Sunday, March 07, 2010

AQUEL ANIVERSARIO

Vuelvo ahora a las páginas de un libro de Carlos Montemayor que siempre me ha fascinado: Los cuentos gnósticos de M. O. Mortenay (Seix Barral, México, 1997). Nunca se lo pregunté a él para confirmarlo, pero desde la primera lectura asumí que en ese pequeño volumen, atribuido a un autor imaginario aunque esencialmente verosímil, estaba condensado el otro camino espiritual, íntimo y discreto que este generoso y pródigo hombre de letras, sin decirlo directamente, también siguió. En cambio, otras preguntas sí se las hice y sus respuestas fueron para mí tan determinantes y decisivas que hoy debo recordarlas como un tributo a su memoria, acaso moroso pero al fin oportuno: nunca es tarde para agradecer.
Uno ha de amar a aquellos seres que la vida pone en su sendero. Pero hay algunos mucho más amables que otros pues el encuentro con ellos nos cambia, nos construye, nos acaba de hacer.
Fue por la mañana, hace casi treinta años, cuando toqué a la puerta de la oficina donde Carlos Montemayor despachaba como director de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma Metropolitana. Llevaba días esperando esa cita, lleno de zozobra y ansiedad. Los tiempos existenciales de cada cual son dispares: hay precocidad o hay retraso. Yo sentía esto último, pues aunque escribía desde niño, ciertas postergaciones retrasaban mi propia definición como tal. No cumplía aún con la urgencia joyceana del “¡Escríbelo, maldita sea! ¿Acaso sirves para otra cosa?”, pues había demorado el proceso entregándome a otras ocupaciones, la última de las cuales era la de dirigente sindical recientemente derrotado por apenas unos cuantos votos en la aspiración de ocupar la secretaría general del gremio.
Hay amargas derrotas que representan dulces victorias, y gracias a Carlos aquella vez lo supe. Volvió a recorrer las páginas narrativas que días antes le entregara, cuando hablamos de mi inminente regreso a la plaza que yo ocupaba en Difusión Cultural, y con una sorpresa que percibí tan natural como espontánea fue leyendo en voz alta las frases que llamaban su atención. Sin regateo alguno me abrió las anchas puertas de un nuevo destino. Decidió incorporarme a la redacción de la revista que recién había fundado, Casa del Tiempo, y me sugirió que pidiera la beca del Centro Mexicano de Escritores. Salí de ese encuentro bienhechor sintiéndome ungido, como si una repentina vuelta de tuerca hubiera cambiado la fatalidad anterior en una promisoria, renovada oportunidad existencial.
Los bienes que produjo aquella aceptación desinteresada de Carlos Montemayor fueron enormes entonces y hoy me resultan extraordinarios, no sólo en cuanto a su profunda esencia sino por su especial significado: en el Centro Mexicano de Escritores recibí el inmerecido magisterio literario de Juan Rulfo, conocí el vértigo trascendente y la pasión intacta de la escritura, me vinculé con compañeros entrañables que me han acompañado a lo largo de la vida y, sobre todo, miré por primera vez a quien sería mi mujer y ante la cual desde ese día me rendí enamorado.
Toda esta rememoración personal sobre las llaves de un reino que Carlos Montemayor me entregó sin pedir nada a cambio, caracteriza el comportamiento habitual de un escritor tan infrecuente que entre sus dones siempre tuvo el del aliento oportuno y la ayuda tangible para los otros que se iniciaban, de un escritor incapaz de sentir esa miserable envidia tan común entre colegas, de un escritor capaz de mostrar un entusiasmo auténtico y tan inusual ante los alcances escriturales de los demás. Nadie da lo que no tiene, pero él tuvo mucho y tanto lo dio.
Así volvió a ser cuando en 1996 el Centro Mexicano de Escritores cumplió cuarenta y cinco años de vida y Carlos Montemayor condujo la ceremonia. Durante quince años, que se prolongarían otros nueve más hasta su inevitable cierre, se había encargado de cumplir con las tareas tutoriales del Centro luego de ser becario en dos ocasiones, cumpliendo una tarea que nadie, salvo su fidelidad al oficio y su sentido de la continuidad cultural canónica, le había impuesto. “Escriban. Escriban mucho. Sigan escribiendo”, nos dijo entonces a los asistentes, quienes representábamos todo el mapa generacional de las letras mexicanas en las últimas décadas. El cerrado aplauso que siguió a sus palabras fue dirigido tanto a la generosa casa de la escritura donde nos habíamos formado como también a él mismo, que ahora la sostenía.
Alguna vez, hablando de una nueva sección para la revista Casa del Tiempo, propuse publicar aquel poema de Cesare Pavese que dice: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Carlos Montemayor leyó el texto con voz profunda y después sonrió. Sólo sonrió. Quiero pensar que en aquel momento imaginaba esos ojos que hace días al fin lo miraron fijamente, cuando la muerte protectora, la muerte irreparable, la muerte justa que corresponde a un hombre justo, la muerte confortante de los seres que han sido generosos, tocó su hombro izquierdo con refinada dulzura y a otro plano de la conciencia se lo llevó.
Un dolor profundo no es un dolor perpetuo. Quedará la obra literaria de Carlos Montemayor entre nosotros tanto como la memoria común y agradecida acerca de sus acciones humanas ejemplares, para hacer de esa partida irreparable una presencia tangible que permanecerá con vida entre los buenos recuerdos de muchos, aquellos que, tal como su alter ego M. O. Mortenay gnósticamente escribiría, son “...irreductibles al hombre o aun al universo y esto es, quizás, lo perdurable, o lo que, probablemente, nos hace perdurar”.

Fernando Solana Olivares

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