par de horas y siguió removiendo escombros con las manos desnudas. Pronto llegarían guantes, picos y palas, y se extendería el puño en alto como signo de la tarea de búsqueda, delicadamente silenciosa e inmóvil en medio de la atrocidad. Esta es una estampa más y las historias son incontables. La pareja de viejos octogenarios que perdieron la casa con todas sus cosas adentro y quizá pronto morirán de tristeza, sintiéndose aligerados. El soldado que lloró en Jojutla como un héroe homérico cuando vio muerta a la mujer que rescató de las ruinas. La despedida del Cuervo a sus clientes asumiendo que acaso mañana no los vuelva a ver. La untuosa, repetitiva y moralizante cobertura mediática tan farisea que de pronto ofrece dos notas impecables: la cámara se mueve para captar imágenes, la situación se describe, nada más. El secretario de Gobernación al que corre a gritos la gente ocupada en el rescate. Fuenteovejuna, escueta, le dice: lárgate, déjanos trabajar. El tiempo alterado donde el lenguaje también es un látigo de precisión. Y los cadáveres de los políticos sin saber cómo actuar ante los medios, su tarea primaria antes y ahora ni qué decir. La invención de víctimas atrapadas que fabrican los buenos deseos y los malos reportajes. Una perrita en un balcón del tercer piso que es salvada por la presión en las redes. La solidaridad humana como nuestra principal lección. General, decidida, múltiple, cibernética, loca. La desgracia hermana a la mayoría en un ahínco febril y espontáneo. El cuerpo espiritual entra en acción para hacerse cargo del desastre. Surgen una masa y un poder multitudinarios, un frenesí de ayuda protagonizado sobre todo por jóvenes de entre 17 y 30 años, por muchos adultos y niños también. Cuéntales de la existencia de Nosotros, el último obosom que proviene de lo humano profundo, sólo se reúne para realizar tareas extraordinarias, sus miembros se identifican entre sí precisamente en ellas y al terminarlas se vuelven a dispersar. Puede entonces haber catarsis, purificación colectiva de la aflicción y del temor. Diles que ese todos que ahora vuelve a aparecer contiene una respuesta necesaria en este paso repentino de la felicidad a la infelicidad. Una acción frente al acontecimiento inesperado-esperado que en segundos destruyó la normalidad. Aclárales que todo esto es lenguaje, pero que son las palabras las únicas perspectivas que la gente tiene ante lo inhóspito de lo real. Y las acciones con el prójimo, con el de junto antes inadvertido, con el otro que ahora se volvió yo. Deben saber que su mundo se deshace y que les tocará sobrevivir y reconstruirlo. Acerca de lo primero, el pesimismo de la inteligencia afirmará que no hay garantía. Sobre lo segundo, el optimismo de la voluntad asegurará que sí. Pero tú confórtalos, asegúrales que el mundo es un lugar debido porque estamos aquí. No olvides, suavemente, hablarles de las placas tectónicas y de tantas otras cosas. Lo que nos destruye no es lo inesperado, sino lo que no se supo nombrar. Debes decir lo que estás viendo. Fernado Solana Olivares

