Friday, May 09, 2008

LOS AZOROS

A lo que hoy designamos como “depresión” ---una voz poliabarcante y múltiple, ahora cuando el lenguaje, que antes fue la casa del ser, está reducido a sus expresiones mínimas---, los antiguos le llamaron “noche oscura del alma”. Se referían a aquellos momentos donde la conciencia desfallece porque se interna en un desierto emocional y la vida de todos los días luce como una empresa infranqueable. También hubo una palabra, actualmente en desuso, que se llamó melancolía. Santa Teresa la nombraba como un requisito para su Camino de perfección, y los viejos diccionarios la definían como aquella tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que provocaba en quien la padecía no encontrar gusto ni diversión en cosa alguna.
Acaso la diferencia entre dichos términos consista en el movimiento potencial que uno contiene y la inmovilidad drástica que el otro significa: una noche es siempre el preludio de un día y en su oscuridad germina la semilla de una nueva circunstancia existencial; la depresión, en cambio, supone una condición estática cuyos efectos quizá serán tratados con barbitúricos pero sus causas seguramente jamás. Debe elegirse, entonces, la naturaleza de nuestra melancolía: o es un difícil tránsito hacia otro estado de la conciencia o es un naufragio personal en esta época insoportable. O guiñolesca. O esperpéntica. O sin síntesis, como decía un gran escritor.
Por aquí, en esta región alteña donde los viejos y estoicos rancheros se van acabando y son reemplazados por sus hijos que odian el campo, jóvenes cholos tatuados y gandallescos, narcomenudistas unos y resentidos todos, aún se habla de “los azoros”, el surgimiento de lo inesperado que sorprende, asusta, desconcierta o irrita, pues está producido por un duende o un fantasma, por una realidad alterada que súbitamente hace su aparición. “¿Usted ve azoros, don?”, me preguntaron hace días. “Antes los oigo, o luego los leo”, dije yo, hablando en alteño, como debe hacerse si uno quiere lograr su acostumbramiento en el lugar. El calor era inclemente y me hacía acordarme de Meursault, ese indiferente protagonista de El extranjero de Camus que en una playa argelina mata a un árabe de cinco disparos, cuatro de los cuales no tienen otro móvil que precisamente el calor.
Mi ánimo no era el mismo, desde luego. No quería matar a nadie, ni siquiera a quien había causado aquel azoro auditivo al que me refería con mi interlocutor, pues minutos antes había escuchado por radio el escandaloso discurso de un verdadero imbécil, que sólo sería una anécdota más del machismo autoritario y del cretinismo fanatizado si no se hubiera tratado del gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, quien borracho y envalentonado, mesiánico y narcisista, despótico y pueril, ordinario y sentimental ---el sentimentalismo etílico es la superestructura de la brutalidad---, había mandado a chingar a su madre a todos quienes habían criticado, yo entre ellos, su ilegal e indebido “donativo” de 90 millones de pesos tomados del erario para el templo cristero a erigirse en Guadalajara.
Será el tiempo histórico como tal y la bizarra acumulación de sus barbaridades, será el estupor ahíto ante tanta y tan escalofriante impunidad de nuestros políticos, ante su enorme estupidez irremediable y su rotunda inmoralidad evidente, será el ominoso calor de estos días previos a catástrofes ambientales mayores, será el espíritu de la época bastarda donde, parafraseando al poeta, ya pasaron en silencio nuestros dioses y todos callamos sin verlos, será todo eso y bastante más, pero entonces era la mera voz del gobernador intoxicado lo que me había causado un mayor azoro, una mayor perturbación.
La voz es el espejo del alma, y ésta, tipluda e histérica, engolada y a la vez ebriamente balbuceante, emitía en su mismo sonido cacofónico ciertos agravios más ominosos que los insultos y las balandronadas, que su soberana vulgaridad. Como si el enunciado de toda cláusula (“yo digo”) fuera esta vez mucho más grave que su enunciación (“yo digo que yo digo”).
---¿Sabe por qué me azoro? Porque acabo de oír el futuro.
---¿Cómo cree, don? Eso no puede oírse. Si acaso pensarse.
Después platiqué con mi interlocutor si esa voz de machito caudillesco, de creyente persignado, de protector de funcionarios acusados de actos de pederastia, de defensor de ríos contaminados y regalos millonarios a Televisa, si esa voz de un gobernador cuyo estado ha caído aceleradamente en los indicadores sociales y económicos, y cuya región de origen, los Altos Norte, presenta el primer lugar nacional de reprobación, me había llevado a escuchar no sólo lo que estaba pasando sino, antes que nada, lo que habría de pasar. El presente del futuro, pues, como se nombra por acá.
---No se ponga triste, don. Ya verá cómo, después de que se desmadre, todo va a mejorar.
He tratado de seguir el consejo de este viejo sabio y no azorarme más. Si vivimos una noche oscura de la patria, alguna germinación vendrá con el nuevo amanecer. Si es una depresión profunda lo que padecemos, una inmovilidad en el cuerpo del tiempo, entonces nos volveremos estatuas de sal. Pero de que siguen brotando azoros impensables, no cabe duda alguna. ¿Qué tal Salinas, el neocrítico radical del liberalismo en su nuevo libro, qué tal?
---Usted cavila mucho sobre las cosas, don. Los azoros más simples son los meros importantes: puros duendes y fantasmas, como este calor bien encimoso. Pero luego romperá la lluvia recia y harto la sentiremos, ¿qué no?

Fernando Solana Olivares

1 Comments:

Blogger Nélyda said...

Yo ahora estoy tomando medicamentos para la depresión. Me cae de perlas tu artículo. En fin, sólo queda esperar a que llegue la lluvia. saludos.

7:39 PM  

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