Friday, September 22, 2017

NI UNA MÁS / I

Hace más de diez años, en las generosas páginas de Milenio, el autor de esta columna se preguntaba por las arcanas y oscuras razones de la misoginia estructural, perenne, impuesta culturalmente a través del tiempo como una caracterología humana de larga duración, la cual ahora alcanza niveles cada vez más sanguinarios y suma a aquella atrozmente estúpida tipología social femenina de la puta, la santa, la loca, la bruja y la tonta, una sexta, espantosa condición: la asesinada. ¿Cuál es el origen, la causa de esa sistemática opresión destructiva de la otra mitad que constituye al mundo tanto físico como mental? ¿Por qué hay tanta violencia privada y pública contra las mujeres, tanta y tan atmosférica “despectividad”? Tal vez, se escribía entonces, para comprender las causas de este infierno creciente deba volverse al viejo momento cuando el Logos presocrático mutiló su origen dual, aquella parte irrenunciable para el espíritu humano de la realidad intuitiva encarnada por la diosa, por lo femenino. Saber de nuevo cómo Ápolo, representante de la razón masculina, engañó a las ninfas ---última presencia de lo divino en el mundo antiguo--- y robó sus artes adivinatorias. Reconsiderar una vez más los atributos de Palas Atenea, virgen guerrera que simbolizaba los saberes, la técnica, la estrategia militar, la justicia y la doma de caballos, evidenciando así lo femenino como el principio civilizador de la especie humana. Repetir también que el lenguaje ---la casa del ser--- es una aportación de lo femenino a la conciencia, de ahí que aprendamos a hablar en la lengua de nuestras madres. O mirar objetivamente los errores epistemológicos de la deidad abrahámica heredada ---Yahvé, el macho cabrío, autoritario y colérico que guía al rebaño--- y de su parcial e imperfecta cosmogonía que ignora la existencia de un básico principio dual para crear todo lo existente. O insistir en que no hay realización integral de la persona si no logra fundir en sí misma la parte masculina, el ánimus, con la parte femenina, el ánima. O valorar a la madre nacional, la Malinche, no como la traidora envilecida, chingada por el conquistador, según intérpretes de la idiosincrasia mexicana al modo de Octavio Paz, sino como la heroica mujer que sabiamente preservó su genealogía dándole hijos, nosotros los mestizos, a un bárbaro conquistador que de otro modo hubiera destruido a la estirpe mesoamericana. La larga línea causal que fundaría la misoginia histórica va desde los relatos judeocristianos de la creación, que primero hablan de la pareja adánica y líneas más adelante se contradicen para enfatizar la condición dependiente y subordinada de la mujer ante el hombre, pasa por el triunfo del pensamiento aristotélico que define a la mujer como un varón incompleto, hasta abarcar las despiadadas persecuciones femeninas impulsadas por las bulas papales y derivar en el feminicidio sistémico que en la posmodernidad ocurre en casi todas partes del planeta, de manera señalada en Ámerica Latina (46 % de los feminicidios mundiales) y en México, nuestro crucificado y violento país. Sería en Ciudad Juárez donde surgirían los feminicidios crónicos perpetrados por una mafia de poderes fácticos que, según la antropóloga Rita Laura Segato, llevaría a cabo tales crímenes demoniacos como una exigencia extrema entre sus miembros para garantizarse absoluta lealtad. Este patrón sacrificial, realizado con jóvenes obreras de maquiladoras, solteras, esbeltas y de cabello largo en su mayoría, representa un punto de inflexión en el englobante signo de la época: más que la descomposición de la conciencia masculina racionalista anuncia su irreparable putrefacción. Y acaso la del Estado mexicano, incapaz de investigar y castigar decenas o quizá cientos de crímenes que desde entonces siguen impunes. La cultura de la comprensión participativa y sus modelos de sociedades fraternales, las que consideraban como esencial y primario el poder de crear y sustentar la vida, el poder horizontal, armónico y flexible de la Gran Diosa, fueron violentamente reemplazadas por un patriarcado invasor que destruyó aquellos cultos y reelaboró los mitos del origen para justificar su brutal dominio, construyó culturas de la manipulación que fomentaron una conciencia de la discriminación y la distancia ante la naturaleza, culturas monoteístas y misóginas donde Dios resultó ser un macho antes que un varón, una máquina antes que un organismo, un verdugo antes que un protector. Fernando Solana Olivares

Friday, September 15, 2017

OAXACA: YA SABEMOS / y II

Si antaño los poetas fueron los guardianes de las metamorfosis, hoy los guardianes de la memoria son unos cuantos periodistas cabales y ciertas personas comprometidas que practican la solidaridad con los demás. El arte más viejo que se conoce es el arte de hacer seres humanos, así en la época actual a veces parezca una práctica inútil, decadente o minoritaria. Y los seres humanos se hacen a través de la remembranza y sus historias: desde los bienes de la cultura hasta las destructivas aberraciones del sistema, desde los sacrificios heroicos de algunos hasta los excesos criminales del poder. En una de las conclusiones de su amargo, pormenorizado y profiláctico informe, la Comisión de la Verdad de Oaxaca señala que “el principal responsable a nivel estatal de la violación sistemática a los derechos humanos en Oaxaca durante el conflicto de 2006 y 2007 es el entonces gobernador del Estado, Ulises Ruiz Ortiz, quien generó todas y cada una de las condiciones necesarias para la operación de grupos armados ilegales, los cuales llevaron a cabo ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y actos de tortura, así como también ordenó y encubrió el uso excesivo de fuerza cometido por sus subordinados”. Y junto con el gobernador criminal ---el peor de todos hasta ahora en la esperpéntica y sistemática genealogía oaxaqueña de malos gobernantes---, señalado tanto por la CNDH como por la SCJN, otros funcionarios estatales son corresponsables: Jorge Franco Vargas, Heliodoro Díaz Escárraga, Lino Celaya Luría, Alma López Vázquez, Sergio Segreste Ríos, José Manuel Vera Salinas, Pedro Ismael Díaz Laredo, Alejandro Barrita, Joaquín Darío Berges, Manuel Moreno Rivas, Daniel Camarena, Pedro Hernández Hernández y Aristeo López Martínez. La CVO consigna que “tanto el Ministerio Público como la autoridad judicial hicieron causa común con el gobierno del Estado para someter a toda costa al movimiento social”. Rosa Lizbeth Caña Cadeza y Evencio Nicolás Martínez Ramírez, procuradores generales de Justicia, y los ministerios públicos Jorge Aquino Reyes, Luis Floriberto Sánchez Castellanos, Héctor Joaquín Carrillo Ruiz, Marcelina Catalina Morales Celaya y Wilfrido Bernardino Ortega, junto con los jueces María de los Ángeles Vázquez García, Esteban Fidel Aquino Gijón, Renato Aurelio Cruz Concha, Luis Salvador Cordero Colmenares y Rosalba Morales Lázaro, fueron causantes y actores de una justicia venal y parcializada que calificó de legales las acciones delictivas del gobierno, protegió conductas oficiales ostensiblemente irregulares, criminalizó a las víctimas, falseó declaraciones, alteró documentos y expedientes, desvió investigaciones, exoneró responsables y obligó a los afectados a indagar por su propia cuenta los delitos que sufrieron. En esta lista nacional de la infamia también aparecen como responsables de violaciones graves a los derechos humanos Vicente Fox y Felipe Calderón, expresidentes, los secretarios de Gobernación Carlos Abascal y Francisco Ramírez Acuña, los secretarios de Seguridad Pública federal Eduardo Medina Mora y Genaro García Luna, junto con Ardelio Vargas Fosado, jefe de la Policía Federal Preventiva, en coordinación con el Ejército y la Marina. No queda excluido de ello el mustio y decepcionante Gabino Cué, quien sucedió a Ulises Ruiz y al PRI en gran medida gracias al mismo movimiento reprimido y cuyo gobierno no brindó justicia a las víctimas ni sancionó a los responsables señalados. La Comisión de la Verdad de Oaxaca concluye sus veinticinco recomendaciones exhortando a las víctimas del conflicto social de 2006 y 2007 para extender sus redes de apoyo, desarrollarse y crecer individual y colectivamente “a pesar de los diversos obstáculos impuestos por el Estado”. Esta conclusión de circunstancias, que debe abarcar a todos los protagonistas activos y a todos los simpatizantes de aquella Oaxaca heroicamente insurrecta, condensa el pesimismo de la inteligencia crítica y el optimismo de la voluntad común. La acción bifronte de una resistencia popular que contemplada en el tiempo vive tanto cuentas cortas coyunturales, como cuentas largas estratégicas. En ella, lo mismo que en otros ámbitos del quehacer de la sociedad, los saldos totales son relativos. Hay “caminos misteriosos”, diría Carl Schmitt, que llevan a la gente a ganar habiendo aparentemente perdido. En estas cuentas distintas obrará Cuando el Estado aplasta, una lección moral, una memoria pública, un ya sabemos colectivo. Fernando Solana Olivares